El calendario liguero en Primera División, surgido a mediados del pasado mes de julio, parecía sombrío. Y hasta devastador. Sevilla, Getafe, Villarreal, Almería y Real Madrid emergían desde la inmensidad de las profundidades, con la fuerza de una ola de gigantescas proporciones que amenazaba con engullir todo lo que apareciera a su paso, para iniciar el asalto a la sexta temporada en el marco de la Primera División. Este marco cronológico aventuraba una prueba más dentro de un contexto que si por algún aspecto se ha caracterizado, en el tiempo más reciente, es por la reiterada sucesión de contradicciones, desde distintos prismas que superaban los cauces estrictamente deportivos que marcan el devenir de una institución futbolística, que la sociedad levantinista ha ido solventando gradualmente conforme se iban planteando.
La amenaza era más que real por el ascendente de los rivales. En realidad, el ciclo era superlativo. La sucesión de los duelos programados por el azar se convertía en un desafío mayúsculo en aras a probar la consistencia y respuesta de un recién llegado al marco de la elite. La respuesta ha ido en consonancia con la incuestionable altura del reto. El proceso de adaptación se preveía traumático y los hechos que se sucedieron en las tres jornadas que abrieron el campeonato de la regularidad confirmaron el grado de dificultad que entrañaba tan arenoso arranque. El Levante, que estreno rol en la Liga BBVA a finales de agosto ante el Sevilla, abandonó el césped del Estadio Ciudad de Valencia esquilmado y profundamente herido.
Y esa sensación de frustración y de miedo ante los desconocido aumentó en el partido ante el Getafe en Madrid tras un final catastrófico. Una semana después frente al Villarreal germinó una nueva idea en el interior del terreno de juego anunciadora de transformaciones, pese a la nueva derrota, que floreció en Almería y su atractivo se consolidó en el enfrentamiento supremo ante el Real Madrid de Cristiano Ronaldo. El Levante arribó a la tercera confrontación del ejercicio sin conseguir inaugurar su casillero de puntos. Una semana después, el choque ante el Almería se disputó el miércoles, suma cuatro y la mente de los jugadores ha obrado una severa metamorfosis. Quizás en torno a este punto radique la principal variación de esta secuencia. El poder de la mente es ciertamente profundo. No hay muralla que no pueda atravesar. Y destrozar.
Lo podría argumentar Punset. Y lo reafirmaría cada uno de los integrantes del colectivo blaugrana. Entre el dubitativo Levante que partió ante el Sevilla el sábado 28 de agosto y el bloque que, con firmeza y decisión, extrajo un sobresaliente empate, con un innegable sabor a victoria, ante el Real Madrid hay una distancia sideral que afecta básicamente a la psique de los protagonistas. Entre una y otra cita media el convencimiento y la fe en las posibilidades de éxito. Para alcanzar una cota hay que desearla. El equipo desnortado de la claridad de la Liga ha dado paso a un bloque competitivo que cuenta con un plan específico sobre el campo y que entiende que no es inferior a ninguno de sus rivales si aplica los vectores y las coordenadas propicias que entroncan con los caracteres que como colectivo presenta. Esa versión gremial y asociativa y hasta trasgresora, ante la etiqueta que le envuelve desde la apertura de la Liga, que evidenció en Almería y más tarde en Orriols resulta incuestionable para hacer frente al sueño de la permanencia.
El tránsito, por la brevedad del espacio/tiempo y por los efectos traumáticos de la primera experiencia, resulta complejo y apunta hacia Luis García y el resto de sus colaboradores. Quizás la labor psicológica del técnico sea uno de los aspectos capitales en esta variación con resultados tangibles en la clasificación, pero sobre todo en el estado anímico de los futbolistas. La cuestión resalta la incidencia del entrenador sobre el equipo. El preparador ha trabajado velozmente para cambiar las constantes vitales de un grupo sumergido en el lodo que ha visto la luz por más que el camino que resta por recorrer sigue siendo oscuro y escarpado. Luis sabía que iba a contrarreloj, pero era necesario intentarlo. Los marcadores obtenidos han ayudado a este crecimiento. La victoria en Almería y la igualada frente al Real Madrid, con la portería a cero y el músculo necesario para neutralizar al oponente, ha disparado la autoestima de un grupo que ha salido indemne de un mes de septiembre que se anunciaba devastador.