Nada parecía acompañar en la noche de Barcelona. Ni la climatología imperante, ni el formato de una competición que destierra cualquier atisbo de sorpresa, y que es muy posible que necesite una revisión, ni tan siquiera la escenografía. La lluvia se sumó a los fastos de un partido carente de atractivo desde su nacimiento. Las jerarquías están muy establecidas en el desarrollo del trofeo y es innegable certificar que la confrontación estaba marcada por los hechos que acontecieron una semana antes en el feudo del Ciutat de València. Parecía una quimera esperar algo especial de una confrontación que surgía maldita. Caparrós en las horas previas dogmatizó sobre su evolución. Había dos planteamientos inequívocos defendidos por el técnico; ofrecer una versión rocosa y evitar contingentes en forma de lesiones. Sèrgio abandonó el verde cuando el primer acto del enfrentamiento no había concluido y la aventura copera concluyó con una nueva goleada por parte de un Barça mucho más efectivo que atractivo en su disposición y planteamiento que minimizó el gol inicial de Vyntra.
Parecía una buena decisión evitar que el Barcelona rondara a sus anchas por las inmediaciones del área defendida por Javi Jiménez. La escuadra que prepara Caparrós se parapetó sobre sí misma en un intento por evitar que el cuadro azulgrana gozara de autopistas sin peaje por las que colarse como paso previo al gol. Desactivar el juego local era una obsesión para un colectivo que emergió desde el banquillo con las ideas muy claras. Dos líneas de cuatro jugadores con el firme propósito de evitar rendijas y oberturas por las cercanías de la portería granota. El Barça pareció caer en la trampa en los primeros compases de la cita. Su ritmo era tortuoso; excesivamente parsimonioso. Con Messi siguiendo la evolución del encuentro desde el banquillo, el balón circulaba por las botas de Iniesta y de Cesc Fábregas, pero apenas si tenía velocidad en la toma de decisiones finales.
Sin nada que perder, el Levante trató de pisar el área de Pinto. Como viene sucediendo en las últimas semanas, el bloque dio muestras de su poderío en las acciones de estrategia. Vyntra recorrió toda la geografía del campo para rematar un saque de esquina. El defensor griego tuvo la diosa fortuna de su lado. Su cabezazo marchaba fuera, pero se topó con el cuerpo de Seri Roberto y acabó en el fondo de las redes de Pinto. En el espacio contrario del verde, el Levante movía con soltura y diligencia preparando una y otra emboscada con la finalidad de confundir al equipo blaugrana evitando que se moviera con facilidad. Y la trama parecía ofrecer los resultados esperados. No había excesivas noticias del Barça en las proximidades de Javi Jiménez. No obstante, no parece una tarea sencilla medirse a un grupo trufado con tanta abundancia de recursos. Atacaba el Barça de manera un tanto funcionarial cuando el cuero acabó en la botas de Adriano. Fue la típica acción de un equipo acostumbrado a tocar y a tocar en la eterna búsqueda de espacios. El cuero pasó por las botas de Iniesta y de Cesc y acabó con un zapatazo de Adriano un tanto inesperado que superó la estirada de Javi Jiménez.
El duelo cambió. Puyol aprovechó un saque de esquina para alzarse sobre el cielo repleto de lluvia de Barcelona y cambiar la trayectoria del esférico ante la mirada perdida del arquero local. Con el partido rasgado y el Levante herido, el Barcelona resolvió la confrontación en apenas dos minutos. Alexis apareció por el interior del perímetro defensivo levantinista para remachar un centro de Tello y culminar un disparo de Adriano que chocó en El Adoua y acabó en el larguero de Javi Jiménez. El atacante chileno únicamente tuvo que acompañar al cuero con el cancerbero inerte en el suelo. El cronómetro se posicionaba en el minuto cincuenta y uno. Quedaba un mundo y comenzaba un mal sueño para un Levante que se despide de la Copa después de situarse entre los ocho mejores de la competición.