Cambios
Athletic Club: Llorente (Toquero, min. 72), Ander Herrera (San José, min. 80), Muniain (Íñigo Pérez, min. 87).
Levante UD: Nano (Valdo, min. 45), El Zhar (Rubén, min. 66), Xavi Torres (Roger, min. 79).
Árbitro: Carlos Velasco Carballo.
Mandaba el Levante y golpeaba con contundencia el Athletic Club de Bilbao. Aparecía con astucia Barkero, mostrando su exquisita zurda y tratando de convertirse en el ideólogo capaz de fusionar el caudal de juego propuesto por los mediocampistas, y contratacaba De Marcos desde el epicentro de la medular recorriendo con verdadera pasión todos los puntos cardinales del terreno de juego para orquestar el ataque rojiblanco sin desdeñar las tareas defensivas, intentando, con la guadaña de su bota, rebañar cualquier balón que atravesaba la línea de medios del equipo local. Combinaba el grupo de Juan Ignacio Martínez de forma ortodoxa, intentanto demostrar que es un equipo bien armado que opera con gusto sobre el pasto, pero ajusticiaba la escuadra de Bielsa. Parecía que el partido deparaba un debate abierto, pero en realidad hubo un monólogo. El Levante cayó preso de una terrible paradoja en el Estadio de San Mamés.
Nada era lo que parecía sobre el verde del coliseo vasco. Quizás mostró una de las mejores puestas en escena que se recuerdan durante el desarrollo de la presente temporada, pero la primera aproximación real del Athletic Club concluyó al fondo de las mallas de Munúa. El cronómetro se fijaba sobre el minuto diez cuando un centro de Susaeta lo remató Amorebieta sin oposición. No había habido excesivas noticias del cuadro local, pero ya lograba marcar el ritmo del encuentro. Nadie pareció reparar en la entrada del central. Así se explica el enfrentamiento. Desde las ideas antagónicas. Las cimbras del férreo andamiaje que trataba de sustentar el juego azulgrana saltaron en mil pedazos en un segundo. El Levante comprobó sobre un San Mamés, eufórico y entregado a los movimientos cartesianos de su equipo, la fugacidad de la vida. Un instante puede determinar la evolución. En los partidos también sucede.
En esa fase del partido surgía una sospecha que el tiempo se encargó de refrendar; la superioridad del Athletic Club se fraguó en virtud de la clarividencia que mostró en cada una de las áreas. Su superioridad en el espacio que resguardaba Iraizoz y en las inmediaciones de Munúa fue absoluta. Y su capacidad para despellejar la portería del arquero uruguayo evidente en cada una de sus aproximaciones. Javi Martínez y Amorebieta adquirieron galones como guardianes de la retaguardia rojiblanca. Lograron, de manera impoluta e impecable, que la vocación atacante del Levante quedara difuminada pese a sus intenciones manifiestas. Javi Martínez inclusive guardó fuerzas para recorrer todo el campo y plantarse casi en las inmediaciones de Munúa. Fue en la segunda parte y en ese punto de la cronología de los hechos la victoria del Athletic Club parecía ya incontestable.
Llorente, con anterioridad, fue el encargado de fustigar los sueños de redención de los jugadores levantinistas. De nuevo apareció De Marcos para ganar la línea de fondo y lanzar un centro que remachó el ariete en el segundo palo. La acción fue eléctrica en su ejecución y brillante resolución, pero no esconde que se gestó a partir de un saque de esquina lanzado sobre la meta de Iraizoz convertido en un vertiginoso contragolpe para mosqueo de Juan Ignacio Martínez y del resto del cuerpo técnico granota. El partido era de fácil mirada para el espectador. Era el típico duelo de ida y vuelta con continuadas razzias en las áreas de cada contendiente. El Athletic Club se mostró encantando de afrontar un choque de tales características. Está programado para aceptar un enfrentamiento abierto y a pecho descubierto. Tiene todos lo mimbres y condiciones para moverse con soltura en ese perfil de duelos.
Desde la fe y una intensidad fundamentalista que propone durante los noventa minutos hasta las armas para desactivar y asfixiar a su oponente. Tiene colmillo y hay calidad en las botas de sus jugadores. El Athletico disfruta con la elaboración de un fútbol geométrico y versátil. No hay lugar para los balonazos. El esférico se convierte en la principal divisa. Y su uso es innegociable. Y se establece una reverencia absoluta. La impronta de Marcelo Bielsa es evidente. La sociedad vasca ha mudado su manera de obrar. Al vigor y apasionamiento que siempre le ha caracterizado le une unas cualidades técnicas envidiables que le convierten en un equipo muy atractivo. El Levante no se escondió, pese al tamaño de las adversidades. Trató de regresar al partido, pero cada minuto que pasaba parecía complicarse más el horizonte. Muniain amenazó la integridad de Munúa. En el polo contrario, Koné trataba de asumir el liderazgo. Sin embargo, fue San José quien cerró el choque cuando el Levante había perdido a Juanfran por acumulación de amonestaciones.