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Primer equipo
Moscú decidirá (0-0)
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La grada del Ciudat de València despidió a su tropa con una sonara ovación cuando concluyó el choque ante Rubin Kazan. Los aplausos y los gritos de ánimo evidenciaban el mensaje lanzado por la masa social hacia sus jugadores. Fue como una expresión colectiva y atronadora por el elevado voltaje. Los futbolistas granotas durante los noventa minutos habían transmitido sobre el césped todo aquello que los seguidores podían esperar de ellos. En ese sentido, hubo una sensación de paz espiritual una vez acabada la confrontación y tras el empate sin goles que deparó el choque sobre el verde del feudo de Orriols; un marcador que deja el resultado final entre signos de interrogación y a expensas de los sucesos que ocurran en el frío Moscú en apenas una semana. Nadie podía reprochar a los jugadores azulgranas su extremada actitud y su notable compromiso. El Levante se exhibió sobre el césped con orgullo y con pasión. Y con identidad. Su conducta y derroche se correspondió con el nivel de un enfrentamiento capital adscrito a los octavos de Final de la Liga Europea. Ni su condición de neófito, ni la inexperencia en este universo tan selecto, por su condición de debutante, le situó en un escalón de inferioridad con respecto a un adversario muy alejado desde una perspectiva económica. Al Levante quizás le faltó un punto de buenaventura en un cabezazo de Ballesteros que se estrelló en el larguero y algo de contundencia y pimienta en dos acciones comandadas por Michel y Martins, aunque sufrió en los minutos finales los embates de los rusos materializados en un testarazo de Rondón que hizo temblar la escuadra de Keylor Navas.

La alineación de la escuadra azulgrana era sintomática de las intenciones de Juan Ignacio. Desded ese prisma, los once dispuestos, a veces, ofrecen mensajes que tratan de propagar y proyectar las intenciones. El preparador construyó una línea de mediapuntas integrada por Barkero, Rubén y Michel con Martins en el eje del ataque. Dinamita y creatividad para medirse a un rival que se caracteriza por su estajanovista orden y por un rigor metódico. Quizás con el duelo ante Olympiacos todavía muy fresco en la memoria, la salida local resultó fulgurante. El primer saque de esquina que cayó del bando blaugrana acabó con un espectacular remate de Ballesteros que escupió el larguero de la meta de Ryzhikov. El Levante eligió el primer tramo de la confrontación para recluir a Rubin en sus dominios y tratar de esculpir la victoria. En ese espacio del partido la escuadra tártara no encontró espacios para proyectarse hacia la portería de Keylor. Rondón quedó totalmente desactivado. En cualquier caso, el encuentro estaba señalado, pese a ese arranque.

Lo había advertido Juan Ignacio Martínez en la previa del encuentro cuando advirtió que el Levante se enfrentaba a su propia estampa como si se mirase a un espejo y encontrara a su propia imagen. No era un simple juego de palabras. Los dos equipos parten de presupuestos muy parejos para justificar el fin de la victoria. Esa filosofía prima la consistencia y la rocosidad en defensa. Es el primer mandamiento por cumplir. Una especia de dogma de fe que parece inquebrantable. Después aparecen otros valores como la paciencia o la posibilidad de provocar que su oponente caiga preso de la monotonía y el tedio para tratar de confundirle con la finalidad de asestarle una herida mortal en cuanto flaquea. No es fácil afrontar este tipo de partidos. Rubin Kazan, por su manera de entender el fútbol, exige una concentración supina y un equilibrio extraordinario de fuerzas entre las líneas porque sabe manejar los tempos y los códigos y porque cuenta con jugadores que desequilibran en los metros finales.  

En cierto modo, las dos escuadras tuvieron su momento a lo largo de la confrontación. La puesta en escena voraz del Levante del nacimiento de la cita se correspondió con el planteamiento esgrimido en los minutos finales del acto inicial. Michel tropezó con las manos de hierro del arquero foráneo. La acción nació de una colada de Pedro López porla banda derecha. Barkero filtró un balón que tocó con suavidad el lateral. Michel cabeceó picado respondiendo Ryzhikov con reflejos. En la reanudación, y con diez jugadores tras las expulsiones de Ansaldi y Michel, Barkero fue el encargado de presagiar un gol que nunca se materializó trazando infinidad de pases matemáticos que rasgaron el entramado defensivo de Rubin. Martins se enfrentó a Ryzhikov en varias ocasiones. No obstante, los minutos finales fueron para Rubin y Rondón y Natxo chocaron con los palos de Keylor. Llegados a ese punto del duelo y con el cansancio pasando factura, el Levante tuvo la virtud de la resistencia sabedor que en la Vieja Europa no encajar goles en contra como local puede ser determinante en la resolución definitiva de una eliminatoria que se decidirá en la gélida Rusia.