El Levante se topó en el Estadio Ciudad de Valencia con la voracidad anotadora de Nilmar. Quizás no haya mucho más que acentuar de un Villarreal que se posicionó con exceso de palidez sobre el mejorado césped de Orriols, pero el grupo que dirige Garrido contaba con la presencia del futbolista brasileño, toda una garantía por la determinación que evidenció para la consecución de gol, tal y como demostró con hechos. Nilmar se presentó en dos ocasiones ante Munúa en el primer capítulo del choque y festejó dos goles. Batió al meta uruguayo a cámara lenta enlazando con la parsimonia que evidenció el colectivo amarillo. Un auténtico pleno que confirmó una especie de axioma adscrito a la máxima categoría que el Levante está comprobando en sus carnes y que enfatiza la facilidad anotadora de los grandes. Por encima de los argumentos futbolísticos que ofrezcan.
En este universo en el que compite el Levante hay equipos que no necesitan generar un arsenal de oportunidades para vencer. Su pedigrí y solvencia le bastan para solventar los duelos. Media ocasión es suficiente para noquear al oponente. Lo demostró el Villarreal en Valencia. Quizás sea difícil que el bloque amarillo finalice un partido de Liga con menos presencia física y real sobre las inmediaciones del área rival, pero su pegada fue terrible y temida. Monodireccional. En cualquier caso no es una novedad. Todo el mundo sabe de la fiereza de su golpeo. Para el Levante el enfrentamiento se convirtió en un ejercicio de frustración a la vista del desarrollo de los sucesos. Todo el músculo, la garra, la intensidad y la intención que extravió en las primeras confrontaciones de la Liga ante el Sevilla y el Getafe surgió en feroz combinación en el derbi frente al Villarreal.
Ni tan siquiera el gol inicial de Nilmar, una puñalada ante el barniz que adquiría la cita con un Levante correoso y ciertamente atrevido, hizo que el grupo de Luis García cayera turbado preso de la melancolía como sucedió en jornadas anteriores. Había expectación por comprobar la respuesta local. Al contrario que en días de mayor oscuridad y tenebrismo, su ánimo se encendió de manera contagiosa. No hubo dudas. Nadie mejor que Sergio Ballesteros para expresar ese estado de auténtica rebelión. El central emergió desde las catacumbas de la retaguardia para alzarse ante los acontecimientos que se cernían. La tropa le siguió con fidelidad. Lejos de apartarse del partido y dar un paso atrás o caer preso de los interrogantes el grupo regresó con mayor intensidad y dinamismo tratando de cercar la portería de Diego Lopez.
El arquero comenzó a atravesar por un período especialmente hiriente. El Levante proponía desde la medular, a partir del juego vertido por Xavi Torres y Pallardó, para enlazar con las bandas. La escuadra azulgrana entró en fase de ebullición. A balón parado Héctor Rodas acarició sedosamente el gol. Y Juanlu cabeceó fuera un balón que había quedado suspendido en el interior del área sin que ningún defensor acertara en el despeje. Diego López comenzaba a sobresaltarse. Había actitud e inteligencia en los movimientos. Pero Nilmar seguía en el campo aunque pareciera oscurecido. Y volvió a emerger desde la nada para aplacar al levantinismo. No aventuraba nada destacado una acción que exasperó a la grada de Orriols y al levantinismo militante tras unas manos de Cazorla, en la línea de medios, en su intento por domesticar un balón levantisco que no señalizó el árbitro. En medio de la confusión apareció Nilmar para encarar a Munúa. Mansamente, y con tono de suspense, el esférico tomó el camino en dirección al fondo del arco de Munúa.
Si algo evidenciaba la demostración del Villarreal era que contaba con más contundencia y balas en su revólver que juego. Ese aire funcionarial que mostró en las zonas intermedias quedaba desterrado en los metros finales. Allí se manifiesta como una máquina programada para matar. En ese espacio la mente de Nilmar viajaba a la velocidad de la luz en busca de la solución escogida. El guión del partido estaba definido. El Villarreal trataba de anestesiar el enfrentamiento con un tonmo especulativo mientras que el Levante mostraba un espíritu conmovedor en su heroico intento de reordenar el duelo.
El acto de fe descrito por el conjunto blaugrana pudo cambiar el semblante del encuentro en una jugada de carambola que concluyó con un cabezazo de Caicedo al larguero y un rechace que Jordà no supo traducir. Caicedo acertó en una colada por la banda izquierda. Sutilmente desvió el centro. No quedaba tiempo material para la remontada, pero si la secuencia se amplía hay motivos para la esperanza por el orgullo y por la pasión con la que los jugadores interpretaron desde la adversidad. Y no siempre la adversidad será tan lesiva. Y no siempre estará Nilmar por las inmediaciones del área blaugrana. Y no siempre habrá un cien por cien de efectividad en la finalización. Y no siempre los golpes serán tan contundentes y duros. Por paradójico que parezca desde la derrota se puede pensar en un horizonte más ilusionante.