Ciento dos años de historia, desde la epifanía del Levante en la claridad de septiembre de 1909, cuando José Ballester, enérgico y apasionado, decidió inscribir a la entidad en el registro de sociedades con el desafío de participar en el primer torneo futbolístico de la ciudad de Valencia, cincelando el sueño que materializa el actual Levante U.D. Después de infinidad de quiebros a un destino en ocasiones encriptado que parecía engullir al club surgido en 1939, cuando el silbido de las balas todavía era perceptible, de la fusión del Real Gimnástico y del Levante F.C. Después de superar escorzos inverosímiles que ennegrecían y enturbiaban un futuro que parecía desvanecerse, la institución, que preside Francisco Catalán, se proyecta hacia la Vieja Europa a través del formato de la Liga Europea.
La escuadra que prepara Juan Ignacio Martínez ha conseguido tan superlativa gesta tras cumplimentar la temporada más brillante y laureada de las huestes azulgranas después de neutralizar al Athletic Club en el coliseo del barrio de Orriols cuando hace apenas tres años parecía una auténtica quimera mirar fijamente hacia el frente y contemplar un horizonte tan diáfano y luminoso como el que se presenta en la actualidad. El Levante ha quedado varado en la sexta posición en la clasificación general en Primera División. Se trata de presentar y ratificar su registro más distinguido en el ecosistema de la principal categoría del fútbol español después de siete temporadas en el Olimpo de los Dioses. El Levante conquista una fantasía que comenzó a gestarse en un arranque de la competición liguera sideral.
Aquel Levante de maitines del campeonato de la regularidad fue capaz de instalar la dictadura de la victoria en cada uno de sus encuentros desvencijando al Real Madrid, Rayo Vallecano, Espanyol, Real Betis, Málaga, Villarreal y Real Sociedad de manera consecutiva. Fue en Vallecas donde el Levante reclamó un espacio sacralizado entre los arrendatarios que apostaban por saltar Los Pirineos para aterrizar en Europa. Unas semanas más tarde, tras narcotizar al Villarreal en el feudo de El Madrigal, se elevó majestuosamente a los altares de la tabla en un hecho sin precedentes en los anales de la institución. Aquel equipo levitaba sobre el césped. Era un bloque armónico y con un amplio sentido gremial y de asociación. Había embrujo y hechizo en cada acción protagonizada por un equipo hambriento y con ganas de redimirse. Parecía el triunfo de la fe en un cosmos marcado por el influjo de las inversiones. Tanto tienes; tanto vales y a tanto aspiras, pero ese axioma no se cumple cuando se estudia el caso que determina el Levante.
El Levante se ha convertido en el apostata de la razón porque el raciocinio establecía unas coordenadas diametralmente divergentes a los sucesos que acontecen en el interior del verde por un grupo de jugadores que hacen del trabajo stajanovista y de la convicción su principal fuente de inspiración. El Levante se comporta como el garante de la ilusión en un mundo caracterizado por el materialismo. Son los irreductibles. Y la metáfora de la esperanza. Durante dos jornadas contempló al resto de los invitados desde una posición divina. Desde esa fecha, el grupo únicamente se descabalgó de Europa tras derrapar ante el Rayo en Orriols y como secuela de la derrota saldada la pasada semana en Mallorca en el Iberostar Estadi. Habría que acentuar que la regularidad es un aspecto consustancial al Levante del ejercicio 2011-2012. Desde esa perspectiva hay justicia divina. Ghezzal y Farinós confirmaron que no hay metas imposibles cuando la creencia y el convencimiento se convierte en un dogma.