Quizás fue la metáfora del encuentro. Barkero anclado en el punto de penalti con la mirada fijada sobre Javi Varas. El atacante reeditó el ritual que acostumbra cuando se enfrenta a los once metros; una suave carrera, que ralentiza en el momento definitivo para ajustar el cuero, sin perder de vista la figura del arquero celtiña que decidió balancearse hacia su derecha. El balón con suavidad emprendió el camino contrario; hacia el palo izquierdo, si bien Barkero ajustó tan milimétricamente el cuero que marchó fuera de la portería. Barkero; un auténtico especialista en la materia; un futbolista con una fiabilidad capital y suprema en la lucha de pareceres que establece una pena máxima erró el itinerario del gol. La imagen de Barkero con las manos tratando de esconder su rostro, como maldiciendo la decisión adoptada, y a la búsqueda de una explicación que nunca llegó, se convirtió en uno de los símbolos de un partido desangelado que solventó el Celta de Vigo con un ajustado cabezazo de Augusto en los primeros compases de la confrontación.
En realidad fue una de las escasas acciones ofensivas de la escuadra que prepara Abel Resino. El hecho es sintomático de la clase de partido que se desarrolló sobre el verde del Estadio Ciutat de València. Y no parecía un duelo exento de condicionantes para los dos equipos que compitieron sobre el césped de Orriols. Quizás el partido adquiría un sentido mucho más apocalíptico para un Celta perseguido por las tinieblas que determinan el umbral del descenso. Para el Levante el encuentro tenía otro aire. Varado en los cuarenta puntos, parecía la cita conveniente para finiquitar, prácticamente y con carácter irrevocable, la permanencia en Primera División por cuarta temporada entrelazada. De los dos axiomas presentados triunfó el postulado defendido, con uñas y dientes, por un Celta de Vigo que se aferró a la diana madrugadora de Augusto. Los tres puntos conceden una pequeña tregua a la entidad gallega en su cruzada por mantener su naturaleza intacta como equipo adscrito a la elite.
El cielo se ennegrecía y la lluvia comenzó a descargar sobre el feudo azulgrana como si quisiera metabolizarse con el alma aturdida y desacompasada de las huestes levantinistas cuando arribó el tanto de Augusto. Es una evidencia que el escenario varió. El Celta pareció robarle el espíritu al Levante. El encuentro comenzaba a demandar algunas respuestas que el Levante no encontró. Al menos en el primer acto. Las noticias más alentadoras llegaban desde las botas de Barkero. El mediopunta, reconvertido al eje de la medular junto a Iborra, dibujó dos sensacionales diagonales celebradas por la grada. No obstante, al juego local le faltó sensibilidad, inspiración y continuidad. El Celta defendía el botín conquistado sin sentirse demasiado exigido por su oponente. El Levante quedaba desactivado en las cercanías de los dominios de Javi Varas. El bloque no descubrió los espacios por los que rasgar el entramado defensivo del colectivo celeste. La ansiedad devoró al bloque en algunos momentos convirtendo su credo futbolístico en algo previsible. El plan del Celta era sencillo; se refugió en las cercanías de su portero para tratar de enganchar alguna contra en dirección hacia Keylor Navas.
La primera parte del guion la cumplió con serenidad, si bien perdió de vista la meta del arquero costarricense con la excepción de una llegada de Iago Aspas que resolvió con frialdad el cancerbero. Las decisiones adoptadas por Juan Ignacio en el vestuario advertían de la evoluión del partido. El preparador optó por Roger y Simao Mate para encontrar el aplomo y la consistencia que demanda mudar un marcador adverso. Y por instantes la grada creyó en esa posibilidad, principalmente cuando fijó la atención en el duelo, entre psicológico y mental, dirimido entre Barkero y Javi Varas sin más armas que el balón sobre el punto de penalti, pero al Levante parece que hasta la Diosa fortuna le ha abandonado. Barkero, un especialista, erró y Javi Varas rechazó en el último suspiro una volea de Simao Mate que anunciaba una igualada que no se materializó.