Es muy posible que no haya ningún tipo de armisticio en siete días en tierras helenas cuando el Levante cruce el Mediterráneo para aposentarse en Atenas y vuelve a cruzarse con Olympiacos. Es muy posible que el desafío sea de unas medidas extraordinarias. Ya se sabe cómo se las gastan los equipos griegos cuando ejercen como locales. Parecen que actúan bajo el influjo de la fuerza de Hércules o Ares. Será el segundo capítulo de una eliminatoria que nació con buenaventura bajo el cielo estrellado del Ciutat de València. Y el primer round entre el Levante y la escuadra de El Pireo acabó con una convincente victoria de las huestes que prepara desde el banquillo Juan Ignacio Martínez. Es muy posible que los jugadores que defienden el escudo de Olympiacos, un histórico del fútbol internacional, únicamente encontraran el sosiego espiritual interior cuando el árbitro decidió decretar la conclusión del partido. En el espacio contrario del campo, los futbolistas del Levante se aferraron a la casta y al orgullo que suelen mostrar en cada encuentro, y a las virtudes cardinales que ostentan, para exorcizar a un colectivo que se quedó en inferioridad cuando el primer capítulo de la cita todavía no había profundizado en su desarrollo. Fue un golpe del que pareció no reponerse el equipo que dirige Michel tras su reciente conversión en entrenador del combinado ateniense.
El Levante se siente reforzado cada vez que asalta los muros de la Liga Europea. La competición presenta un componente hedonista que no tiene la Liga doméstica, el punto en el que los jugadores granotas se juegan el sustento diario. El heho no es aleatorio y, en cierto modo, marca una manera de afrontar y encarar los encuentros. No hay condenas que inmovilicen a los futbolistas azulgranas. Ni grilletes que torturen sus piernas. El colectivo salta al césped convencido de sus posibilidades y traslada ese componente anímico a la grada. En ocasiones, la comunicación es fluida y perfecta. No tardó en exceso el conjunto blaugrana en analizar la situación. Olympiacos, por la disposición mostrada, partía sobre el verde con las alas desplegadas. Los dos laterales se pegaban a la cal y no dudaban en aventurarse en incursiones de contenido ofensivo con las consiguientes carencias en el retorno para atar a la retaguardia.
Fue el costado zurdo de la defensa el espacio más penalizado. Los jugadores locales olieron los desajustes y cargaron el juego por esa franja del rectángulo. Pedro López y Pedro Ríos percutían continuamente. Sus movimientos eran acompasados y altamente devastadores. Parecía un trabajo en cadena perfectamente realizado por ambos. Unos metros por detrás la visión periférica de Barkero ejercía de propulsor. Sus botas no se cansaron de anticipar el relato del gol. Un balón abierto sobre la entrada de Pedro Ríos marcó el inicio de la confrontación. El interior, tras sorprender al lateral, ejecutó una diagonal que le enfrentó a la meta foránea. La resolución sorprendió a los moradores del Ciutat. Cuando esperaban el disparo cruzado apareció la sangre fría y la determinación de Pedro Ríos para tocar levemente el cuero con el tacón y cerrar con un toque ajustado al palo largo. El partido se desperezaba y el Levante mandaba en el marcador. Y sin tiempo para metabolizar los acontecimientos, Martins se enfrentó al arquero desde los once metros.
Pedro López rompía al lateral izquierdo para conquistar el corazón del área. El contacto con el defensor supuso la marcha del jugador griego al vestuario. Martins erró la pena máxima, pero a esas alturas de la cita las cartas estaban alzadas. Barkero e Iborra ejercían de azagayas desde la línea de medios buscando las incursiones desde los flancos de Rubén o Juanfran y Pedro Ríos o Pedro López. Y Martins comenzaba a dar muestras de su potencia por más que tratara de ajustar tanto el cuero en el penalti que marchó fuera, pese a engañar al cancerbero. Olympiacos, en inferioridad en el luminoso, trató de recomponer la situación. Su respuesta fue tratar de negociar el partido desde la tenencia del balón. El Levante se replegó y apareció el formato que más suele inquietar a sus adversarios. Fue el momento de poner en práctica ese juego de engaños y misterios a las formas que propone
el bloque azulgrana. Nada es lo que parece parecer sobre el verde.
El Levante da la sensación de desfigurarse para armarse y recomponerse de manera súbita y veloz. Entonces acumula energía, ímpetu, empuje y decisión para proyectarse hacia los dominios de su contrario con fiereza. El balón era para Olympiacos y las ocasiones y la sensación de temor para el Levante. De nuevo, Pedro López corrió la banda derecha del ataque local para colarse en el área griega. Y de nuevo fue cazado por atrás. El árbitro señalizó el punto fatídico. Y Barkero tiró de repertorio para ampliar los márgernes del marcador. En ese instante, el área de Keylor Navas adquirió calado para el desarrollo de la confrontación a doble partido. Mantener impoluto los confines del cancerbero costarricense se convirtió en una obsesión para el bloque local. El partido demanbada un plus de madurez para manejar la situación. Con un efectivo más que su adversario, el Levante supo orientarse. Impermeabilizó el área de Keylor Navas y se fió a las botas mágicas de Barkero. El jugador vasco, que ya ganó a Olympiacos en un duelo de Champions con la Real Sociedad, filtró un pase sobre la carrera de Oba Martins que el atacante nigeriano cerró con un sutil y delicado toque que elevó el esférico sobre la salida de Megyeri. Queda el infierno griego, pero el Levante supo rentabilizar su condición de local en una tarde-noche mágica que perdurará en la memoria de los granotas.