Un minuto; es decir el tiempo que queda encerrado en los sesenta segundos de que consta, puede ser extremadamente largo y tenebroso en escenarios tan característicos y singulares como el Estadio de Ipurua. Por paradójico que parezca un minuto puede ser letal; un espacio, muy extenso o excesivamente reducido para establecer una frontera clara y pertinaz entre realidades claramente diferenciadas. Un minuto puede encerrar el yin y el yang en su interior y preludiar el advenimiento de dos mundos antagónicos. De la luz a las tinieblas hay un paso en escenarios como el coliseo eibarrés. El vértigo surge en su máxima expresión. Y se materializa de pronto; sin previo aviso. Las transiciones pueden ser endiabladas. Sea por las dimensiones del campo, lo que implica que el balón viaje a la velocidad del sonido de un área a otra, o sea por el espíritu levantisco de un grupo que se maneja con orgullo en su estreno en Primera, lo cierto es que el tiempo como concepto reconocible pierde su significado y su contenido en Ipurua. Y deja de medirse según los parámetros habituales para desafiar las leyes de la física. Y el desarrollo del último minuto fue un auténtico martirio para las huestes del Levante. Piovaccari tensó su pierna en las cercanías del área granota para establecer el definitivo empate a tres goles en un partido repletos de alternativas que si algo vino a confirmar es la terrible distancia desde una perspectiva anímica que distancia a los dos oponentes que se retaron en Primera en un duelo nuevo.
Quizás sea una manera de analizar los hechos que se sucedieron sobre el verde del coliseo guipuzcoano durante noventa minutos de una pasión desbordaba que se salpimentó con un toque adicional de locura. Y quizás las divergencias entre el Eibar y el Levante, en este momento de la cronología liguera, no radiquen en exclusiva en componentes exclusivamente deportivos. El debate no se centra en cuestiones futbolísticas sin más. La psique influye y mucho. Hay una distancia mental sideral entre los protagonistas. Y muy posiblemente habría que aplicar conceptos derivados de la ciencia de la psicología para entender cómo estos aspectos se trasladan al interior del verde. El arranque del segundo capítulo del duelo demostró este estado tan opuesto. Los jugadores del Eibar decidieron que no estaban dispuestos a claudicar. Al menos sin tratar de oponer resistencia y sin intentar apretar el gaznate de su adversario.
Parece incuestionable que el Eibar se siente invulnerable. Cree en sí mismo aunque el marcador ofrezca síntomas de rendición tras las dianas de Morales y Camarasa. Nunca enarbola la bandera blanca. En realidad la confianza está rendida a sus pies. Y transmiten esa sensación a su masa social. Es posible que el segundo gol se convierta en la expresión de esta tendencia. Javi Lara abrió sobre la corona del área para que Saúl Bejón impactara con violencia el cuero. De sus botas surgió un obús inteligente que neutralizó la ventaja adquirida por el Levante durante el primer acto. El Eibar presenta una concepción dionísica del fútbol. Sus argumentos son sugerentes. Por el contrario, el balompié está golpeando la psique de la escuadra granota. Los goles encajados pueden ser mensajeros de esta inercia. Un centro de Javi Lara tropezó en la espalda de Pedro López.
El tanto llegó en el primer minuto de la segunda parte y destrozó parte del exquisito entramado que el grupo de Mendilibar orquestó en los 45 minutos iniciales. Ese gol elevó la autoestima de la escuadra local y generó un sinfín de dudas en el cuadro levantinista. Hasta ese instante, la jerarquía del Levante parecía aplastar a su rival. El Levante se comportaba como un bloque pétreo en un campo históricamente hostil. Y desmontó una anatema que le persigue; supo manejarse con elegancia con el balón. Hay más noticias en tal sentido; los puntos de mayor complejidad de la cita coincidieron con la perdida de este útil. Morales regresó a Ipurua para estrenar su condición de anotador en la máxima categoría. No celebró el gol por respeto a su antigua afición.
El extremo se convirtió en una pesadilla constante. La acción que cerró Camarasa tuvo su sello particular. El Levante movía el cuero con constancia y sentido. El Eibar se mantuvo asido al partido desde las acciones de estrategia y a la fantasía de Saúl tras ver a Mariño adelantado y buscar una vaselina mortal. Las acciones a balón parado son un valor al alza en este tipo de campos. El paisaje del enfrentamiento mudó en la reanudación, pero el Levante tras contemplar con impotencia la llegada de los goles locales y la fuga de su ventaja que ponía en entredicho el desarrollo del encuentro, regresó al partido. Quizás haya que acentuar este comportamiento valiente y generoso. Su reacción fue valerosa. No es fácil de enarbolar cuando se acumulan los contratiempos. Casadesús parecía reencontrar el camino de un triunfo que es esfumo en el último episodio del lance.