Quizás no existieran dudas, pero si hacia falta alguna imagen para comprobar el grado de cohesión y de compromiso que mantiene el Levante consigo mismo y con la competición en la que se inserta bastaría con echar un vistazo al partido que las huestes azulgranas afrontaron ante el Sevilla. El Ciutat de València medía a dos equipos que compartía espacio y área de influencia en la zona intermedia de la clasificación. No obstante, para el Levante, desde un prisma particular, los amperios del duelo aumentaban, máxime después de coleccionar siete semanas de inanición. La victoria se resistía desde los días finales de enero cuando cayó el Valladolid como foráneo. Y desde esa fecha la plantilla ha ido superando contratiempos. El más acentuado; la pérdida de Martins tras su marcha al fútbol americano, quizás en el momento más determinante y complejo del curso. Por esa razón, el encuentro ante el Sevilla adquiría calado desde un prisma mental y deportivo. No era un partido más en la secuencia establecida. Se trataba de regresar a la orilla después de circundar por las tinieblas. Es decir; se trataba de poner punto y final a un ciclo cuyas secuelas podían pesar más en la psique de los jugadores que en la acepción deportiva a la vista de los 37 puntos amasados por el bloque.
El Levante desterró fantasmas, brindó con una nueva victoria ante su masas social y se acostó situado en la frontera de los 40 puntos con la carga emocional añadida que implica acceder a esa puntuación que históricamente suele ligar a su poseedor al universo de la Primera División. El Levante recuperó la memoria colectiva y realizó un ejercicio de reafirmación general ante un adversario que le discutió el partido en distintas fases del mismo. La fe, la claridad de ideas y las ganas de competir mantuvieron en pie a los futbolistas azulgranas en los momentos de mayor incertidumbre, principalmente en los minutos finales de la cita cuando la figura de Munúa logra agigantarse ante Negredo y Navas. El orgullo nunca se pierde en los alrededores del barrio de Orriols. Ese sentimiento está muy arraigada en el consciente del equipo. Es un señal de identidad. Quizás el Levante varió en relación a la versión presentada en jornadas anteriores.
Acostumbrado a pertercharse sobre sus dominios y a salir con velocidad, aprovechando los espacios generados, aceptó el partido sin tregua que propuso el Sevilla. El cuero circulaba libre de peaje por los alrededores de las metas de Munúa y de Beto. En realidad, el encuentro iba de norte a sur y de este a oeste sin apenas transiciones colectivas por la medular. El peso de Pape Diop y de Iborra era menor que en otras confrontaciones. Las apariciones de los mediapuntas azulgranas eran un continuado foco de problemas para el bloque de Emery. La velocidad y la movilidad de Pedro Ríos, Michel y Rubén desequilibraron a la retaguardia sevillana. Desde el inicio del duelo el Sevilla tuvo querencia a partirse en la medular. Es incuestionable el talento de los atacantes blancos, pero esa fortaleza y capacidad de matar un partido contrasta con las dudas que generó en defensa y en la zona intermedia. Los mediocentros no amalgamaban la producción del fútbol visitante. El partido era de ida y vuelta, pero podía fracturarse en la zona de medios. El Levante leyó esa circunstancia del juego de su rival y se aplicó en la presión en ese espacio. Si el grupo de Juan Ignacio lograba desactivar el pase en la línea de medios podía presentarse en las cercanías de la meta de Beto con celeridad y peligro.
El gol ejemplifica esta tendencia. Maduro falló en la recepción y por alló se coló Rubén. El canterano condujo el cuero, levantó la vista para otear el horizonte y ajustó el balón al palo izquierdo del arquero portugués. La estirada de Beto fue estéril. El gol refrenda parte del catálogo de las virtudes exhibidas por Rubén. El desparpajo es un valor que cotiza al alza en el expediente del atacante. Rubén firmó uno de los partidos más excelsos del ejercicio con la elástica azulgrana. Y es posible que Fazio tarde en olvidar su figura. El rendimiento y la puesta en acción de Rubén es continuada y sigue una progresión claramente ascendente. El futbolistas de Xàtiva cerró una acción que se repitió a lo largo del partido. Con anterioridad, Michel gozó de dos proyecciones hacia la portería rival aunque la resolución no fue la misma. Acquafresca chocó con Beto. Y en los minutos finales dos salidas fulgurantes acabaron con Diop estrellando el balón en el exterior de la red, tras un pase filtrado de Pedro Ríos, y con Roger chocando con el palo de Beto. No obtante, el peligro rondó la meta de Munúa, básicamente tras un rechace que cayó en los pies de Negredo que el atacante no aprovechó.