El partido de Mestalla se convirtió en una metáfora del ejercicio de Liga que el Levante ha tenido que soportar durante nueves meses extenuantes y agotadores finiquitados con la permanencia en Primera División merced al punto extraído ante el Valencia en un encuentro intenso en el que prevaleció el ardor sobre el juego y la pasión y el arrebato sobre la ciencia del fútbol. Hubo más intensidad y emoción que lirismo. Y más músculo que precisión. Recurrir al sentido metafórico de la confrontación no es una simple imagen. La escuadra que prepara Luis García, la que menos medios presentaba, volvió a ofrecer un ejercicio de pragmatismo para adecuarse a los acontecimientos y de coraje y de corazón para sobreponerse a los condicionantes que envolvieron a una confrontación que prácticamente se gestó desde la maldición tras la expulsión de Xisco Nadal todavía en la claridad del duelo.
La escenografía del enfrentamiento fue aterrado por momentos. El duelo nació desde la lucha y la contradicción entre los rivales. No hubo caricias y sí fricciones y discrepancias entre los actores. Fue un duelo tosco y áspero. Apenas cinco minutos fueron suficiente para desnudar los caracteres del partido. En ese instante, Teixeira Vitienes ya había mostrado varias cartulinas amarillas y los jugadores se ambos equipos se habían enzarzado en varias refriegas. Las cartas estaban alzadas desde el primer suspiro. Era un encuentro de sangre caliente entre dos equipos que trataban de acortar las distancias con el triunfo a pesar de que el punto final legitimaba sus objetivos prioritarios; la permanencia en la elite una temporada más, de manera matemática, del Levante conjuga con la adquisición de la tercera plaza del Valencia en propiedad y el acceso directo a la Liga de Campeones.
Sin embargo, hasta llegar a la consumación de los desafíos de cada contendiente el césped del viejo Mestalla se convirtió en el escenario de una batalla cruel pertinaz marcada por la expulsión de Xisco Nadal cuando el cronómetro se posicionaba sobre el minuto veinte. Demasiado tiempo por delante para mantener las constantes vitales en plena efervescencia, pero a este Levante, como ha demostrado durante la profundidad del curso en diversas ocasiones, le van los retos superlativos. No se achanta. Tampoco cae en intimidación. Ni claudica con una facilidad meridiana. El partido parecía conducir hacia la épica y hacia la heroicidad más absoluta para resistir en pie los embates que se preveían por parte del Valencia.
Si algo acentúa esta tendencia, proclive a la superación de problemas, es la madurez de un grupo con una capacidad extrema adaptarse al devenir de las circunstancias. Así que el colectivo se aprestó a desarrollar un acto supremo de supervivencia sobre el verde de coliseo valencianista. El hecho habla bien del bloque azulgrana. La fe adquirió una pátina de convicción y la asociación gremial y el derroche físico de los jugadores un arquetipo de la filosofía que prevalece en un grupo unido capaz de subyugar sus pasiones y sus emociones. Su entrega fue mayúscula. El Levante conoce los códigos que marcan el fútbol y trata de adecuarse a ellos para extraer réditos beneficiosos. Es un equipo espartano.
Es evidente que la perdida obligada de Xisco Nadal supuso un proceso de reconversión y un viraje hacia un posicionamiento más defensivo que fue ganando en consistencia conforme se sucedían los minutos y el partido iba avanzando hacia su ocaso. Caicedo parecía un eremita en el vértice del ataque. Luis García también abandonó el encuentro todavía en el primer acto expulsado por el colegiado. El Levante pertrechó una muralla en torno al espacio defendido por Munúa. Ballesteros y Nano alzaron un muro. Iborra, Pallardó y Xavi Torres levantaban una tapia unos metros por delante con la finalidad de obstruir la fluidez en la circulación del balón del Valencia. El Levante aplicó una concentración supina para cerrar los puntos de fuga que pudiera provocar la inferioridad. E hizo de la disciplina una virtud cardinal para aprisionar un punto que vale una permanencia repleta de simbolismo conseguida en Mestalla.
Valencia: César, Migue, Dealbert, Ricardo Costa (Tino Costa, m.68), Mathieu (Jordi Alba, m.56), Albelda, Banega, Joaquín, Jonas (Vicente, m.75), Mata y Soldado.
Levante: Munúa, Javi Venta, Ballesteros, Nano, Juanfran, Pallardó (Gorka Larrea, m.85), Xavi Torres, Iborra, Xisco Nadal, Valdo (Cerra, m.90) y Caicedo (Stuani, m.77).
Árbitro: Fernando Teixeira Vitienes colegio cántabro). Amonestó por el Valencia a Mathieu y Banega y por el Levante a Caicedo e Iborra. Expulsó con roja directa al levantinista Xisco Nadal (m.22) y al entrenador Luis García Plaza (m.44)