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Primer equipo
Diecisiete años y un día del debut de Sergio Ballesteros en Primera División
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Diecisiete años y un día podría convertirse en la sentencia emitida por un juez. Diecisiete años y un día podría ser una dura condena para un acusado. Diecisiete años y un día perfectamente podría ser el título escogido para esconder una novela de intriga o de trama policiaca. Sin embargo, desde una perspectiva futbolística, y acotando el área de acción marcada en la figura de Sergio Ballesteros, diecisiete años y un día, rememora la fecha en la que el actual capitán de la escuadra del Levante debutó en el santo sanctorum de la Primera División con la elástica del Tenerife. El eje de la cronología regresa la ondulante línea del tiempo a la franja intermedia de la década de los años noventa. Los primeros días de 1996 sancionaron el estreno del defensor en la elite como futbolista de la escuadra tinerfeña. La acción transcurrió en el Estadio Heliodoro Rodríguez López en la Isla del Tesoro en la tarde del miércoles 3 de enero. El choque midió al grupo que preparaba Jupp Heynckes ante el Racing de Santander de Vicente Miera.

En los últimos minutos el preparador alemán echó un vistazo al banquillo. En su mente estaba todo definido. El partido parecía resuelto tras los goles obtenidos por Juanele y Pizzi en cada una de las partes. Se trataba de acorazar la renta conseguida para dar la bienvenida al primer triunfo del año recién estrenado. Heynckes fue escrutando la composición del banquillo chicharrero mientras su cabeza estaba en plena efervescencia. Sus ojos se posaron en Sergio Ballesteros. Con una leve indicación le advirtió de que algo vertiginoso estaba a punto de suceder, desde un primsa personal. Sergio se encaminó con celeridad a la banda. Calentó con una intensidad descomunal, quizás como jamás lo había hecho, mientras descontaba los segundos que restaban para posarse sobre el inmaculado césped del coliseo tinerfeño. Fue un espacio corto que se eternizó demostrando las paradojas que encierra la vida.

En cierto modo, el zaguero cerraba un círculo que comenzó a tejer, con anterioridad, en las filas del Burjassot y del Levante. En el minuto ochenta de la confrontación ante el grupo montañés traspasó el umbral que separaba el verde del punto máximo en el que se desarrollan los acontecimientos en la disciplina del balón. Ballesteros perdió de inmediato la condición de furtivo en el ecosistema de la Primera División después de unirse a este mundo con la competición ya avanzada desde las filas del Levante y desde las catacumbas de la Segunda División B. El ritual del cambio le unió a Vivar Dorado, un futbolista de clase deliciosa, que moraba por el medio del campo, que se convirtió en una especie de cicerone. Sus rostros se entrecruzaron y sus manos se entrelazaron. Es la fórmula escogida para desear suerte al recién ingresado.

Ballesteros, con apenas 20 años y un universo por investigar, se incrustó en los dominios de la medular, un punto de la geografía que conocía de su etapa anterior en el Levante. Había que mantener un triunfo casero que se resistía durante algunas jornadas. Los minutos finales sancionaron la rendición del Racing Club. En realidad, el equipo cántabro se sometió a su adversario desde el arranque de la cita cuando Pavel Hapal comenzó a dirigir al grupo local con un fútbol coral y exquisito. El 3 de enero de 1996 cuando Iborra, compañeros en labores de capitanía en la actualidad en el club azulgrana, no había hecho todavía la comunión, y Rubén y Roger ni tan siquiera habían comenzado los estudios de primaria, Ballesteros comenzaba a desentrañar cada uno de los entresijos de la Primera División. Lo hizo ubicado en la línea de medios y en el lateral como alter ego de Llorente hasta alcanzar un hueco en el eje de la zaga. Diecisiete años y un día después su estela persiste. Y amenaza con mantener la llama. Ante el Athletic Club puede cumplir los 25 partidos que prorrogarían su relación contractual con el Levante. Juan  Ignacio lo tiene muy claro. “Renueva seguro”, advirtió en rueda prensa.