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​22 de enero de 1928; el Levante conquista el campeonato regional​

Domingo 22 de enero de 1928. Valencia contuvo la respiración para seguir el pálpito del choque entre el Valencia y el Levante en el campo del Camino Hondo del Grao. La emoción no parecía gratuita. Estaba en liza ostentar la primacía absoluta en el campeonato regional. Y su importancia no era relativa en el contexto de una disciplina en proceso de vertebración. El Levante afrontaba una cita relevante. Podía acariciar el contorno del trofeo que galardonaba al vencedor, pero debía superar a su oponente sobre el verde. Era una condición inexcusable para alcanzar la gloria. El Levante tenía la llave para romper la hegemonía que presentaba su oponente. Después de mucho tiempo en silencio se aventuraba el instante en el que el Levante podía alzar la voz con contundencia con el fin de inscribir su nombre en el catálogo de los triunfadores en el campeonato regional. El partido detentaba la condición de gran final. Los dos contendientes comparecían separados por un punto con la imagen del club de Mestalla antecediendo la estela dejada por su competidor. El Valencia podía permitirse el lujo de empatar. Vencer confirmaba su autoridad. El Levante, por ende, estaba abocado a conjugar con la victoria. Era el único signo que validaba sus expectativas. Las cábalas no existían. No había ambages. Su margen de error era exiguo.

Todo aquello que había sucedido con anterioridad en una competición que había reunido al Castellón, Gimnástico, Burjassot, Sporting, Elche, Saguntino y Juvenal, quedaba en un plano secundario. Y la batalla, desde una perspectiva global, había comenzado el 18 de septiembre de 1927. La igualdad entre el Levante y Valencia se convirtió en una tónica habitual durante la totalidad de la competición. En la jornada del 13 de noviembre, Mestalla acogió un duelo en la cumbre entre dos escuadras que sumaban tantos triunfos como comparecencias en el ámbito competitivo. La derrota podía manchar un currículum impoluto. Fue un match duro, espinoso y emocionante que finalizó con empate a un gol. Montes marcó para los locales en el minuto quince y Puig logró la igualada en el treinta y cinco. La primera vuelta finalizó con el Valencia y el Levante compartiendo el liderato con quince puntos.

Tras el paréntesis navideño el Valencia gobernaba con veintiún puntos por los veinte del Levante y los diecinueve del Gimnástico. Descartado el Castellón, el triunfo ya no saldría de los márgenes de la ciudad del Miguelete. La disyuntiva planteada quedaría cerrada en breve. Correspondió al Gimnástico comportarse como el rival más débil en la carrera. El empate en Vallejo ante el Burjassot y la inesperada derrota frente al Sporting invalidó sus opciones al título. El Valencia y el Levante resistían. Ninguno cedió en las jornadas finales. Los triunfos de unos se correspondían con la victorias obtenidas por los otros. Sus destinos parejos quedaron entrelazados en un escenario; el campo de La Cruz. Hace hoy 88 largos años.

Valencia se paralizó ante la magnitud del match. La supremacía estaba por decidir. Era una jornada con una mística envolvente para los valencianos. Se conmemoraba el nacimiento de San Vicente Ferrer, insigne patrón de la ciudad. En un contexto en el que el poder espiritual estaba incardinado en el consciente de la población, honrar a esta santidad parecía una obligación. La Correspondencia, un diario católico de base, reclamaba el cumplimiento de un mandamiento. “Hoy se conmemora el nacimiento de San Vicente Ferrer en su casa natalicia con un solemne oficio. Se interpretará la misa en re de Perossi y predicará en valenciano el reverendo padre Fray José Bellido”. Las colas para acceder a la catedral con el fin de orar delante del brazo incorrupto del santo se perdían en la infinidad. España atravesaba por una coyuntura marcada por una relativa estabilidad. Era más aparente que real.

El General Primo de Rivera se asemejaba a un coloso con pies de barro. Había adquirido prestigio tras la pacificación de Marruecos, pero este triunfo no redundó en una pacificación intramuros de sus fronteras. El Directorio Militar, principal órgano encargado de secundar la actuación del General Primo de Rivera, se convirtió en un Directorio Civil estructurado en torno a la Unión Patriótica. La fórmula establecida, lejos de interpretarse como un retorno a la normalidad constitucional (su principal adalid, la constitución, permanecía en suspenso), supuso una decepción más y de proporciones mayores para aquellos políticos proclives al viejo régimen que no lograban aceptar una monarquía que se distanciaba de los principios básicos anunciadores del constitucionalismo.

El enfrentamiento concitó un desmesurado interés. La prensa se encargó de dinamizar sus efectos en las horas previas al encuentro. Durante la semana se cruzaron mil y una apuestas. Los protagonistas alzaron la voz. Enrique Molina, mediocentro del Valencia, entendía que su equipo debía ganar simplemente “porque era mucho mejor que su oponente. Necesitamos el triunfo para mantener la primacía dentro del fútbol regional.”. El técnico del Valencia, James Hellion, compartía la misma opinión. “Confío en la victoria. Todos los equipiers se hallan en una forma excelente, y es de esperar que si el partido se desarrolla normalmente ganarán mis poulsins”. Desde los Poblados Marinos llegó la inmediata réplica. Juanito Puig, (Puig I) lanzó un pronóstico. El jugador vaticinó un triunfo por un gol de diferencia. El veredicto se cumplió. “Confío en que esta vez nos sonreirá a nosotros la diosa fortuna, aunque ganaremos por un gol. El partido será muy igualado, pero podemos salir airosos de la lucha”.

José Gómez, técnico marino, no dudaba de los suyos. “Creo aventurado en todo partido de fútbol predecir el desenlace de la contienda. Y en un Levante-Valencia más que en ninguno, puesto que la igualdad de fuerzas es bien notable. Quiero decir que el resultado depende de tantas circunstancias y es difícil hacer una predicción, aunque confío que al final la victoria habrá de sonreírnos”. Las gradas del Camino Hondo rebosaban de expectación. Las crónicas, emitidas post-partido, inciden en que fue uno de los mejores envites de la competición, con dos equipos que lucharon con tesón por la victoria definitiva. Después de una primera fase inicial resuelta sin goles, si bien ambos oponentes gozaron de ocasiones diáfanas para conseguir perforar las redes contrarias, Ródenas adelantó a las mesnadas del Valencia en los minutos iniciales de la reanudación.

El tanto estremeció la afición levantina. Acto y seguido, y como rúbrica de esta tendencia, el equipier visitante Rey puso a prueba el perfecto estado del corazón de la masa social levantina. Por suerte, emergió la homérica figura de Lawall para interponerse entre la pelota y el inevitable camino que ésta había adoptado hacia la línea de gol. Hubiera sido la sentencia. El levantinismo respiró. El espíritu indomable del conjunto de los Poblados Marítimos hizo acto de presencia. Molina aprovechó una colada de Alamar, un jugador formado en el inolvidable y legendario Invencible, para conseguir el empate. El partido entraba en una nueva fase. Ahora era el Levante quien mandaba. Era pronto. Todavía quedaba mucho tiempo para darle la vuelta al marcador. La grada bramaba al unísono hasta enloquecer. El milagro se antojaba posible aún.

El paroxismo llegó a su cenit en una nueva acción liderada por Molina. El equipier rentabilizó una jugada de Gaspar Rubio, el Mago del Balón, el primer héroe del fútbol valenciano, exportado a posteriori al Real Madrid, a la Selección y al fútbol internacional. El Levante cobraba ventaja. Podría haberla aumentado si un disparo de Gaspar Rubio no lo hubiera escupido con un insultante desprecio el larguero. “El campeonato para el bravo Levante”, tituló Josímbar en la Correspondencia. Lavall, ejerció de portavoz del grupo en calidad de insigne capitán. “Estoy muy satisfecho por el triunfo que nos da el título de campeones. Creo que pudimos ganar por mayor diferencia, pues en la primera parte en que dominamos casi continuamente, no pudimos marcar, por la desgracia que se ensañó con nosotros”. El preparador José Gómez se mostraba exultante. “Créame que (en alusión a la consecución del título) me ha producido una de las mayores satisfacciones de mi vida. Estoy muy satisfecho de la labor de mi equipo. En él no cabe hacer distinciones de ninguna clase pues todos han jugado magníficamente contribuyendo a que el título se quede en el Grao”. La fiesta en los Poblados Marítimos continuó hasta bien entrada la madrugada. La calle de la Reina se convirtió en un improvisado foro que permitía reivindicar las prestaciones y la naturaleza del título conseguido apenas unas horas antes. Los balcones y las fachadas de las principales viviendas se vistieron con las banderas levantinas. Una muchedumbre se agolpaba en las puertas de la sede social del Levante en la calle de la Libertad 77 para celebrar junto a sus héroes el primer título de su historia.

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