
Fue una metamorfosis repentina con capacidad para trastocar todo lo que había acontecido hasta ese instante; desde el sentido, la orientación y la naturaleza que había adquirido el duelo hasta las emociones y sentimientos plasmados finalmente sobre el verde. Hay infinidad de vidas detrás de una confrontación. Hay infinidad de historias, un sinfín de tramas y multitud de relatos de raíz claramente antitética. Cada partido puede esconder caminos impredecibles y difíciles de escrutar. Hay sombras y tinieblas que surgen de forma inesperada y amenazadora. Y el pedigrí y el abolengo son componentes secundarios en el universo de la categoría de Plata, pero persiste el orgullo y el carácter racial y aguerrido de un colectivo comprometido con la causa que defiende. Así se comporta el Levante cuando salta al césped en competición oficial. Nunca claudica. Hay conciencia de pertenencia, sentido de unidad y una vinculación que dota de identidad al colectivo. Y esos signos, que destilan solidaridad y sobre todo camaradería, se materializaron principalmente en el ocaso del duelo que cruzó al Levante y al RCD Mallorca en el Iberostar Estadio. En esa fase del enfrentamiento el partido había mutado como secuela de la expulsión que sufrió Róber Pier. El Levante sufría las emboscadas de su adversario. El balón cercaba la portería de Raúl Fernández. El peligro no era evanescente, adquiría la condición de superlativo. Cuando el cansancio y la fatiga hacían mella en los rostros de los futbolistas azulgranas, para nublar su pensamiento, apareció la versión más conmovedora y fraternal de un colectivo que supo resguardar una igualada con un sabor dulce. El líder resistió los embates de su rival. Incluso en los momentos de mayor complejidad suele ser reconocible. La lucha y la fe son aspectos que simplemente no se negocian.

Antes había mostrado parte de su catálogo de enseres, principalmente en el transcurso del primer acto. Avisó Morales con una chilena que despertó a Santamaría. El guardameta bermellón se agigantó en ese punto de la cita. El meta fue capaz de extraer cien manos para neutralizar las acometidas del comandante y de Casadesús. Los dos tuvieron el partido en sus botas. Los dos pisaron el área local con osadía y con determinación. Los dos escogieron el palo largo. Los dos soñaron con estallar el encuentro en mil pedazos. Y los dos chocaron con la coraza que parecía blindar a Santamaría. El miedo se apoderó del Iberostar Estadio. Y Jason hizo crujir el larguero con un cabezazo devastador. El Levante mandaba en el marcador y se expresaba con pulcritud, principalmente cuando lograba proyectarse a través del cuero. En ese sentido, la acción del gol de Jason fue paradigmática, básicamente en su formación.
El esférico fue pasando por las botas de los jugadores granotas hasta que llegó hasta el extremo derecho del verde. Por allí apareció Pedro López para invocar al vértigo. El lateral voló por el carril diestro para filtrar un centro de difícil lectura para los guardianes del área balear. El cuero se enredó en los pies de Roger, pero entonces surgió la furia desatada de Jason para romper la paridad que establecía el luminoso. El feudo balear enmudeció. La cita liguera nacía desde la emoción y desde la trascendencia. Era un duelo entre dos bloques con miradas contrapuestas. No hace mucho cada partido disputado estaba unido a la máxima categoría. Inclusive hubo batallas por adentrarse por la Vieja Europa, pero los tiempos han cambiado. El fútbol puede ser despiadado. Lo comprobó Lerma en el minuto seis.
La lucha del Mallorca del presente es por la supervivencia. A sus pies se manifiesta lo desconocido. Y esa sensación genera pavor. Sus futbolistas tratan de huir del averno de la tabla. La diana de Jason mutaba el escenario planteado. Y ya se sabe cómo se comporta el Levante cuando golpea a su oponente, pero el Mallorca se agarró a los guantes de Santamaría para mantenerse en el partido. Y su autoridad, lejos de decrecer, aumentó notoriamente tras la expulsión de Róber Pier. La impaciencia que había evidenciado con anterioridad, durante el primer acto, cuando la toma de decisiones de los atacantes ante Raúl no era la óptima, se tornó en clarividencia. La escuadra de Javier Olaizola supo desenmascarar el encuentro. Supo manejar y explotar la superioridad sobre el verde abriendo el rectángulo de juego.
El campo se convirtió en un espacio inabarcable para los pupilos de Muñiz. El Mallorca se manifestó con energía proponiendo un caudal de llegadas por los costados. Era un acoso en toda regla que amenazaba la estabilidad azulgrana. La corpulencia de los jugadores mallorquinistas propició infinidad de remates que parecían preludiar el gol. Fue el momento de Raúl, una especie de héroe de leyenda. El meta tiró de reflejos y voló para tapar los espacios más insospechados. Asido a sus guantes ciclópeos y a la interpretación gremial de un equipo solidario, el Levante salió de la isla con un punto que supo a gloria.
RCD Mallorca: Santamaría; Juanjo Nieto (Company), Raillo, Ansotegui, Angeliño; Yuste, Culio, Vallejo (Salomao, min. 46); Moutinho, Brandon, Lago Júnior (Lekic, min. 64)
Levante UD: Raúl Fernández; Pedro López, Sergio Postigo, Roberto Flores, Toño García; Jason, Campaña, Jefferson Lerma (Insa, min. 9), José Luis Morales (Montañés, min. 80); Víctor Casadesús (Chema Rodríguez, min. 62); Roger.
Árbitro: López Amaya (Comité Andaluz). Expulsó a Roberto Flores, del Levante, en el minuto 63. Amonestó a Raillo, Culio y Angeliño, del Mallorca; y a Postigo y Campaña, del Levante.
Goles: 0-1, min.15: Jason. 1-1, min.71: Ansotegi.