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Primer equipo
Nano se pone a tiro de cien en Primera División
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Noventa y nueve batallas que conducen a noventa y nueve emociones y a noventa y nueve señales de inquietud y de esperanza y de perturbación porque cada salida al campo desde el túnel del vestuario provoca en su prólogo una alteración espiritual, una agitación emocional y una turbación mental. Así es el fútbol instantes antes de afrontar la metáfora de la guerra que se desarrolla sobre el césped. Nano conoce esas sensaciones y las ha experimentado en el marco de la Primera División. En noventa y nueve ocasiones ha cruzado ese limes que diferencia el espacio que ocupan los actores principales del punto en el que se sitúan los otros protagonistas del drama que se desarrolla en el interior del un estadio. El domingo podría acotar la cifra mágica de cien encuentros en la máxima categoría del balompié profesional si Luis García opta por incluir su nombre entre los escogidos para la lucha ante el Hércules de Alicante.

Y hay un dato revelador de esta tendencia. Desde que Nano se situara en el eje central de la retaguardia como acompañante de Ballesteros, en el minuto cuarenta y nueve del duelo que midió al Levante y al Villarreal en el feudo del Ciudad de Valencia, correspondiente a la tercera jornada de la competición, se ha convertido en un habitual en los paisajes propuestos por el preparador madrileño. Su rastro es incuestionable, pero la historia establecida entre Nano y la Primera División es algo más longeva que la reciente condición de levantinista, adquirida en el período estival, e invita a remontar el espacio cronológico actual hasta situarse en la tarde del domingo veintinueve de agosto de 2004. El escenario hay que situarlo en la ciudad de Zaragoza en los alrededores del coliseo de La Romareda.

El autobús del Getafe transportaba al equipo de la barriada madrileña hacia un estadio con resonancias bíblicas en el panorama del fútbol español. En uno de sus asientos aparece la figura de Nano. Como sucedía con la entidad, era un neófito en la materia. Aquel estreno del Getafe en Primera División supuso el acta bautismal del defensor en el ámbito de la elite. Quique Sánchez Flores le dio la alternativa. El técnico, también debutante, confirmó su presencia minutos antes del inicio del partido. En realidad, el preparador ratificó el influjo de Nano a lo largo del verano. “Participé en casi todos los partidos de la pretemporada. La verdad es que esperaba jugar en Zaragoza”. De aquella cita recuerda una anécdota. “Jugamos dos centrales zurdos y yo me situé por la derecha”. Fue el principio de una relación extensa que se retroalimenta con más apariciones defendiendo escudos distintos.

Es una de las singularidades del currículum que presenta Nano. Hay una tendencia trashumante que le ha llevado desde Madrid hasta Sevilla, pasando por la señorial Castilla León, como jugador del Valladolid cedido por el Betis, hasta trasladarlo al arco del Mediterráneo en la experiencia que comienza a entretejerse en el Levante. La aventura que emprendió al comprometerse con la sociedad que preside Francisco Catalán ofrece sus réditos. Nano ha alcanzado la regularidad, añorada en otras etapas, que supone alcanzar la titularidad. El choque ante el Racing coincidió con su partido número noventa y nueve en Primera División. Las matemáticas aclaran el significado y el influjo personalizado del duelo ante el Hércules. Nano puede ponerse a cien sobre el césped del Rico Pérez.