Quizás la igualada saldada en el Estadio Ramón Sánchez Pizjuán frente al Sevilla, consignada con la diana redentora obtenida por Casadesús, conlleve en esencia muchos más aspectos que los meramente cuantitativos, ya de por sí repletos de contenido para un equipo necesitado de ampliar los márgenes de su granero con puntos en esa pertinaz huida desde los estratos más pantanosos de la clasificación. Desde ese prisma, quizás se convierta en la metáfora de la fe, de la convicción y de la confianza en una idea a la que el colectivo granota se aferró. Asido a estos valores, que acentúan en mayor medida el plano estrictamente emocional, y en un duelo que escenificó la más cruel de las batallas, con el cronómetro bordeando los cien minutos en función de las reiteradas interrupciones que, por momentos rasgaron el encuentro, el Levante salió indemne y con su espíritu fuertemente reforzado después de rescatar un punto ya en los minutos finales de una confrontación que contó con un suplemento extra aterrador. Ese ciclo final se caracterizó por la intensidad y por la emoción y por los reiterados sobresaltos. Atacó el Sevilla, tratando de exprimir al máximo ocaso del partido, como si le fuera la vida en cada acción protagonizada por los pupilos de Emery, y resistió el Levante con la fe y el coraje que caracterizó a los guerreros cruzados. Mariño hizo el resto tras repeler con el pecho un potente disparo de Coke a quemarropa. En esa jugada estuvo la suerte definitiva de un duelo que dimensiona la figura de la institución azulgrana.
Hay apariciones en los encuentros que resultan paradigmáticas ante los que va a acontecer. Casadesús pisó el área de Beto con valentía nada más iniciarse el duelo. El atacante superó la salida del arquero con elegancia, pero el cuero chocó con el cuerpo de Carriço. No fue testimonial la presencia en la confrontación del jugador balear. Es evidente que está de dulce en las últimas semanas. El gol es el principal indicativo de este protagonismo que está adquiriendo en fechas más recientes, aunque habría que incidir en otros aspectos de su juego que resultan menos visibles, pero que cuentan con un valor estretégico e infinito en el contexto del juego colectivo. Casadesús entronca con esa teoría de la localización que resalta el hecho de estar en el momento justo en el lugar escogido. Y no es únicamente una cuestión a imputar al azar. La intuición juega un papel capital. Sabe moverse entre líneas como un líquido para convertirse en un sólido cuando la ocasión lo requiere.
Adivinó el rechace de la madera para ajusticiar al Almería y aprovechó un error de Beto para neutralizar la diana de Vitolo. El Levante emergió en el feudo de Nervión con un programa claramente estudiado. Se prevía un choque con un alto contenido táctico. Su versión más colectiva se materializó sobre el verde desde el amanecer del duelo. Fue un bloque consistente y con contenido. El Levante apeló a un orden estricto y riguroso para tratar de desactivar a su rival. El plan no le fue mal en su ejecución global. El objetivo era claro. Había que enmascarar el partido con el fin de evitar que el Sevilla se pudiera desplazar con velocidad por el terreno de juego. Es conocido que con espacios por los que progresar, y con la posibilidad de explotar la contra, el bloque de Emery adquiere un plus de peligrosidad notorio. El Levante fue capaz de contrarrestar los arguentos esgrimidos por el Sevilla. La entidad andaluza nunca se sintió cómoda en el planteamiento del partido propuesto por sus oponentes. El balón no corría con clarividencia y el juego de la escudería sevillista tenía tendencia a atascarse en la zona intermedia del verde. La labor de los mediocentros azulgranas fue determinante. Sissoko y Pape contrarrestaron el dominio local en la medular.
El Levante marcaba el campo con la posición de dos fronteras inamovibles con Barral y Casadesús unos metros por delante. Con todo, el Sevilla no necesita excesivas disertaciones para llegar al gol. Fue suficiente con una aparición de Deulofeu para contactar con Vitolo y perforar la meta de Mariño. El gol no supuso una variación sustancial del duelo. El Levante siguió rondando por las inmediaciones de Beto alimentando la sensación de peligro. Es cierto que Bacca pudo ampliar las distancias y establecer una renta mayor, pero apareció Juanfran para mantener al Levante en el partido. La acción resultó clarividente. El partido se iba ganando en densidad para el propietario del Sánchez Pizjuán mientras que el cada contra de las huestes de Alcaraz se adivinaba la posibilidad de empatar. La posesión en el segundo acto denunció el significado del partido y volvió a desmentir esa teoría argumental expuesta de un Levante sin razonamiento cuando entra en contacto con el balón. No se mostró descortés con el cuero en cada una de sus acciones. El gol llevó desde la heterodoxia. Beto erró en un despeje que aprovechó Casadesús. Restaba un mundo por delante porque el partido se alargó diez minutos sobre el tiempo reglamentario. El Sevilla tiró de épica para resolver un duelo intrincado. El Levante supo defender un marcador que le sabe delicioso.