Hay partidos que nacen desde la ansiedad y desde la necesidad más absoluta. Y también hay partidos que, noventa minutos después, mueren dimensionando de manera categórica esas emociones. La tensión, la angustia y el estrés se convertían en aspectos que iban creciendo y acentuando su contenido conforme se sucedía el desarrollo de la confrontación sobre el verde del Ciutat. Se sabía que el duelo en el feudo de Orriols estaría marcado por la pesadumbre y por la aflicción. Se enfrentaban dos adversarios que compartían espacio geográfico entre las tinieblas de la clasificación. La imagen era ciertamente desoladora. Uno se agarraba al cuerpo del otro para tratar de salir de la zona más pantanosa de la tabla. Por debajo se vislumbraba el precipicio. La pretendida fuga de uno significaba la caída del otro. Así son los partidos en la Liga BBVA, pese a que la cronología de los hechos se sitúa en la décima jornada de la competición. Resta una inmensidad por delante, pero los duelos empiezan a caracterizarse por la inquietud. El Levante elevó su autoestima después de conjugar con el gol tras las dianas de Barral y Casadesús. Fue contundente en el área rival, pero principalmente tuvo una capacidad asombrosa de resistencia e instinto de supervivencia después de la igualada de Zongo para golpear de inmediato y esbozar una nueva sonrisa.
Para un equipo ajado es una noticia sumamente esperanzadora por todo lo que conlleva desde un prisma mental. El Levante llegaba atormentado a una cita trascendente ante un primus inter pares en el marco de la Primera División. El miedo podía materializarse en algunas fases del combate. Su expediente en el Ciutat era desolador tras encadenar cuatro derrotas consecutivas y mantener inalterable su currículum anotador como casero. No había espacio para la confusión. Un nuevo resbalón podía ser letal más por las sensaciones derivadas que por la profundidad del curso. El grupo de Lucas Alcaraz se enfrentaba a uno de esos encuentros, subrayados de inicio, que enfatizan de manera superlativa el valor de la victoria. Y huelga significar que la cotización del triunfo superó el importe cuantitativo que conlleva. Para un colectivo ávido de limpiar su cabeza de impurezas después de un amanecer demoledor, habría que resaltar todo lo acontecido en el verde; desde la diana de Barral hasta el gol de Casadesús que zanjó un debate que parecía reabrir Zongo tras el empate generando un sinfín de temores.
No es fácil saltar al verde en ese contexto tan abrasivo para abstraer la mente de esos pésimos condicionantes y despojarse de todos los miedos que le han ido acompañando desde el nacimiento de la Liga. Y el Levante lo hizo frente a un Almería atrevido. Y no es sencillo cuando circundas por la oscuridad. En cierto modo, el bloque que prepara Lucas Alcaraz trató de recuperar una vieja identidad que le guió hasta cotas extremas. El gol de Barral denunció esta tendencia. El Levante penalizó un error del Amería. No es una situación nueva por estos lares. Era el Levante quien antaño sabía castigar con tanta virulencia a su contrincante. Era un equipo capaz de entrar en ebullición en un instante aunque ese reflejo no tuviera relación con el devenir del encuentro. Pape Diop rebañó un balón e introdujo a Barral en el prólogo del gol con un pase en profundidad que el atacante aprovechó soltando un latigazo que cegó al meta almeriense. A esas alturas de la confrontación, la posesión era para el Almería, el gol granota. El Levante se agazapó detrás buscando proyectarse con velocidad. Dos líneas muy marcadas con Barral y Casadesús unos metros por delante.
El gol demostró que el colectivo granota no necesita dominar la medular, ni tampoco presentarse en multitud de ocasiones en el área de su adversario para mandar en el marcador. Ese perfil no era desconocido en Orriols. El gol espoleó al Levante que volvió a plantarse en el área foránea por mediación de Barral. Con ventaja, el grupo azulgrana trató de relentizar la cita y de bloquear al Almería. Y no le iba mal. Sin embargo, Francisco movió el banquillo en busca de una marcha más. El Levante se volvió sobre sí mismo a la caza de una contra que pudiera dinamitar el partido. No obstante, la tensión comenzó a palparse. Era una victoria superlativa que había que mantener en el caso del Levante o revertir según su contrario. El Almería crecía con la aportación de Wellington y la entrada de Soriano y de Hemed.
El jugador brasileño se pegó el balón al pie. Estaba extramotivado de regresar al Ciutat con otra camiseta. Nada más saltar al verde se encontró un balón sin dueño en el corazón del área granota que sacó la retaguardia tirando de épica. El miedo podía palparse. El partido se disputaba en esa zona donde adquiere primacía la defensa local y los delanteros vistantes. La imagen revela las intenciones de los dos grupos. El nivel de exigencia aumentó Y Zongo entró por el segundo palo para remachar un saque de esquina. Se recompuso el Levante con un lanzamiento de Gavilán que escupió el palo y orientó a gol Casadesús con un sutil toque. Wellington silenció el feudo de Orriols en el último minuto, perp al Almería no se le da nada bien posicionarse sobre el Ciutat en Primera División.