Centelleó Iniesta, con el cuero pegado a sus pies y la mirada limpia al frente en busca de ese espacio que parecía imposible desentrañar, y relampagueó con persuasión y sin conceder ninguna tregua Messi ante la mirada desesperada de Munúa. La acción se repitió en sendas ocasiones en los primeros minutos de la segunda parte. Y sus efectos para el Levante fueron nocivos y devastadores. En el amanecer del capítulo final la escuadra que prepara Juan Ignacio Martínez se exilió del partido. No fue un destierro voluntario ante la cruenta dictadura impuesta por Iniesta. De repente, el drama pareció cernirse sobre los futbolistas granotas. Su mente se atormentó. Tres goles entre el minuto cuarenta y cinco y cincuenta y seis, con el Barcelona a los mandos del encuentro, y con Iniesta como invitado estelar, mostrando lo más refinado de su inmenso y excitante repertorio es como vislumbrar el apocalipsis o iniciar un viaje hacia el temido averno. Todo el edificio que, de forma solidaria, había sustentado el Levante con anterioridad se desvaneció. En un abrir y cerrar de ojos. Ni la pena máxima, tras unas manos de Puyol en el interior del área culé, sirvió para maquillar un resultado que el Barcelona negoció con una velocidad vertiginosa. Barkero se estrelló ante Víctor Valdés. Fue quizás la metáfora final del desarrollo y de la evolución de unos cuarenta y cinco minutos definitivos marcados por la terrible explosividad del Barcelona.
El Levante no se arrugó en el arranque de la confrontación. Los pupilos de Juan Ignacio se aplicaron siguiendo las coordenadas y la metodología que defiende cuando se instalan sobre el verde para iniciar una nueva batalla. Y la que se presentaba en Orriols era de envergadura. El colectivo se reagrupó en torno al perímetro defendido por Munúa en su intento por alzar una sólida muralla que le permitiera propulsarse con la fuerza de una azagaya sobre el área contraria. Nada nuevo bajo el sol desde esa perspectiva aunque reseñable ante el Barça. El Levante hacía del orden y de la solidaridad extrema una especie de patente y una forma de mantenerse indemne ante el azote que significa mediarse a una constelación de futbolistas procedentes del espacio exterior. Y el F.C. Barcelona no encontró durante esa fase del enfrentamiento los distintos caminos que conducían hasta las inmediaciones de Munúa. Siempre surgía una pierna azulgrana, una ayuda generosa y un intercambio de posiciones en ese intento por blindar la superficie del área granota.
El Barcelona cargaba su juego por la banda izquierda de su ataque. No era un equipo simétrico a la hora de armar su juego. Iborra y Diop se multiplicaban en la medular y no perdían de vista los movimientos de los zagueros locales aplicando el factor corrector ante cualquier inesperado contingente. No obstante, la aspiración del bloque no fue únicamente defender su espacio vital. El equipo azulgrana no dudó en aventurarse por las cercanías de Valdés. Lo hizo fiel a ese estilo que acentúa la velocidad y las salidas efervescentes desde el fondo de la caverna. Durante ese ciclo del partido hubo debate sobre el pasto verde. Martins retó a Puyo en veloz carrera aunque el balón se le quedó atrás en el momento definitivo. Y Barkero recorrió la corona del área para sacar una excelente rosca que probó las cualidades del arquero culé. Más irreverente fue Juanlu en un enfrentamiento personal ante Piqué. El interior pausó el tempo delante del zaguero internacional, escondió el balón y le clavó un caño espectacular festejado por la grada de Orriols. El centro de Juanlu lo remate acrobáticamente Martins por encima de la meta foránea.
El Levante mostraba una excelente capacidad de supervivencia aunque con el Barcelona como adversario hay verdades que, en realidad, esconden una entelequia. Iniesta apareció majestuoso para asociarse con Messi. El atacante argentino resolvió de manera funcionarial picando el cuero sobre la salida de Munúa. Los protagonistas reditaron esta sociedad para noquear a su rival. Iniesta conquistó la línea de fondo y Messi empaló. Habían transcurrido cinco minutos desde el arranque del segundo tramo de la cita y el partido parecía resuelto. Tocado por una varita mágica, Iniesta sentenció con un obús que se coló por la escuadra. Y todavía tuvo tiempo para encontrar a Cesc en el prólogo del cuarto gol. Pese a la derrota, la grada de Orriols pareció entender el esfuerzo titánico de sus gladiadores y les tributo un merecido reconocimiento a la conclusión de un duelo espinoso.
Levante: Munúa; Lell, Ballesteros, David Navarro, Juanfrán; Iborra, Diop, El Zhar (Pedro Ríos, m. 60), Barkero; Juanlu (Michel, m. 72); y Martins (Ángel, m.67).
Barcelona: Valdés; Alves (Montoya, m. 14), Piqué, Puyol, Jordi Alba (Adriano, m. 74); Xavi (Thiago, m. 77), Busquets, Cesc; Pedro, Messi e Iniesta.
Goles: 0-1. M. 46. Messi. 0-2. M. 51. Messi. 0-3. M. 56. Iniesta. 0-4. M. 62. Cesc.
Árbitro: Pérez Montero. Amonestó a Cesc y Puyol.