Fue una victoria realmente sufrida y por momentos muy compleja de agarrar, pero nadie dijo que la consecución de los retos fuera de sencilla resolución. Y máxime en el cosmos descarnado y despiadado de la Primera División donde cada minuto y cada victoria adquieren un valor supremo para cada uno de los contendientes. La permanencia en la elite exige este tipo de escenografías; partidos de trincheras con alambradas electrificadas disgregadas por la totalidad de la geografía del terreno de juego. Cuando ya clarea la segunda fase de la Liga BBVA, en ese instante de la cronología donde los indicios se convierten en certezas y en verdades casi absolutas y demostrables, nadie regala nada. No hay treguas, ni armisticios. Ni tampoco pausas o intervalos desprovistos de valoración. Hay intrepidez y coraje para tratar de alcanzar los puntos necesarios en una lucha sin sosiego por mantener el tipo en las estructuras de la máxima categoría. Es una cuenta atrás cruenta por la inquietud que genera. El Levante y el Málaga lo demostraron en noventa minutos de una atmósfera tensionada y algo huracanada ante el valor y la impregnación que emanaba del triunfo. Y los encuentros se convierten en una guerra cruenta. Son partidos en los que parece difícil aislarse de todos los condicionantes que los rodean. Y no son fáciles de afrontar. En realidad son pruebas tangibles para evaluar el estado mental y la psique de los jugadores; todos están sometidos a una presión desaforada. Se trata de presentar el desafío que marca la permanencia y los jugadores granotas afrontan el objetivo con veintitrés puntos en su casillero cuando cae el telón del primer capítulo del guion del ejercicio 2013-2014. Fue el triunfo de la fe en Orriols
Cuando los partidos están más acerados, cuando el campo está cubierto de minas y hay que cuidar donde uno pone el pie y cuando cada paso, en dirección hacia la meta contraria, implica superar una trinchera, en ese escenario tan intrincado surge y brilla Barral. Aconteció ante el Elche y la experiencia se reeditó frente al Málaga. El atacante andaluz emergió para darle claridad al grupo que prepara Joaquín Caparrós con un nuevo gol que le convierte en el máximo anotador del equipo con cuatro goles. El ariete está preparado para marchar a la guerra. Tiene las consignas perfectamente metabolizadas y sabe en cada momento su papel y lo que debe hacer. Su espíritu es incorruptible. Y se desboca en este perfil de duelos. Además ha encontrado la ruta que conduce hacia el gol. Para un bloque con problemas en el epicentro de la acción del fútbol, la noticia es excelente por lo que significa y por el aporte que propicia.
En realidad, la diana de David Barral denunció un problema capital para la escuadra de Schuster; los valores aéreos se convertían en una pesada losa para el equipo blanquiazul. Y defenderlos con certeza una auténtica quimera. No tardó en exceso en detectarlo el cuadro de Caparrós después de una epifanía de la cita marcada por el dominio del Málaga. Ivanschitz y su sedosa zurda desnudaron la fragilidad de la retaguardia foránea desde la estrategia. Barral fue el encargado de confirmar los temores con un gol que confirmó la potencia de su salto. Los dos protagonistas se habían asociado minutos antes acariciando un gol que no se materializó por escasos milímetros. El delantero se zafó de su defensor y golpeó de cabeza el cuero para alojarlo al fondo de las mallas de Willy. Es incuestionable que este tipo de partidos refuerzan la autoestima del vencedor.
Vivir al borde de la angustia te permite paladear el resultado final de otra manera. Es una victoria enorme y superlativa para seguir creciendo y para ganar en fortaleza y vigor. El Levante afiló sus uñas para defender una renta corta y exigua que propició el terror en la grada. Había demasiado premio detrás de la cita como para emborronar el gol del atacante andaluz. Así que el Levante no claudicó, ni se marchó de la confrontación aunque en diversos períodos estuvo quizás demasiado pertrechado sobre sí mismo. El Málaga merodeó por las cercanías de un Keylor Navas descomunal en distintas fases del duelo, pero erró en la suerte final. Es evidente que su producción no fue acorde con su puntería como demostró en el Ciutat. El episodio definitivo resultó un ejercicio de agonía y supervivencia con un Málaga volcado sobre el arco granota y un Levante oponiendo resistencia y luchando al límite de sus fuerzas por cada balón sabedor que los tres puntos eran fundamentales en la colérica lucha por la permanencia en el ecosistema de la Primera División en el partido en el que Juanfran cumplió noventa y nueve encuentros, superando el registro de Ballesteros e Iborra que le comvierten en el jugador con más presencias en la elite con la elástica granota,.