Quizás, a la larga, todo quede en un mal sueño; una tarde para olvidar que nació desnortada y acabó con el Levante aniquilado y desquiciado sobre el verde por obra y gracia de Valerón; el señor del Deportivo de La Coruña, quien a sus treinta y siete años tiene fútbol y sabiduría para resucitar a un equipo que acumulaba semanas y semanas entre los bajos fondos de la clasificación y que ahora mira el horizonte que guía su futuro con un punto de optimismo que parecía perdido después de encadenar cuatro victorias consecutivas que se incardinan con los cuatro goles que fue capaz de anotar en el Estadio Ciutat de València. El Deportivo roturó la victoria en la primera media de hora de confrontación. En ese espacio del encuentro fue verdaderamente letal cuando se acercaba a los dominios resguardados por un viejo conocido del club gallego como Munúa demostrando que en la geografía del ataque cuenta con jugadores experimentados que conocen los fundamentos de la disciplina. Los atacantes de la escuadra deportivista se comportaron con la virulencia con la que un meteorito impacta sobre la faz de la tierra provocando un cataclismo. Sus tres aproximaciones iniciales acabaron de forma catastrófica en el fondo de las mallas del arquero granota. Munúa era la viva y real imagen de la desesperación más absoluta.
Cada comparecencia del Dépor contaba con un mismo final que redundaba sobre el desarrollo del marcador. En apenas veinte minutos parecía como si el cielo se hubiera desplomado sobre el Ciutat. Tal fue el sentido apocalíptico del ataque gallego que la secuencia comprendida entre el minuto siete y el veintisiete practicamente cerró la evolución del enfrentamiento convirtiendo el resto del partido en un viaje hacia la nada. Valerón, Pizzi y Oliveira habían sembrado algo más que la duda metódica entre los integrantes del once azulgrana con un resultado excesivamente contundente que marcaba el destino de la cita de manera más que evidente. En cierto modo, el nacimiento del duelo no parecía presagiar su evolución inmediata. El Levante rondó las inmediaciones de Aranzubia en lo que se interpretó como los minutos de tanteo entre los dos adversarios, pero el partido llegó a su clímax sin previo aviso. Manuel Pablo corrió la banda derecha y su centro lo interpretó Valerón con un ajustado disparo que superó la oposición de Munúa. La vieja guardia, reeditando batallas de antaño.
Valerón reorientó un balón que procedía desde el perfil diestro del ataque foráneo con una naturalidad que roza la espontaneidad. Lo lleva en sus genes. Su fútbol siempre ha sido exquisito y hedonista. Las botas del atacante canario están desgastadas por el tiempo, pero sigue existiendo una capacidad de sorpresa superlativa para rediseñar confrontaciones y alterar los planes de su oponente. Valerón es la reserva espiritual del Deportivo actual. No necesita de grandes esfuerzos físicos para presentar sus credenciales y sustentar al resto de sus compañeros con el balón como inseparable aliado. Valerón no malgastó su tiempo sobre el Ciutat, pero dejó su ascendente. No tuvo el Levante un momento de tregua tras la diana del Deportivo. Los pupilos de Juan Ignacio no pudieron reorganizarse, ni contemplar desde la lejanía el nuevo escenario del partido para presentar una respuesta organizada. Juanfran desafío a los defensores visitantes y chocó con el suelo tras ser agarrado por Domínguez. La falta parece que existió aunque la salida a la contra del Dépor fue ejemplar.
Pizzi encontró la escuadra de Munúa con un golpe duro. Y sin apenas tiempo para metabolizar esta bofetada, llegó el gol de Oliveira desde el balcón del área. Ballesteros y Munúa estuvieron muy cerca de hacerse el harakiri en una mala comunicación entre ambos. La acción quizás se convierta en la metáfora del duelo. El Levante luchaba con el Deportivo, contra un castigo excesivo en forma de goles y contra sí mismo porque al filo de la media hora podía caer en la ansiedad o simplemente despedirse emocionalmente del partido acpetando los contratiempos sufridos. Juan Ignacio no esperó a la reanudación para mover el banquillo. Michel relevó a Pape Diop en busca de una profundidad perdida. Y Roger se sumó al eje del ataque acompañando a Acquafresca. El joven delantero azulgrana se citó en dos ocasiones con Aranzubia aunque el meta se mostró autoritario. Fue el canto del cisne; el ocaso de un equipo del que no se puede dudar después de una temporada repleta de emociones y desafíos por la Vieja Europa.