El Barcelona estrenó la competición liguera siguiendo las pautas mostradas a la finalización del curso anterior; es decir conjugando con el verbo vencer, mostrando una voracidad anotadora incuestionable y destrozando anímica, mental y deportivamente a su adversario, en este caso al Levante. Envuelto entre tinieblas por mor de la planificación estival, que le llevó hasta el corazón de Asia, no tardó en exceso en convertir la incertidumbre en certezas. Malas noticias para la escuadra levantinista. Bastaron dos golpetazos en los albores de la cita para finiquitar la confrontación y advertir de las intenciones del grupo del Tata Martino. Situado el cronómetro en el minuto cuarenta y seis; sobre el arranque de la segunda fase de la confrontación, a los jugadores del Levante únicamente les quedaba apelar a su dignidad y coraje como profesionales para afrontar un partido que se había convertido en un verdadero martirio. Las coordenadas estaban establecidas como secuela de la media docena de dianas alojadas en el interior de las redes de Keylor Navas.
El Barcelona recuperó la imagen coral y grupal de temporadas anteriores. Fue un colectivo sublime con el cuero pegado a sus pies; un equipo en el sentido más literal del término y así se expresó sobre el verde del Camp Nou. Con convicción y sin apenas dudas. Triunfó el colectivo sobre la individualidad. En ese sentido, fue una escuadra generosa en el esfuerzo y en la representación del balompié. Y añadió a su hoja de ruta velocidad y una intensidad y una ambición desmesurada que obligó al bloque de Joaquín Caparrós a guarecerse sobre sí mismo incapaz de despojarse de un dominio abrumador como paso previo y obligado para encontrar vías de acceso sobre las que abalanzarse sobre los dominios de Víctor Valdés. El Levante se empequeñeció. Su figura se fue recortando sobre la inmensidad del feudo catalán.
El inicio del enfrentamiento fue ciertamente demoledor. Alexis concluyó una acción conjunta en las cercanías de Keylor Navas. Fue un pésimo presagio que vino a certificar el guion que se materializaría instantes después cuando el cielo comenzó a desplomarse. Leo Messi fue el encargado de ampliar las distancias. El atacante argentino ejemplificó como nadie las excelencias del equipo de Martino. Junto a Fábregas, prácticamente participó en la fábrica de la mayoría de los goles locales. Paradigmática fue la construcción y ejecución del tercer gol. Messi presionó la salida del esférico por parte de los centrales granotas y autorizó a Dani Alves para celebrar el gol. El atacante argentino desnortó a los centrales a base de una presión asfixiante, apareció por todos los espacios de la vanguardia, actuó de asistente, y trufó su participación con la suma de dos goles.
Sus botas lideraron una victoria sencilla en su ejecución final. El Levante y el Barcelona parecían rivales distanciados por un auténtico océano. Las excelencias de uno parecían las contradicciones del otro. El Barça se proyectaba con velocidad por los cuatro puntos cardinales del verde mientras que el Levante se deshacía. La presión adelantada de los jugadores de Martino propició infinidad de robos de balón. Las recuperaciones se repetían constantemente muy cerca de la meta de Keylor propiciando veloces y ajustadas salidas. Los jugadores azulgranas se multiplicaban por las cercanías del área granota a la velocidad de la luz. Y los goles fueron cayendo durante el primer acto. Hasta seis lo que convirtió en un trámite el capítulo definitivo.