El sueño por la permanencia en la máxima categoría del balompié puede producir monstruos y figuras sinuosas y deformes con capacidad para engullirte, si se toma como base el pensamiento de Francisco de Goya, pero el sueño por la permanencia en la elite también puede generar imágenes antitéticas plenas de simbolismo y deliciosas por su significado. Aconteció sobre el Coliseum Alfonso Pérez de Getafe cuando los jugadores granotas se acercaron al fondo ocupado por sus fieles seguidores desplazados desde Valencia para compartir y brindarles un triunfo que cuenta con una magnitud devastadora. Había llovido y la tensión era patente. Las emociones habían multiplicado el latir de sus respectivos corazones, pero conformaban una unidad. La imagen en su máxima expresión, y la entente desarrollada, por armoniosa y leal, fue tan conmovedora como el desarrollo del choque, desde su totalidad, que midió a las huestes azulgranas ante la entidad del Sur de Madrid. A falta de estética y de plasticidad en el interior del verde hubo intensidad y coraje; esfuerzo y entrega para conjugar con el verbo vencer. Asido a esos argumentos, y también a la clarividencia anotadora de Casadesús, el Levante pugnó por un triunfo laborioso y repleto de angustia que contará con un refuerzo anímico y terapéutico sobre el colectivo en aras a afrontar el desafío final por perpetuar su estancia entre los inquilinos de la Liga BBVA.
Nunca, nunca, nunca te rindas, advertía Winston Churchill. El Levante se ha aferrado con fuerza y convicción a esa máxima en un ejercicio liguero turbulento y repleto de sombras. El club de Orriols ha atravesado por simas profundas durante el curso. Ha sentido la guadaña de la muerte, pero ha logrado escabullirse y mantenerse a flote. Su capacidad de supervivencia parece extrema. Lo demostró la pasada semana en el Ciutat y firmó una nueva alianza con esa percepción en el estadio del Getafe. Y Casadesús ejercicio de Cicerone. Ante el Espanyol enganchó una volea letal cuando nadie parecía apostar por el Levante y voló con abolengo sobre el cielo madrileño para cazar un centro de José Mari que significó el gol del triunfo. Fue una de esas acciones que identifican al atacante y que se repiten en su currículum personal con reiteración. Quizás el aspecto más determinante sea esa capacidad que posee para hacerse indetectable a las marcas de los defensores justo para materializarse en el instante más determinante.
Quizás sea un fenómeno físico difícil de explicar, pero Casadesús pasa del estado gaseoso al sólido en un santiamén. De lo incorpóreo a lo visible. Es como una nebulosa que toma forma para entrar en contacto con el cuero y ajusticiar a su adversario. Lo que es innegable es que hay intuición en sus movimientos personales y colectivos. Es otro de los hechos que lo caracterizan. Casadesús se pertrechó en el interior del área del Getafe, como acostumbra a hacer, se confundió entre la inmensidad de los defensores y atacantes y apareció desde la nada para cabecear a las mallas locales. En ese punto del relato nadie fue capaz de desactivar al futbolista mallorquín. No era fácil la ejecución final. El cuero dibujó una parábola imposible a la reacción de Guaita. Casadesús firmó su octavo gol del ejercicio liguero. Y vuelve a significar oro en el expediente del equipo de Orriols. Es incuestionable que el gol no fue secundario. El Levante sentía en lo más profundo de su alma las punzadas del Getafe, principalmente desde las botas más afiladas de Sarabia. Lo más distinguido del fútbol ofensivo del bloque azuló pasó por la mente del mediapunta del Getafe.
En ese punto del partido, Mariño había emergido para contrarrestar a Castro. Sarabia encontró una fisura en la tupida defensa foránea para provocar un cataclismo que el arquero solventó. No obstante, el partido amaneció con Barral capitalizando la atención en el extremo contrario del campo. Al atacante le faltó temple para resolver con éxito un flagrante error de los zagueros locales. Con anterioridad, reclamó una pena máxima cuando se disponía a golpear el balón y coqueteó con el gol con un cabezazo que atajó Guaita. El Levante refrescó su memoria particular para volverse hermético y enigmático para su oponente. Fue una de las novedades de la cita. Y uno de los hechos a acentuar. Lucas Alcaraz partió con una defensa abrigada con el concurso conjunto de Vyntra, Juanfran y Ramis, con Toño e Iván como carrileros. Hay una vieja consigna en la disciplina del fútbol que realza las posibilidades de vencer si adquieres seguridad y contundencia en la retaguardia. El Levante conoce esta fórmula porque la aplicó desde su retorno al Primera División en 2010. Era uno de los retos marcados en un partido que no es definitivo, pero acerca al grupo y a la entidad al objetivo de la permanencia.