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Primer equipo
El Levante mereció la vicoria en un partido marcado por el gol fantasma de Iborra
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Tocó Juanlu en cortó y empaló Iborra un proyectil que dobló las manos de Moya en su camino hacia el gol. La ruta se materializó. El cuero impactó con violencia en el larguero y botó en el interior de la portería del arquero del Getafe, si bien por mor de un efecto mortífero salió despedido hacia el terreno de juego. El colegiado interpretó que el esférico no había traspasado el umbral del gol. Cuestión de centímetros. El tiempo pareció congelarse en el Ciutat. La grada rugió el grito del gol. Los jugadores azulgranas alzaron los brazos en señal de júbilo, pero ni el asistente, apostado sobre la tribuna, ni el árbitro emprendieron el enérgico recorrido hacia el centro del campo que sanciona la suerte suprema del fútbol. No puede decirse que al Levante le faltara el gol en un partido trepidante en su epifanía y conclusión y trufado de ocasiones de muy diversa índole y condición durante el desarrollo de los noventa minutos. El cañonazo de Iborra justifica este planteamiento. El Getafe fue capaz de sobrevivir en un encuentro hóstil marcado por los palos y las sobresalientes y continuadas apariciones de Moyà. Su figura se agigantó por momentos consiguiendo la inmortalidad. El Levante dominó a su oponente de norte a sur y de este a oeste. La escuadra que prepara Juan Ignacio fue muy superior en casi todas las facetas del juego aunque le faltó definición para ajusticiar a su adversario y cuando lo hizo el gol no se materializó en el luminoso.

Nunca es fácil afrontar un partido que aparece situado entre media de dos batallas superlativas. El duelo ante el Getafe nacía con el recuerdo del choque ante Rubín Kazan y con la vista puesta sobre Moscú ante el mismo rival con el retorno de la eliminatoria de octavos de Final de la Liga Europea. Juan Ignacio realizó un ejercicio de confianza con las rotaciones efectuadas. El mensaje que lanzó era evidente. Sin Barkero ni Martins sobre el verde y con Juanfran y Ballesteros recluidos en el banquillo, parte de la columna vertebral del colectivo azulgrana, el preparador decidió que era el instante para reivindicar al resto del plantel. La confianza del preparador en su grupo parece iimitada. La respuesta de los futbolistas que saltaron al campo fue en consonancia con el perfil del planteamiento mostrado por el preparador. El Levante no perdió las credenciales que le identifican. Ni sus coordenadas. El equipo fue reconocible desde el principio hasta el final. Terso y contundente en tareas defensivas se proyectó con furia hacia los dominios de Moyà.

El arranque de la cita fue paradigmático. Rubén se asoció con Acquafresca y el italiano se enfrentó a Moyà sin más obstáculos que la portería getafense. El cancerbero aguantó estoicamente para despejar el esférico. Los protagonistas volvieron a encontrarse minutos más tarde. En esta ocasión, el atacante buscó el palo largo del meta cuando se incorporaba por el costado izquierdo del ataque Pedro Ríos sin más compañía que su propia sombra. Moyà alargó la mano para desbaratar la acción que acabó con un potente disparo desde la frontal del área de Pedro López que repelió con virulencia el poste. El clima del partido era propicio para los intereses azulgranas. Las apariencias llevaban al engaño. El dominio del cuero era para un Getafe excesivamente previsible y parsimonioso en tareas ofensivas. La cólera la materializaba un Levante que hacia de la verticalidad y de la agilidad una manera para acceder a las inmediaciones de Moyà.

Pedro López rasgó el flanco izquierdo de la retaguardia foránea y Rubén hacia lo propio por la otra parte de la geografía del campo. Unos metros por delante la movilidad de Acquafresca generaba espacios y puntos de fuga que el Levante aprovechó. La actuación del italiano resultó convincente aunque le fató el gol redondear un brillante partido. El encuentro marchó en un único sentido. Fue un duelo monocorde con preponderancia del Levante. Del Getafe apenas si existían noticias con la excepción de una entrega emborronada de Nikos que pudo aprovechar Diego Castro. La escuadra granota decidió amotinarse en los minutos finales. Su puesta en escena fue impulsiva. El Getafe sufrió un estado de sitio del que salió indemne en ocasiones por la aportación estelar del cancerbero, por la falta de puntería de los atacantes locales y en última instancia por el destino caprichoso de un balón que besó el suelo superando el límite que marca el gol aunque salió despedido en dirección contraria.