Hay derrotas que engrandecen por todo lo que les rodea. Y también hay derrotas cargadas de épica y de heroicidad. E inclusive hay derrotas repletas de belleza por más que la asociación de estas dos ideas conlleve una terrible paradoja. Quizás el Levante experimentó todas estas sensaciones en el choque que le enfrentó al Real Madrid en los márgenes del Ciutat. Una imagen quizás marcó las percepciones antagónicas que se desarrollaron sobre el verde. Ronaldo se despojaba de su camiseta en señal de triunfo después de rasgar en mil pedazos la igualada sobre el tiempo reglamentario mientras los jugadores azulgranas se desvanecían inertes sobre el césped ante la mirada perdida y centelleante por las lágrimas de sus fieles aficionados desde la grada. El enfrentamiento se marchaba definitivamente y con crueldad quizás cuando el triunfo granota parecía más cercano. El gol de El Zhar parecía consumar lo que en realidad no llegó a suceder. No es fácil acogotar al Real Madrid y discutirle la dirección del partido hasta en dos ocasiones diferentes. Baba y El Zhar lo consiguieron aunque la dicha no fue eterna y Morata y Ronaldo sumieron al feudo del coliseo de Orriols en un estado muy cercano a la frustración. Fue una derrota demasiado cruel.
El Levante se manejó con soltura durante la totalidad de la confrontación. Por instantes, fue capaz de encerrar al Real Madrid en torno a su perímetro defensivo exigiendo respuestas convincentes por parte de Diego López. El arquero voló para desactivar un duro disparo de Baba al final del primer acto. Fue un Levante superlativo en su concepción filosófica expresada sobre el rectángulo de juego que partió de un orden exquisito y una metodología de trabajo clara. El rigor colectivo primaba por encima de cualquier otra concepción. La disciplina sobre la anarquía. Y la asociación gremial sobre el individualismo. Fue un equipo académico sin fisuras ni puntos de fuga; un equipo compacto y comprometido. Anclado sobre Pape Diop y Simao, dos rocas en la zona de medios, la escuadra que prepara Joaquín Caparrós fue abalanzándose sobre su oponente venciendo las notables distancias que separan a ambas escuadras. Rubén e Ivanschitz dejaban los destellos. Los minutos fueron rasgando las cadenas de los futbolistas azulgranas y quebrando complejos. Fue un continuado y reiterado acto de insubordinación que tuvo dos momentos de máxima culminación con los goles de Baba y de Nabil El Zhar.
La génesis de las dianas puede denunciar la manera de expresarse del Levante. Agazapados sobre la meta de Keylor, los futbolistas levantinistas se sienten liberados cuando otean el horizonte y ven espacios por los que colarse. El Madrid durante el primer acto ni tuvo profundidad, ni rapidez en los movimientos cuando sus jugadores se asociaban con el balón. Fue un equipo descreído. En cierto modo los goles llegaron con amplitud de miras. Xumetra capitalizó una contra que concluyó con un pase del atacante catalán sobre la entrada de Baba. Rubén ayudó en la acción desorientando a los defensores. El delantero senegalés no erró ante Diego López. Baba festejó el segundo gol en los márgenes del Estadio Ciutat de València después de estrenar su expediente frente al Real Valladolid. La noticia es alentadora para un ariete que necesita sosiego y paz espiritual para recuperar su mejor versión.
El gol de El Zhar nació en un balón escorado sobre el perfil de la banda izquierda de Keylor Navas, que quizás buscaba que saliera fuera para forzar la entrada de Diop, que Barral recogió y amansó rodeado de contrarios. Barral, ante un ejército de piernas, adivinó la entrada de El Zhar. El marroquí decidió congelar el tiempo. Aguantó de espaldas al marco de Diego López las acometidas de los defensores blancos para anotar la segunda ventaja tras revolverse y alojar el cuero en las mallas. El Levante golpeó por dos ocasiones consecutivas y la segunda se antojaba definitiva, pero el Madrid se rehízo. No conviene desentenderse en demasía de un adversario letal cuando se siente herido. Sergio Ramos se adelantó a los defensores para superar a Keylor. Morata, que ya conocía la ruta del gol en el feudo de Orriols, y Ronaldo sumieron al Levante en el caos.