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Dos victorias históricas para honrar la memoria de San Valentín

El 14 de febrero de 1926 el sol del Mar Mediterráneo bañó con sus rayos a la populosa Calle de la Libertad. Aquel día nació iluminado para una sociedad futbolística con sede en una de las avenidas más conocidas y efervescentes en el corazón de Los Poblados Marítimos. Para el Levante F.C. aquella jornada no era menor. Adquiría sentido y jerarquía. La emoción embargaba a los estamentos del club levantino. Aquella tarde había fútbol en la ciudad. Los equipiers del Levante se desplazarían hasta el feudo de Mestalla para enfrentarse al Valencia en un duelo con consistencia y enjundia. Una impresión desconocida recorría los cuerpos de los jugadores marinos. Era una sensación tan difícil de descifrar como la evolución de la confrontación que tenían que afrontar sobre el campo. El 14 de febrero de 2013, la Valencia vinculada al Levante U.D. amaneció turbada. La agitación estaba justificada en virtud del encuentro programado para las 19:00 horas en el Estadio del Ciutat de València. No era un duelo secundario. Ni un mero trámite. Olympiacos, un histórico del panorama internacional futbolístico, amenazaba al Levante.

Entre el 14 de febrero de mediados de los años veinte y la fecha que marcó la llegada de la escuadra de El Pireo distan 87 años. Es evidente que la distancia es sideral; un auténtico océano, o una vida. Apenas si hay similitudes. Y sin embargo, la narración de los dos relatos sitúa al Levante en el epicentro del eje de la cronología que se establece por la épica y por la mística que destilan las fechas en el interior del imaginario del colectivo azulgrana. En el día en el que se honra a la memoria de San Valentín, el patrón de los enamorados, una tradición que hunde sus raíces en la época del Imperio Romano, cuando este popular sacerdote desafió un decreto promulgado por Claudio II, que prohibía los matrimonios entre jóvenes, para proceder en secreto a los casamientos, el Levante se enfrentaba a dos retos mayúsculos sobre el pasto que, en cierto modo, delimitaron y marcan su destino y su devenir como institución.

Pasado y presente, fundidos por la secuencia temporal, pese a su lejanía y notable desemejanza. Aquel Levante, enmarcado en el contexto de la Dictadura del General Primo de Rivera, acudió el 14 de febrero a Mestalla con la posibilidad de engancharse a la cabecera de la clasificación en el campeonato regional. Acostumbrado a pasar de puntillas por la competición, que reunía a las principales representaciones de la provincia, decidió que era el momento idóneo para sublevarse y amotinarse. El Levante elevó la voz después de firmar una progresión extraordinaria en la segunda fase del curso. Sin embargo, el Levante llegó a Mestalla perseguido por una especie de maldición que se perpetuaba; nunca había conseguido vencer al Valencia en partido oficial, aunque unos meses había sido capaz de herir a su adversario en el Campo de La Cruz en un duelo amistoso. El asalto a la segunda plaza y traspasar ese umbral desconocido que significaba adentrarse por los caminos inescrutables de la Copa de España, el gran trofeo de la época, planteaba un desafío superlativo que realzaba el verbo vencer en un estadio y ante un rival maldito.

El reto del Levante de Juan Ignacio, establecido para el jueves 14 de febrero, era homérico. Al igual que los equipiers de los años veinte había que desentrañar y captar su esencia. No era fácil. Su naturaleza parecía irreconocible porque el Levante, un neófito por la Vieja Europa, entraba en un universo que ignoraba. Enfrente surgía la imagen poderosa de Olympiacos, incontestable líder de la Liga Griega. Los dieciseisavos de Final ambientaban la trama. El 14 de febrero de 1926 Sorní se elevó sobre el firmamento de Mestalla para romper un anatema que hostigaba a las huestes levantinas. Su gol rompía la igualada a dos dianas que acentuaba el marcador en los minutos finales. En Sorní se materializaban las coordenadas que etiquetaban el espíritu indomesticable de los Invencibles, aquel equipo de la sociedad que durante un tiempo sólo supo ganar a cada uno de sus oponentes. El Levante del tercer milenio no era invencible, pero su alma era imperturbable. Es una escuadra con sustancia y con carácter y destreza para enfrentarse a colosos y a cíclopes de ocho cabezas. Nada le turbó. Ni le desorientó. Pedro Ríos, Barkero y Martins fueron los escogidos para la gloria emulando a Sorni o a Urrutia 87 años antes.

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