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Cuando Johan Cruyff defendió el escudo del Levante

Quizás hay una fecha en la cronología y una imagen que enmarque el nacimiento de la entente alcanzada entre el Levante y Johan Cruyff. El Ciutat de València, en los albores de la década de los años ochenta todavía denominado Nou Estadi, se llenó prácticamente hasta los topes para contemplar el debut del futbolista holandés con la camiseta azulgrana. Aconteció el domingo uno de marzo de 1981. El Levante se cruzaba con el Palencia en confrontación adscrita a la Segunda División A y todo parecía estar envuelto por un barniz que distorsionaba la realidad. La relación establecida entre Johan Cruyff y la sociedad del barrio de Orriols nació desde una quimera que logró converger. El atacante saltó al césped con el nueve a la espalda entre la admiración de los seguidores adscritos a la causa levantinista y también entre la incredulidad del fútbol en general. Cruyff aceptó el desafío de regresar a España para enrolarse en un club que estaba instalado en la categoría de Plata y que semanas antes había logrado coronar el ático de la clasificación general. El reto era evidente. El ascenso marcaba las directrices de la contratación emprendida. Aquella tarde el Levante salió vencedor del duelo ante la escuadra palentina (1-0). Pousada se coló en la kermese del jugador holandés con una diana que aprisionó dos nuevos puntos para el equipo que dirigía desde el banquillo el mítico Pachín. La recaudación fue sabrosa; cinco millones de las antiguas pesetas. No obstante, el relato que significó el fichaje de Johan Cruyff comenzó con anterioridad en el tiempo.

Gorka Barrie se sentía feliz aquel domingo de finales de enero de 1981. El guardameta paladeaba la victoria conquistada ante el Real Burgos (2-0). No era una victoria menor. El triunfo elevó a la sociedad azulgrana hasta el firmamento de la categoría de Plata. El lunes el sol saldría por el este, como todos los días, pero sus rayos crepusculares iluminarían la silueta de la institución de Orriols en virtud del liderato alcanzado. Los hechos iban a dar un giro copernicano y el lunes amaneció con una noticia que parecía pura ciencia ficción si se unían las dos variables surgidas; el Levante anunciaba su deseo de contratar a Johan Cruyff. Barrie conoció esa comunicación mientras cenaba con unos amigos. La animada conversación quedó alterada cuando el histórico programa deportivo ‘Estudio Estadio’ propagó a los cuatro vientos una información que algunos periodistas valencianos ya conocían en primicia.

Enero se consumía en el contexto de una España que luchaba por la consolidación de una Democracia que no tardaría en comprobar cómo sus incipientes estructuras sufrirían los rigores y los embates del golpe de Estado del General Tejero del 23 de febrero. El contexto político quizás era tan convulso como la noticia que generaba el interés granota por Cruyff. El Levante sacudió los cimientos del fútbol con la conjunción de dos proposiciones que parecían tan alejadas como irresolubles. Durante la inmensidad de febrero, con la sombra del ataque a la joven democracia, se debatió con verdadera pasión sobre la relación entre uno de los iconos del balompié de los años setenta y la representación levantinista. Surgió como una ecuación improbable que contó con oscilantes movimientos pendulares en función de los posicionamientos de los protagonistas y de las deudas que mantenía el club con la Federación Valencia y, por ende con la Federación Española, por impagos a sus jugadores que imposibilitaban la tramitación de nuevas fichas. No obstante, y ante la estupefacción de los más puristas, se materializó la entente y previo pago de las deudas acumuladas que superaban los diez millones de las antiguas pesetas.

Cruyff se convirtió en el gozne sobre el que giró una de las proyecciones más ambiciosas de la historia de la sociedad granota. Su presencia, ante su ascendente e influjo, pretendía acercar al Levante al umbral de la Primera División. La incredulidad era manifiesta. Helenio Herrera fue meridiano en las manifestaciones ofrecidas al respecto. El entrenador del Barcelona se había apostado en público sus calzoncillos acerca de la veracidad de esa contratación. Su razonamiento no admitía dudas. Cruyff no firmaría por el Levante. El viernes 27 de febrero al filo del mediodía el preparador comparecía en rueda de prensa en el Nou Camp para atender a los medios de comunicación en la previa del choque que medía al Barça contra el Hércules. El duelo monopolizaba sus reflexiones, pero un periodista catalán cambió el sentido de la rueda de prensa y le preguntó por la oficialidad del fichaje de Johan Cruyff por el Levante.

Su salida fue espectacular ante la carcajada general del auditorio. “Yo por lo menos sigo todavía con mis calzoncillos”. Y su incredulidad no se había apagado. “No me lo creo todavía lo del fichaje. En realidad no me lo creeré hasta que le vea jugando con el Levante, pero volvamos al partido que es lo que me interesa”. Un día después, en la previa del estreno del jugador en Valencia, rectificó. “Sí, claro. Dije que me apostaría los calzoncillos si Cruyff fichara por el Levante. Parece que así ha sido, no? Pues he perdido la apuesta. La verdad es que debo reconocer que el Levante ha realizado un gran fichaje y yo me quito el sombrero”.

Johan Cruyff aterrizó en la Ciudad Condal en los últimos días de febrero. Una delegación que encabezaba el presidente, Francisco Aznar, se desplazó hasta el aeropuerto de El Prat para ejercer de comité de bienvenida. La primera actuación del mandatario fue imponerle la insignia de oro y brillantes. El discurso defendido era codicioso. Retorno a la elite en el plano deportivo, multiplicación del número de abonados, con el consiguiente aumento de dinero, y una gira por Sudamérica programada para el verano. Todo estaba perfectamente calculado. El prestigio de Cruyff estaba en la cúspide de la pirámide de este planteamiento. Era la pieza clave de este pretendido despegue que nunca se produjo.

El vestuario azulgrana alucinó con la llegada de Cruyff. “Fue una cuestión propagandística”, rememora desde el presente Pousada “Íbamos primeros en la tabla. Había mucho ambiente. El club no estaba muy bien económicamente y los dirigentes aprovecharon esta coyuntura para acometer su fichaje. Querían aprovechar su tirón mediático para subir. Era innegable que era un gran jugador; una estrella mundial”, resalta Pousada. Desde la portería Barrie secunda este postulado. “Fue una operación de marketing”, sostiene; “Fue un boom. Imagínate. Una sorpresa. Era Johan Cruyff. Su llegada fue muy llamativa”. Latorre, uno de los Sub’20 de la época, añade nuevos argumentos. “Lo firmaron para buscar ingresos atípicos en un momento de máxima convulsión económica. No dejaba de ser un crack aunque al final no cuajó”.

Julio Lorant rememora aquellas jornadas. “Éramos un equipo con pelotas. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. Éramos amigos dentro y fuera. Yo tengo un buen recuerdo de Johan Cruyff. Creo que todos lo aceptamos. Lo acogimos bien. Yo creo que todos lo aceptamos plenamente. Yo estaba cerca de él. Nos contaba historia de Holanda y de la Selección. Para mí fue una suerte jugar con él. Conocí de cerca sus vivencias. Era un gran jugador. Yo creo que el Levante acertó aunque al final no ascendimos”. Campuzano corrobora esta afirmación. “Nunca tuvimos problemas con él. A los más jóvenes nos solía dar muchos consejos”. Y el mítico Pirri se la juega por Cruyff. “Era un tipo serio, pero nunca tuvo problemas con nadie”.

Latorre dibuja una nueva variable en la consolidación de aquella entente. La experiencia resultó fallida. ¿Las causas? La memoria acentúa el carácter de un bloque con un fuerte sentido gremial donde cada uno de los jugadores tenía una clara conciencia de su situación y de su rol dentro de la colectividad. Esa tendencia se rasgó. “Le veíamos entrenar y todos queríamos darle de rosca al balón”, manifiesta Latorre. No es una afirmación superflua. Ni carente de valor porque su aterrizaje provocó una metamorfosis en el juego del Levante. “En mi caso con diecinueve años era un placer estar con él. Dentro del vestuario tenía una buena relación con nosotros, sobre todo con los más jóvenes. Es evidente que tenía una visión del juego diferente, pero creo que rompió la unidad de un equipo que estaba hecho. Al final hasta cambiamos el sistema de juego”, destaca Latorre. Barrie no se separa de este veredicto. “El equipo era un bloque de luchadores y al final dependíamos mucho de él. El ambiente entre nosotros era espectacular”. Y Pousada incide en ese concepto grupal. “Trabajábamos todos a una en el campo. Sabíamos lo que teníamos que hacer”.

Johan Cruyff se vio envuelto en algunos affaires que perturbaron el discurrir de la temporada liguera. Quizás una de las variaciones más sustanciales fue la alteración en el banquillo. Pachín, una figura que se había ganado el aprecio del vestuario con sus métodos de trabajo, y que había situado al club en la zona más alta de la clasificación, fue relevado de sus funciones con el ejercicio en marcha y el club optó por la contratación de Rifé. “Era un tío coherente y con mucho carácter”, recuerda Gorka Barrie en referencia a Pachín. La llegada de Joaquín Rifé, una persona con fuertes vinculaciones emocionales con el futbolista holandés, que germinaron en su etapa anterior que ambos compartieron en el F.C. Barcelona, fue difícil desvincularla de su influjo.

El paso de Cruyff por la institución propició la creación de mitos todavía en vigencia. La memoria recrea las peticiones de un dinero adicional por parte de los dirigentes levantinistas a las escuadras locales para garantizar su alineación. En esa línea, cuenta la rumorología que en Linares no llegó a saltar al campo aunque viajó entre los expedicionarios ante la falta de sintonía entre las directivas por esa causa, mientras que en Vitoria, en un choque ante el Alavés, regresó antes que el resto de la delegación oficialmente por problemas familiares. Y hay pensamientos que perviven en el imaginario popular, aunque parece sumamente difícil discernir si se trata de una simple invención que ha pasado puntualmente de aficionado en aficionado. En ese sentido, siempre se ha aludido a la figura de su suegro como figura capital en la transacción que significaba acudir a las taquillas del feudo de Orriols, en pleno partido, para llevarse la taquilla envuelta en papel de periódico.

Esa estampa generó el germen de la leyenda negra que todavía le persigue y que sitúa en Cruyff en el epicentro del hundimiento posterior de una institución que caería al pozo de la Tercera División. Una idea que rebate de forma concluyente Antonio Calpe. “A Johan lo engañaron como hicieron con todos nosotros. No le pagaron lo que le habían estipulado”. La relación entre ambos se cimentó desde el banquillo por mor de la condición de segundo entrenador de Calpe de Pachín y a posteriori de Rife. La lesión de espalda del preparador catalán le convirtió en el conductor de la nave granota en los últimos días de aquella temporada. Su sintonía era buena. “Era un tío estupendo”, suele sugerir Calpe cuando se le cuestiona por Johan.

Johan Cruyff defendió la elástica azulgrana del Levante en el ámbito de la Segunda División entre marzo y junio de 1981. No se trata de una simple leyenda urbana a partir de los hechos escrutados. El final del relato confirma esa tesis que advierte de la no consumación de los retos propuestos al optar por la contratación de una futbolista de aureola insigne. Su secuencia en el Levante se compone de diez partidos en Segunda División A, siempre con el nueve pegado a su espalda, que trufó con la obtención de dos goles obtenidos en un encuentro ante el Oviedo en Orriols (2-2). Sus botas impregnaron gotas y esencias de su incuestionable manera de entender el fútbol, pero fueron pequeñas descargas y relámpagos que nunca le convirtieron en ese soñado factor diferencial propuesto por los directivos levantinistas en su cruzada por el soñado ascenso a Primera División.



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