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Primer equipo
El Levante sigue sumando en el arranque de la competición (1-1)
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Llegó el otoño al Ciutat de València aunque un calor pegajoso impregnaba al coliseo del barrio de Orriols en los instantes previos al inicio de la batalla futbolística entre el Levante y el Real Valladolid. Ese aire metálico que envolvía al escenario del juego se trasladó al interior del verde, principalmente en la segunda fase del enfrentamiento cuando el Levante dispuso de una superioridad sobre el verde que no supo rentabilizar en el marcador. El partido se hizo denso y trabado para un Levante ataráxico. No obstante, los acontecimientos se precipitaron en los minutos finales del capítulo inicial. El decorado de la confrontación pudo variar en ese momento. Ivanschitz se enfrentó a Mariño desde los once metros. Su disparo, duro y ajustado, fue resuelto por el cancerbero foráneo con una excelente parada. El mérito de la acción recayó en la figura del arquero. Mariño voló hasta el poste izquierdo para desactivar el lanzamiento del atacante austriaco. No hay mucho que objetar sobre la ejecución de Ivanschitz, simplemente que Mariño estuvo imperial.

Lo advirtió Joaquín Caparrós en la conferencia de prensa anterior a la cita ante la escuadra castellana. Cualquier pequeño detalle puede convertirse en un elemento gigantesco en la resolución de un enfrenamiento en el ámbito de la Liga BBVA, máxime entre rivales que podrían calificarse de primus inter pares; es decir entre contrincantes muy parejos en cuanto a objetivos y prestaciones. Y en esa paradoja puede rastrearse el camino lumínico de la victoria o el infierno de la derrota o inclusive el empate. Es incuestionable que Ivanschitz pudo variar el relato del duelo en la postrera jugada del primer tiempo con el Valladolid en inferioridad. La jugada fue eléctrica en su génesis y finalización. Baba controló el esférico en la esquina del área y buscó la penetración de Xumetra. La pugna por el cuero entre el atacante catalán y Bergdich concluyó con el árbitro dirigiéndose hacia el punto de penalti y con el jugador marroquí marchando en dirección hacia el vestuario expulsado. El resto es historia.

La acción parece un arquetipo del perfil de fútbol que propone el Levante. La sociedad azulgrana no se debate en un mar de dudas en su manera de entender el fútbol. La sociedad granota se siente muy a gusto en el vértigo. Y sale desde atrás con la furia de un tornado cuando encuentra una rendija por la desconectar a su adversario. Diop robó un balón en la medular que acabó con Juanfran rasgando la defensa castellana por el costado zurdo del ataque. El pase del lateral no fue óptimo pero acabó en las botas de Baba. El delantero senegalés fustigó las mallas del grupo de Juan Ignacio Martínez. Y celebró el gol dirigiéndose hacia la tribuna con un gesto de rabia. Lentamente el ariete va rompiendo los grilletes que le atenazaban. Se trata de una diana redentora y altamente terapéutica para su atemperar un espíritu atormentado.

El Levante y el Valladolid se eran almas refractarias sobre el terreno de juego. Tocaba y tocada el bloque blanquivioleta con parsimonia y gusto, siguiendo ese ideario que Juan Ignacio había mostrado en el Salamanca o Cartagena, mientras que el Levante se agazapaba sobre la meta de Keylor tratando de proyectarse con velocidad hacia la superficie contraria del campo. El Valladolid regresó al partido por mediación de Javi Guerra. El atacante olvidó su pasado granota y en un palmo de terreno, y rodeado de contrarios, logró girarse, y zafarse de varios contrarios, para lograr la igualada. El primer acto moría aunque quedaban emociones fuertes en las botas de Ivanschtiz y en los guantes de Mariño. La segunda fase mutaba con el bloque foráneo en inferioridad, pero el Levante no sacó rédito de su superioridad, a pesar de sus intenciones.