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Diez años de la gesta de Lleida

Fue un viaje de ida y vuelta con la Primera División como principal reclamo y único destino, aunque el peaje fue profundo y sus secuelas fueron evidentes principalmente desde una perspectiva mental porque la fortaleza que exhibió el grupo fue el soporte y el sostén de un éxito que pareció difuminarse en diversas fases de una competición devastadora que comenzó en los días finales de agosto de 2005 y se prolongó hasta mediados de junio de 2006. No hubo sutilezas en un trayecto repleto de complejidad coronado por un ascenso que se logró hace hoy diez años. Fue el sábado 17 de junio de 2006. Las agujas del reloj se acercaban peligrosamente a las diez de la noche. González González consignó el final del postrer enfrentamiento del ejercicio liguero. Riga aprovechó un desajuste del arquero local para ratificar una victoria que proyectó al cuadro dirigido por Mané hacia la elite.

La gesta tuvo como epicentro el Camp d’Esports de Lleida. Y hasta la ciudad catalana marcharon alrededor de cinco mil aficionados granotas ávidos de cantar en primera persona el regreso a la categoría perdida apenas 365 días antes. En realidad, fue una victoria redentora que permitió liberar la mente de un grupo que conoció la angustia y el sufrimiento en diferentes momentos del campeonato. “Esto es increíble. Parecía imposible que fuera este año. Ha sido increíble subir en este último partido. Para darle un infarto a todos”, advertía Jesule radiante en el interior de un vestuario que cercaba el éxtasis más absoluto por cuestiones más que obvias. El Levante se instaló en lo más alto de una alambicada montaña rusa de la que parecía no apearse durante la totalidad del relato liguero. “Hemos sufrido desde principio de Liga. Hemos tenido muchos altibajos con fases de buen juego y con fases de mal juego. Nos han apretado mucho y nos lo han puesto muy difícil, pero ha salido bien”, remató el zaguero a las cámaras de Canal 9 en riguroso directo relatando la evolución de una campaña de contenido salvaje.

La aventura fue tan feroz como brutal fue su epílogo. En ocasiones el éxito se paladea con más fuerza cuando has sentido muy cerca el fracaso. El Levante se instaló en el ático de la clasificación general en la epifanía del curso con José Luis Oltra a los mandos del banquillo. El entrenador valenciano relevó a Bernd Schuster en las jornadas finales de la temporada anterior y mantuvo su puesto pese al golpe de Villarreal. Los números alcanzados acentuaban la firmeza mostrada por un colectivo que parecía desentrañar los misterios de la Segunda División A. El bloque estaba confeccionado para asumir el reto del ascenso. No había dudas en ese sentido si bien, en el marco de la categoría de Plata, ese aspecto no se convierte en un dogma de fe inquebrantable. De hecho, apenas unas semanas más tarde Mané volvía sobre sus pasos al Ciutat de València para instalarse en el vestuario e iniciar una nueva etapa como preparador. Su debut se produjo en la jornada undécima en un choque de vecinos entre el Levante y el C.D. Castellón (3-2).

El cambio de formato y de estilo fue perceptible. También hubo una mutación en el guion. La escuadra azulgrana fortaleció el entramado defensivo. Mané conocía las particularidades y singularidades de la división. Resguardó el marco defendido por Cavallero como premisa básica para lustrar las botas de Ian Harte. El lateral irlandés, todo un auténtico especialista en las acciones de estrategia, fundamentó parte de ese proceso de reconversión. El defensor firmó nueve goles en el cómputo general y lideró el balón parado. El Levante no era un equipo estético en sus movimientos y decisiones, pero era reconocido y sobre todo un ejemplo de pragmatismo cuando quedaba anclado al verde. “Una de las claves fue la estrategia”, confirmó Mané horas después del ascenso advirtiendo el influjo de Harte en esa propuesta del juego. “Conseguimos muchos goles así”, destacó. Riga, con once goles, fue uno de los más beneficiados.

La competición no concedía treguas y el Levante transitaba por la zona más elevada de la tabla, aunque no conseguía la estabilidad necesaria para confirmar su candidatura al ascenso. El debate sobre su juego era interminable. No era un equipo coral. “No fue una temporada regular”. El análisis responde al veredicto de Alexis. “Nos habíamos descolgado, pero el final de Liga que logramos hacer fue fundamental”, determina Jesule. En ese sentido, habría que subrayar un partido. En la jornada trigesimosegunda la sociedad azulgrana afrontó un duelo capital ante el CD Castellón en Castalia. El Almería había mancillado el honor del Ciutat la semana anterior (2-4) y escocía la derrota ante el Recreativo en tierras onubenses (4-1). Eran jornadas tormentosas que generaron desconfianza. El paisaje era abrupto y se ennegrecía. La victoria era ineludible para recuperar la autoestima y curar lesiones.

Y ese componente era consustancial para un C.D. Castellón que trataba de huir de la zona más pantanosa. La igualada generó una sensación muy pareja de frustración sobre los dos colectivos. Las críticas arreciaban. Recreativo de Huelva y Nástic lideraban la clasificación con 59 puntos. El Levante miraba hacia arriba desde la sexta posición con 51 puntos. Almería, Xerez y Lorca se colaban en la fiesta del ascenso y el Ciudad de Murcia se convertía en una amenaza seria y real tras igualar los registros azulgranas. “Sufrimos mucho durante la Liga, pero estuvimos concentrados en los momentos más determinantes”, dictamina Ettien.

La trama final de la competición estaba presentada. Levante, Lorca y Ciudad de Murcia fueron los más fuertes en ese trayecto. Solo podía quedar uno. La respuesta granota fue exquisita desde un prisma numérico. Seis triunfos, dos empates y una derrota preludiaron el duelo final ante el Lleida. El Levante se posicionó en la Terra Ferma dependiendo en exclusiva de sus prestaciones, pero la polémica sobre su juego no amainaba. Se acentuaba su solidez defensiva, pero la lacra que parecía vilipendiar ese discurso se justificaba en la escasa imaginación que presentaba en ataque. “El equipo individualmente se fue sosteniendo a lo largo del campeonato. Se valora el sacrificio de todos”, recalcó Cavallero. La calidad del grupo apareció para establecer diferencias. Había compromiso. Sus guantes fueron recios y poderosos para frustrar las acometidas de los atacantes del Lorca en el partido anterior al desembarco en Lleida en el Ciutat.

El arquero argentino detuvo un penalti que podría haber mudado el destino azulgrana. Unas semanas atrás Harte revolvió en diez minutos felices un partido ante el Valladolid marcado por la diana inicial obtenida por Víctor. En Ipurua fue Camacho quien sostuvo el entramado blaugrana con una diana salvadora en el minuto noventa que rescató una igualada trascendente. Las cartas estaban alzadas en el choque del Camp d’Esports de Lleida. “Necesitábamos un punto para subir”, recuerda Andrés Garcerá, delegado del club. El Ciudad de Murcia y Lorca seguían desde la distancia las evoluciones de la cita. Unos cinco mil intrépidos granotas marcharon hasta Lleida para alentar el tercer ascenso de la historia. En el minuto 43 Harte pateó el balón desde la banda en una acción que había repetido una y mil veces durante el curso. El cuero se le escurrió a Miguel y el rebote quedó en los pies de Riga. Fue un gol de ascenso. La diana se convirtió en un paradigma de un curso complicado. El Levante se paseo por el infierno para aventurarse hasta el cielo.



FOTOS: Pasión Granota. Las vidas del ascenso.


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