Skip to main content
Primer equipo
Dos penaltis marcan el destino del Levante en Pucela
Aún no hay reacciones. ¡Sé el primero!

Dos penaltis marcaron el destino del Levante en el Estadio José Zorrilla. Fue un destino cruel en su concreción y prácticamente enlazado en el tiempo. Dos golpes trágicos sin antídoto que dejaron al Levante en inferioridad durante alrededor de cincuenta y cinco minutos y le alejaron de una confrontación en la que no se sentía extraño, a pesar de que es posible que le faltara algo de lucidez para emerger desde los confines de las tinieblas hacia la luz que emanaba del arco defendido por Jaime. Las acciones más determinantes de la confrontación se concatenaron en el tiempo. En ese sentido, habría que determinan su extrema capacidad para desbloquear un partido, en los estertores del primer acto y en la epifanía de la reanudación,  que quizás ofrecía una lectura paradójica a la vista de los sucesos acaecidos en el Estadio José Zorrilla porque el balón y la interpretación del fútbol surgía de las botas imantadas de los futbolistas del Valladolid.

Y sin embargo, en la inmensidad del terreno de juego, el Levante no se sentía como un actor secundario. Y ofreció respuestas que estuvieron cerca de cambiar el signo de la confrontación. El duelo desde su claridad siguió el discurso que parecía adivinarse a partir de las credenciales expuestas por cada uno de los adversarios. El Real Valladolid sigue fiel a los postulados que le llevaron de regreso a la Primera División hace apenas unos meses. Desde ese prisma, su planteamiento no ha cambiando ni un ápice a pesar del viraje sustancial que supone abandonar la categoría de Plata en el retorno a la elite. La fórmula impuesta por Djukic se mantiene intacta. El estilo parece innegociable. No se especula con la forma de jugar. El Valladolid es un equipo que cumple con la ortodoxia del fútbol. Ni un balonazo, ni un puntapié de más al cuero. Al contrario; suavidad y mimos superlativos. El balón no es un dardo. Es un objeto de culto y de deseo.

Con Álvaro Rubio como epicentro había una querencia supina por buscar el costado derecho del ataque local con las apariciones de Elbert y Rukavina. El caudal ofensivo que propone el lateral es del todo incuestionable. Es una flecha que se dispara hacia su objetivo con una precisión inmaculada. Esta vocación obligó a Juanlu a jugar pegado a Pedro López en muchas fases del enfrentamiento. Una colada suya por el flanco diestro permutó de raíz la confrontación. La pena máxima acabó además con Navarro en dirección hacia el vestuario después de ver la segunda cartulina amarilla. El cara a cara entre Víctor Pérez y Munúa se decantó del bando del jugador castellano. Hasta ese momento el Levante cumplió con las consignas establecidas. Se pertrechó de una forma granítica la sobre la portería defendida por el arquero uruguayo.

El partido ofrecía percepciones contrapuestas. La sensación de dominio era del Valladolid, pero esa intensidad no se traducía en la resolución de acciones claras. Quizás el Levante se resguardó muy atrás imposibilitando salidas veloces hacia el arco contrario. Con todo fue capaz de pescar entre la indecisión local para plantarse ante los dominios de Jaime. El protagonista fue Ángel. En dos minutos silenció el feudo pucelano. Desvió un disparo de Juanlu sobre el punto de penalti y cabeceó un centro de Barkero. En ambos casos, el cuero se marchó por escasos centímetros de mostrando que la distancia entre el éxito y el fracaso es, en ocasiones, angosta. Tan estrechos son los márgenes, que unos minutos más tarde el Levante maldecía su suerte tras el gol de Víctor Pérez con Navarro ya fuera del partido. Y sus efectos fueron devastadores.

La escuadra azulgrana no tuvo opción a la recuperación. El paso por los vestuarios provocó variaciones en el grupo. Héctor Rodas acompañó a Ballesteros en el eje de la zaga. Michel y Bakero tenían la compleja misión de zafarse de sus pares. La intentona por regresar parecía incuestionable, pero la banca saltó por los aires sin tiempo para la reacción. Víctor Pérez desde los nueve metros machacó el espíritu azulgrana. Quedaba la épica de un bloque que no conoce la palabra rendición. La imagen de esa mirada transgresora llegó con un cabezazo de Iborra que escupió el travesaño.