Quizás le faltó fuelle y algo de físico para conseguir mantener la ventaja conquistada tras un remate de cabeza racial de Pedro Ríos, que impactó con una extremada virulencia en la red de Casto, pero el Levante apeló al orgullo y al honor, que patentizó con anterioridad sobre el verde, para recordar a su masa social que la despedida de la Primera División en realidad será efímera y que en algo más de dos meses la escuadra azulgrana retornara a este espacio para defender su cuarta campaña consecutiva entre la aristocracia del fútbol español. El hecho hay que consignarlo en una jornada dramática en algunas plazas históricas de la Liga. Clubes del tallaje del Zaragoza, Mallorca y Deportivo de La Coruña iniciaron el temido tránsito hacia la categoría de Plata con el caudal de dudas e incertidumbres que genera ese complicado vaivén. Ante la mirada desde el palco VIP de los sempiternos héroes del 63, el Levante volvió a emitir parte de los síntomas que han singularizado parte del relato postrero en la principal división.
El semblante físico de la Vieja Europa emergía por el horizonte del Ciutat de València. De repente, y como secuela del gol de Juanlu en la Catedral en asociación con el criterio del TAS sobre el futuro como ciudadano europeo del Málaga y Rayo, el Levante contempló una imagen que ha experimentado durante el curso que ya ha finalizado. El asalto a la Liga Europea exigía una catarata de marcadores que finalmente no se concatenaron. Ovbiamente el relato de los sucesos advertía de la necesidad perentoria de anestesiar al Real Betis. Después había que seguir con atención los movimientos ligueros con epicentro en Sevilla y Granada y por último no perder de vista el dictamen a posteriori del TAS. Todo era mucho más mundano y sencillo para el Real Betis. Dos de los tres signos sobre el verde de Orriols validaban sus intenciones. El empate o el triunfo proyectaba la imagen verdiblanca allende Los Pirineos.
Quizás la victoria frente al Athletic Club liberó de impurezas la mente del grupo que prepara Juan Ignacio Martínez. En La Catedral, el Levante recuperó la visión cosmológica que le ha caracterizado. Y esa huella impregnó al bloque azulgrana frente al Betis. El Levante recuperó la autoestima y esa manera tan personalizada e intransferible de entender el fútbol que tanto suele desnortar a su adversario. Dominaba en apariciencia el Real Betis, pero era el Levante quien se aproximaba con peligrosidad sobre las cercanías de Casto. Tocaba la escuadra de Pepe Mel en la medular tratando de engarzar su juego, si bien no con la solvencia y la capacidad suficiente como para generar acciones claras de gol. El Levante era la antítesis; salidas efervescentes para merodear por los alrededores de Casto. Aguijonazos contra balas de fogueo. El grupo que conduce Juan Ignacio adelantó unos metros la presión con el fin de ahogar la salida diáfana del esférico del Betis.
El estilo del equipo verdiblanca acentúa el riesgo y también la valentía, pero esos aspectos cardinales en el juego bético se difuminaron sobre el verde del Ciutat. Lesionado Acquafresca, después de catapultar un balón en las inmediaciones del área del equipo sevillano, Valdo volvió a situarse como falso delantero. La notable movilidad de los integrantes de vanguardia azulgrana extremó las dudas foráneas. El Betis no encontraba el guión del duelo. No se expresaba con seguridad y convicción y caía sumido en la duda. No obstante, demostró tener una pegada descomunal en una acción comandada por Rubén Castro que concluyó con un ajustado zapatazo de Molina que limpió la escuadra izquierda de Keylor. Antes una entrada con determinación desde atrás de Pedro Ríos había propiciado que el Levante soñara con un triunfo que el Betis defendió con firmeza y que valida sus aspiraciones de equipo adscrito a la Liga Europea para el curso próximo.