Es evidente que no hay estética en el juego del Levante, pero sí que aparecen otros indicativos que le permiten seguir vivo en la despiadada lucha por la permanencia en el marco de la Liga BBVA. Y el camino que se augura está repleto de contradicciones. No gobierna los partidos desde la estética más ortodoxa, pero en las botas de los futbolistas azulgranas hay lirismo, hay coraje y hay orgullo y compromiso y una capacidad extrema y sobrehumana para aferrarse a las confrontaciones de la competición liguera y para ir sorteando todo tipo de contrariedades e inconvenientes. Este equipo no es vulnerable en el sentido más básico del término. Aunque parezca agotado sobre el verde y aunque parezca a merced de su rival siempre brota una luz que le permite resurgir. Quizás el gol de Víctor Casadesús esté revestido con todo ese tipo de emociones que mantienen a flote a la escuadra granota en un curso complejo. Y sirva como paradigma de esta tendencia el desarrollo de la cita que enfrentó a las huestes que prepara Lucas Alcaraz ante el Espanyol. Quizás la diana del atacante balear haya que analizarla en perspectiva o desde una óptima que se distancie de los hechos acaecidos sobre la superficie del rectángulo. En el contexto que rodea al Levante del tiempo más presente un punto puede significar un cambio en las expectativas manejadas para aprisionar una esperanza que parecía marchitar cuando el cronómetro profundizaba por el minuto ochenta y el marcador del Ciutat denunciaba el triunfo de la escuadra catalana. El gol estimuló a un equipo que parecía sentirse abatido. Y el choque concluyó con un disparo a bocajarro de Uche que rebotó en las manos recias y poderosas de Casilla.
Así de impredecible se comporta la disciplina del balompié. El Levante bordeó el infierno en distintas fases del enfrentamiento y rozó la gloria en el postrer instante. Nada nuevo sobre el tapete del coliseo levantinista. El Ciutat se ha acostumbrado a este tipo de guiones tan maquiavélicos durante el desarrollo del ejercicio en recorrido. El Levante se ha habituado a convivir con la tragedia como aliada inseparable aunque no se deja engullir. Tiene capacidad de resistencia. Es una de sus señas. La grada de Orriols reclamó unas manos en el interior del área de Casilla tras un lanzamiento de Vyntra, pero fue Lucas Vázquez quien se encargó de fustigar el alma granota tras recoger un rechace en el espacio contrario de la geografía del campo que alojó en las mallas locales. El encuentro nacía a contracorriente; una vez más. No obstante, respondió Simao Mate con contundencia en un saque de esquina que cabeceó para igualar el marcador.
Sorprendió el mediocentro apareciendo por el primer palo y cambiando la orientación del cuero. La escudería de Alcaraz explotaba la estrategia para regresar a las trincheras. Aterrizó el Espanyol en Orriols con la confianza que generan las victorias después de los triunfos ante el Villarreal y Athletic. Esa frescura mental estaba impresa en su partitura. El aspecto mental es determinante. El bloque se Sergio González movía con soltura el balón y pisaba con determinación los dominios de Mariño. Quizás la vanguardia sea el punto cenital de su juego y el eje focal de sus prestaciones. Caicedo y Sergio son explosivos en los metros finales y tienen dinamita en sus botas. Se trata de dos perfiles que amalgaman por sus características. Caicedo fija la atención de los centrales colonizando el área rival. El atacante sudamericano ha adquirido mayor madurez. Sergio suele dar dos pasos atrás para entrar en contacto con el esférico y sorprender.
Es selecto y fino con el cuero y puede imaginar acciones difíciles de sospechar. Todo eso se materializó en el último minuto del acto inicial. Sergio alumbró la jugada del segundo gol que coronó Caicedo. El ariete no celebró el gol como señal de respeto por su pasado azulgrana. La grada agradeció el gesto. Es indudable que le costó al Levante metabolizar ese gol. Bordeó todos los estados anímicos durante la reanudación del duelo. Sintió que podía arder en el infierno en distintos momentos, pero decidió agarrarse al partido de lo que se deduce que el Espanyol pudo cerrar el encuentro, pero no varió el relato del partido de manera definitiva. Mariño emergió para mantener a raya a los atacantes foráneos. El Levante decidió buscar un indicativo que le devolviera la fe. Barral se sacó un latigazo desde el borde del área que escupió el larguero. Cuando notaba que el fuego eterno le podía consumir se sintió reconfortado tras la diana de Casadesús.