No se extravía el Levante de Joaquín Caparrós de la exigencia que marca el camino liguero emprendido. La hoja de ruta que exhibe, hasta la fecha, parece incuestionable. Dos victorias, cuatro empates y una solitaria derrota ante el poderoso Barcelona le permiten ubicarse en la zona intermedia de la clasificación superada la séptima jornada del calendario. Los diez puntos, desde una perspectiva estrictamente matemática, suponen un cuarto en la proyección que establece la permanencia en la categoría, por norma fijada en el umbral de los cuarenta puntos. No parece un mal bagaje para un equipo que está en fase de construcción todavía. Es evidente que hay muchas piezas por ajustar, y que el preparador labora durante la totalidad de la semana con la precisión de un cirujano, pero el Levante tiene raza y muestra un plus de coraje y de determinación mientras va ensamblando sus formas sobre el verde. El molde va cuajando. Para conquistar El Sadar, un estadio rodeado de una aureola de inexpugnable en los tiempos más recientes, tuvo que competir y sufrir sin caer en la lamentación. Y lo hizo en grado superlativo en cada minuto de la cita y en cada escenario de la batalla planteada. Es la única manera de mantener el tipo en una superficie repleto de mística y de heráldica.
En el coliseo navarro se asientan los equipos con una premisa muy clara, hay que luchar con una intensidad y con el ardor que caracterizó en la Edad Media a los guerreros que guerreaban por el símbolo de la cruz en las Cruzadas. Únicamente con ese planteamiento que raya el fundamentalismo se puede optar al triunfo. Con todo el partido parecía abocado a la igualada y parecía complicado explicar esa paridad sin alteración en el marcador a la vista de la avalancha de ocasiones de gol contabilizadas por las dos escuadras que contendían a la hora del Ángelus. Parecía que todo estaba escrito cuando el cronómetro se dirigía hacia el minuto noventa, pero restaba el epílogo. Y a veces el final condensa lo más llamativo y determinante de una obra. En ese sentido, el foco de la acción se materializó en el interior del área de Andrés. Una tarascada sobre Rubén concluyó con Teixeira Vitienes apuntando en dirección hacia el punto fatídico que significa la pena máxima.
No obstante, el gol llegó con suspenso. En realidad, la consecución del gol fue en consonancia con la falta de acierto exhibido durante la confrontación. Pateó Pape Diop, rechazó el arquero navarro y ajustició con furia Xumetra. El cielo y el infierno parecieron fundirse en apenas unas décimas de segundo interminables para las dos sociedades. Quizás el Levante fundamentara el triunfo en su innegable capacidad de adaptación al enfrentamiento. Sufrió los rigores de la superioridad planteada por Osasuna en los instantes iniciales del encuentro. Y se agarró, durante esa fase, a los guantes consistentes y recios de Keylor Navas. El arquero emergió para alzar un pétreo muro ante su arco. Oriol probó los reflejos felinos y la agilidad del cancerbero costarricense. El Levante fue creciendo y adquiriendo mayor calado al paso de los minutos. Y no existe mejor indicativo que las razzias provocadas por Baba. El atacante aparece en todos los saraos ofensivos en los que participa su equipo.
En realidad, su lucha es inquebrantable. Baba se mueve con soltura por todos los espacios del ataque, fija a los centrales y provoca una lucha sin cuartel en acciones aéreas y terrestres. Únicamente le falta concretar el gol, pero cuenta con el apoyo de sus compañeros y no debe perder la fe en el gol. Con Baba liderando el ataque y con Pape Diop a los mandos de la medular, el duelo varió en el segundo capítulo. El paso por el vestuario propició un Levante más decidido y punzante. La aparición de Xumetra generó más verticalidad y profundidad. Y mayores argumentos en el apartado ofensivo. Su puesta en acción fue inmaculada y concluyó con una colada que finalizó con éxito Baba aunque la diana quedó invalidada por un fuera de juego que no existió. El Levante fue engullendo a su rival. El equipo granota suele masticar a su adversario hasta llevarlo a la confusión. El gol rondaba la meta de Andrés aunque se resistía hasta que surgió Xumetra para certificar la segunda victoria del curso. 