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Anoeta y el ansiado regreso a Primera División

El feudo de Anoeta consignó el ansiado regreso a la máxima categoría del fútbol español. En tierras guipuzcoanas quedó cercenado un anatema que parecía atormentar a la sociedad granota durante cuatro décadas. Fue en la tarde-noche del 29 de agosto de 2004. El duelo ante la Real Sociedad estableció una especie de tránsito hacia una dimensión profunda. Aquella tarde el Levante volvió a proyectarse para la disciplina del balompié como miembro de facto del selecto universo de la Primera División. Su nombre acompasaba con las principales instituciones del fútbol patrio. Para el universo azulgrana era un deseo quimérico que el nacimiento del tercer milenio transformó en una absoluta realidad. El verano amenazaba con marchar para convertir su memoria en un grato recuerdo y el Levante volvía a competir en un espacio que extrañaba desde mediados de los años sesenta del siglo XX. En Anoeta, cuando el balón comenzó a rodar, parecía quebrarse una maldición que se prolongó en exceso en el espacio-tiempo. Para muchas generaciones afines al levantinismo el encuentro adquiría un simbolismo difícil de ocultar por cuestiones más que evidentes.

Asaltar los muros de la máxima categoría se convirtió en una auténtica ensoñación. Unos meses antes en Xerez la utopía trocó de raíz. Las ilusiones, en ocasiones, se pueden llegar a materializar. Aquel enfrentamiento ante la Real Sociedad descubría un firmamento que había que desentrañar. La Primera División propone sus propias leyes y unos códigos identificativos que el Levante desconocía. Y era una condición inexcusable rasgar esos principios para metabolizar su contenido. Por esa razón, había que desenmascarar el escenario, la escenografía y una atmósfera que se alejaba sobremanera de las experiencias desarrolladas con anterioridad en otros ámbitos de la competición liguera. Aquel período estival, convertido en una especie de prólogo de todas las emociones que se presagiaban, resultó pródigo en variaciones. Quizás la más llamativa, por su ascendente, fue el aterrizaje de Bernd Schuster como conductor del banquillo blaugrana. Con el técnico teutón llegaron un puñado de futbolistas.

La esperanza brotaba. El desafío que nació en la egregia San Sebastián era complejo por su magnitud. La expedición azulgrana se desplazó en avión hasta Donostia en la tarde del sábado. El status había mudado. Hacía infinidad de cursos que los dos equipos se veían las caras sobre el césped. En el colectivo azulgrana enarboló la bandera de la ilusión en su reencuentro con la Primera División. Manchev y Cellestini, dos de las principales novedades para el ejercicio liguero, se quedaron en Valencia por cuestiones burocráticas. No obstante, en la citación aparecía Ian Harte. El lateral acaparó protagonismo en la rentrée en la elite.

Cuéllar y Ettien habían avisado con anterioridad de las intenciones granotas. El partido se convirtió en un intercambio de golpes con epicentro en las inmediaciones de las áreas defendidas por Riesgo y Mora. Nihat chocó con el palo de la meta blaugrana y con los reflejos del arquero. En el encuentro de presentación de Arteta, se coló Harte para reinaugurar el casillero de goles del bloque de Orriols. El duelo avanzaba hacia su final, en el primer capítulo, y las botas del defensor destilaron ese veneno mortal que caracterizaba sus prestaciones. La estrategia y el balón parado eran coto privado para el internacional irlandés. Pese a la distancia, que parecía enfriar el gol, Harte envió un misil dirigido que se coló en la portería de Riesgo. En la reanudación, Harte dejó su sello con un disparo en el minuto 59 que generó incertidumbre. En ese momento, Nihat hay había recompuesto la situación tras igualada la cita. No obstante, ya no hubo más variaciones.

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