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Primer equipo
El Villarreal CF resuelve un derbi marcado por la expulsión de Keylor Navas
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Quizás haya que apelar a la filosofía orteguiana para conceptualizar el enfrentamiento entre el Levante y el Villarreal. Aquello del ‘yo y las circunstancias’ en su aplicación a la disciplina del balompié. El tema es cuanto menos recurrente a la vista de los hechos que contextualizaron la cita en el feudo de Orriols. Quizás no pueda entenderse la vida de un individuo sin partir de las circunstancias que lo rodean y mediatizan. En ocasiones, en el fútbol sucede algo similar. Un partido propone, a priori, una idea, pero las circunstancias determinan una realidad muy diferente a la planteada. En ese caso, la coyuntura marca el desarrollo de la confrontación como una fuerza virulenta que no es maleable, ni manejable. El equipo que prepara Joaquín Caparrós entendió, desde los albores del duelo, que no siempre todos los factores que rodean al fútbol pueden controlarse. A los diez minutos de la confrontación Keylor Navas, cabizbajo y apesadumbrado, ponía rumbo hacia el vestuario. Por el camino cruzó una mirada y las manos con Javi Jiménez. Las noticias no eran especialmente halagüeñas. En esa secuencia del partido el Levante afrontaba una inferioridad durante más de ochenta minutos con desventaja en el luminoso tras el gol de Bruno.

Una cruel condena ante un adversario que maneja los tiempos del fútbol con soltura y que se siente reforzado en el arranque de la competición. El barniz del encuentro quedó establecido desde el mismo arranque. Desde el principio fue un partido entre dos almas desacompasadas; épica y pasión contra la armonía y la paz espiritual que proponía vislumbrar el horizonte con ventaja en marcador y con la posibilidad de gobernar el partido con la superioridad que propició la salida del verde del arquero costarricense. Demasiadas ventajas para una escuadra que marcha por la Liga con las alas desplegadas tras purgar penas por la categoría de Plata. Y la crónica de sucesos aumentó con la inoportuna lesión de Baba. El atacante senegalés abandonó el rectángulo de juego con molestias en el aductor. Apenas habían transcurrido veinte minutos desde el punto de inicio y los planes establecidos en la mente de Joaquín Caparrós saltaron en mil pedazos. De repente. El técnico reaccionó con la inclusión de Rubén.

A veces los partidos hay que desencriptarlos desde la calidad del juego. No fue el caso. El Levante asumía una epopeya de una dificultad supina.  Y se aferró con fuerza a ese argumento durante muchos minutos para intentar regresar a un enfrentamiento que se marchaba desde la claridad. Este equipo no se suele rendir. Las dificultades no amilanan a una pléyade de jugadores experimentados y curtidos en mil batallas, si bien es cierto que plantean una complejidad difícil de superar. Lo cierto es que el Levante se midió a un adversario con una pátina de brillo incuestionable. El Villarreal no es refractario a la identidad de su preparador. Los equipos se suelen parecer a sus técnicos. Hay un libro de estilo reconocible en las botas y en los movimientos de los jugadores amarillos. Y ese aspecto es un mérito atribuible a Marcelino. Se trata de un equipo reconocible desde una perspectiva general que cuenta con dos jugadores por encima del resto; Bruno y Cani, toda vez que Gio no apareció por la faz del Ciutat.

Quizás no haya mejor expresión de la propuesta del Submarino que la génesis de la pena máxima que condicionó la totalidad de la cita. Cani en el balcón del área acarició con precisión de cirujano el esférico sobre la entrada de Uche. La acción fue exquisita. Un pincelada de fantasía y de una calidad incuestionable. Cani festejó los trescientos partidos que sazonan su currículum en Primera División con una actuación fabulosa. El futbolista aragonés era capaz de cambiar la orientación del duelo cada vez que el cuero caía en sus pies. Habría que incluir en el catálogo de enseres del Villarreal a Uche. El atacante protagonizó la acción de la pena máxima y aderezó su expediente con dos goles que catapultan al inquilino de El Madrigal en la competición. Con todo, y pese a la ventaja, el Villareal no cerró el partido hasta el final; un aspecto que refuerza la mentalidad del colectivo granota. Y la forma con la que encaran las dificultades. El Levante no se exilió del encuentro hasta que agotado no tuvo más remedio que claudicar ante las dianas de Uche. Sus recursos se limitaron en exceso, es cierto, pero se mantuvo erguido y en pie como aquellos guerreros orgullosos  a los que sólo la muerte podía abatir.