Caicedo observa atentamente la fachada del próximo partido y sus ojos centellean. La perspectiva liguera marca un enfrentamiento ante el Racing de Santander. No se sabe muy bien el porqué, pero se trata de un rival que estimula su capacidad anotadora. La historia lo determina aunque su presencia en El Sardinero parece una incógnita. Caicedo sigue inmerso en una titánica batalla contra el tiempo y, muy posiblemente, contra las propias leyes de la naturaleza en pos de agilizar la recuperación de la lesión muscular que se produjo en los minutos finales del primer acto del duelo que el Levante disputó ante el Deportivo de La Coruña en Riazor. Fue en los sótanos del feudo gallego, minutos después de caer inerte sobre el césped, cuando el atacante ecuatoriano comenzó a fijar las bases de este restablecimiento. Afuera sus compañeros se agolpaban alrededor de Rubén celebrando la consecución de un triunfo notable que se hizo de rogar y que llegó en los estertores de la confrontación después de un zapatazo mágico del futbolista asturiano.
El calendario concedía una pequeña tregua por los compromisos de la Selección Española que para el delantero sudamericano no fue tal. No hubo concesiones en una agenda que se comprimió en exceso. Las primeras jornadas contemplaron una seria de visitas matinales al Hospital General de Castellón para encapsularse en la Cámara Hiperbárica que se correspondían, en sesión vespertina, con un trabajo específico de base fisioterápica. Felipao no arribó a la cita ante frente al Málaga del pasado domingo en el feudo del Ciudad de Valencia, un adversario con unas connotaciones específicas porque entroncan con su pasado más inmediato como jugador. Y labora con fruición para acudir a la confrontación en El Sardinero aunque su aparición sigue estando acotada entre signos de interrogación. Caicedo hostiga al Racing de Santander.
Y en ocasiones le fustiga sin ningún tipo de remisión. Ni de miramiento. Y le derriba con bocados de furia. Sucedió en el coliseo del barrio de Orriols en el combate perteneciente a la primera vuelta de la competicióni. Felipao encarnó a las fuerzas del mal, o quizás del bien, según la perspectiva que centre el análisis, en dos minutos de desatada pasión. La sacudida de su colera tuvo como epicentro la meta de Toño. Orriols contuvo la respiración mientras que Caicedo serpenteaba con el balón ajustado a su pie buscando la salida más diáfana hacia la izquierda y, con posterioridad, atrapando el costado derecho para conseguir superar la salida del arquero. Los goles fueron miméticos, principalmente por la respuesta esgrimida por el ecuatoriano. Caicedo combinó fortaleza en el desarrollo previo de la acción y talento en la ejecución.
No era la primera celebración. Ni la primera muesca contra el Racing. Ya había sido el centro de sus iras. Quizás los colores del equipo cántabro, en sus múltiples versiones, potencien claramente sus sentidos. Su estreno como goleador en la Liga Española tuvo al Racing de Santander como invitado estelar. Felipe Caicedo defendía la elástica del Málaga. Su compromiso con el club de la capital del Sol era muy reciente en el tiempo. Aquella tarde del catorce de febrero de 2010 la escuadra malacitana pasó como un huracán por El Sardinero. Caicedo aumentó, en el minuto treinta y cuatro, la ventaja inicial obtenida por Welington. Expositó fijó un marcador enorme. (0-3). No obstante, todo empezó bastante antes de su estancia en España. Fue en diciembre de 2008 cuando el Manchester City y el Racing se encontraron en el feudo cántabro en duelo adscrito a la Europa League. Jonathan, Serrano y Valera ajusticiaron a Schmeichel. Caicedo logró el gol honorífico de la escuadra británica.