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Primer equipo
El Levante se enreda en el Ciutat de València (1-2)
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En los partidos hay jugadas que pueden llegar a ser determinantes. El duelo entre el Levante y el Athletic Club estaba recién amanecido cuando Juanfran arrolló a Muniain en el interior del área de Keylor. Un penalti tiene la facultad de ser determinante para la configuración de una confrontación. Se trata de una de esas acciones con propensión a producir modificaciones y alteraciones sustanciales en los dos protagonistas por cuestiones más que obvias. San José se encaminó hacia los once metros dispuesto a patear. Las penas máximas no son un elemento consustancial al curriculum que exhibe el Athletic Club. No es un bloque solvente en esa faceta del juego y San José aunque logró engañar al cancerbero azulgrana erró en la dirección escogida. La acción pudo ser fundamental, pero, finalmente, no lo fue. Al menos esa. El Levante no mudó las constantes vitales emitidas. Pese al aviso mantuvo un ritmo descendente y cansino, apenas si entró en contacto con la pelota, un aspecto que, no obstante, no le genera una preocupación supina, pero quizás la cuestión más definitoria del cariz que tomaba el duelo fue la falta de parecido con esa imagen rocosa y compacta que suele mostrar en el interior del terreno de juego en cada uno de los encuentros materializados.

El Levante no mordía la yugular de su oponente. Ese punto homicida que a veces evidencia su juego no aparecía sobre la faz del Ciutat. El Athletic no modificó ni un ápice el guion que había plasmado sobre el coliseo granota. El golpe no tuvo un tremendo impacto sobre la psique de sus jugadores. Y Aduriz no tardó en restituir los principios del enfrentamiento tras empalmar en las cercanías del meta granota un balón que procedía desde el costado derecho del ataque rojiblanco. El Ciutat motiva al ariete vasco. Por norma suele dejar impregnado su sello en el ambiente. Suma goles y sonrisas. El delantero contó con la diosa fortuna de su favor. Parecía que los hados deseaban mutar el contratiempo que significó desaprovechar una pena máxima minutos antes. El disparo de Aduriz chocó en el cuerpo de Simao Mate para desnortar a Keylor. El Levante no entró en el partido hasta la reanudación así que penó en el primer acto. Fue un naúfrago perdido entre la inmensidad del juego propuesto por la escuadra de Valverde. Y hay mucho balompié en las botas de los leones.

Mikel Rico dominó la medular hasta su marcha después de la lesión sufrida en un choque fortuito con Casadesús. Su influjo fue incuestionable. Iturraspe barría toda la geografía del terreno de juego mientras que Ander Herrera ponía la pausa y la imaginación y Muniain lograba colarse por todas las rendijas que encontraba. Era evidente que el Athletic jugaba con una velocidad mayor que su adversario y que su corazón bombeaba más fútbol. Simao y Diop se las veían para frenar las acometidas de sus contrincantes. La superioridad en la línea de medios era irrefutable. El Athletic movía el cuero a una velocidad vertiginosa ante la mirada desencajada y huidiza de los futbolistas blaugranas. La peor noticia en clave local era la versión mostrada por la entidad casera. El Levante no se parecía a si mismo. Y eso se convierte en un grave problema y en una pesada losa para el bloque de Caparrós.

El Levante no era ese equipo musculoso y aguerrido que va engullendo a su rival hasta confudirlo, triturarlo para darle la estocada definitiva. Le faltó fe y convicción. De hecho, tardó un mundo en entrar en la confrontación. Lo hizo tras las permutas de Caparrós. El técnico movió el banquillo en busca de más sabiduría e la medular y más consistencia en la banda derecha. El equipo retomó la armonía y la cadencia de otras comparecencias y se lanzó hacia el marco de Iraizoz. El choque cambió de sentido. El Athletic resistió y el Levante apeló a la heroica para revolver un marcador sumamente adverso para sus intereses. San José alojó en el marco de Iraizoz un centro de Rubén. El choque entraba en una nueva dimensión de la que se descabalgó con Barral expulsado tras el pitido final cuando los veintidós jugadores tomaban ya la dirección hacia los vestuarios.