Quizás sobren los motivos para dimensionar la confrontación entre el Levante y el Málaga del próximo fin de semana a la orilla del coliseo del barrio de Orriols correspondiente a la jornada trigésima de la Liga BBVA. Es evidente, y huelga significar, que se trata de un enfrentamiento que puede ejercer de propulsor en las aspiraciones de la sociedad granota de abastar la deseada permanencia en el marco de la Primera División si el grupo es capaz de desvelar los misterios inherentes al triunfo ante una escuadra que marca la frontera con el descenso en tiempo más presente y a la que alejaría notablemente distanciándola en nueve puntos, con la posibilidad adicional de adquirir el goal-average en función del resultado obtenido.
En cualquier caso, no parece la única motivación con la que etiquetar una confrontación superlativa desde una perspectiva colectiva. El duelo adquiere un cierto sentido personalizado para la figura de Luis García. Desde ese prisma la trascendencia y el valor incalculable de los tres puntos conjugan con la estadística. El técnico se encuentra en la antesala de la conquista de la victoria número cincuenta en competición oficial, contabilizando en este registro los duelos disputados en el campeonato de la regularidad, en las dos principales categorías, e incluyendo en el registro las comparecencias en el formato de la Copa del Rey, desde que el preparador verbalizará y anunciara su compromiso alcanzado con la institución azulgrana en el alambicado período estival de 2008.
De hecho, Luis García no tardó en exceso en impregnarse del sentimiento que emana de la victoria en clave azulgrana. Fue en el encuentro que estrenó su currículum al frente de la entidad. La inauguración del ejercicio liguero que significaba el retorno a la categoría de Plata cruzó a un Levante que estaba en maitines, como secuela de un verano convulso y pegajoso, ante el Real Zaragoza; un todopoderoso ubicado en un entorno extraño, que presentaba una imagen amenazadora y retadora con la configuración de una plantilla de quilates. Parecía un partido apocalíptico ante un adversario terrorífico. Sin embargo, y quizás marcando un rumbo y unas coordenadas fijadas, Geijo y Rubén domesticaron a un león herido desde la apertura de las hostilidades que trató de reengancharse al partido cerca de su conclusión a partir del gol de Oliveira. Ese triunfo permanece inalterable en un lugar preferencial en la mente del entrenador madrileño. Luis suele recurrir a esa imagen victoriosa para rememorar momentos edificantes al frente del club levantinista.
La secuencia de victorias, que germinó en la tarde del sábado 30 de agosto de 2008 en el Estadio Ciudad de Valencia, contó con un nuevo episodio de similares connotaciones en el feudo de Riazor, propiedad del Deportivo de La Coruña, en la postrera comparecencia en la Liga de las Estrellas en marzo de 2011 merced al gol de Rubén Suárez. El capítulo de triunfos se nutre con las dieciocho victorias del ejercicio 2008-2009 en Liga, las diecinueve del vibrante curso del ascenso, las diez diseminadas por los veintinueve partidos que marcan el recorrido en Primera y las dos victorias en Copa ante el Xerez y Real Madrid.El ciclo de victorias comenzó sobre el verde del barrio de Orriols con el mencionado choque ante el Zaragoza. Y la victoria cincuenta, en los ciento diecinueve duelos bajo su dirección, podría cimentarse en el mismo escenario.