Era el partido número mil en el Estadio Santiago Bernabéu del Real Madrid en la competición liguera y todo parecía preparado para celebrar tan distinguida efeméride, pero fue Salva, con la elástica azulgrana ajustada a su piel, quien aceleró sus pulsaciones y elevó su ritmo cardiaco hasta las mil pulsaciones cuando en el minuto once batía a Casillas, cantaba el primer gol granota y situaba al coliseo de Chamartín al borde de la incredulidad. Es evidente que restaba un auténtico océano hasta la conclusión de la cita, pero aquella jugada marcó una tendencia. Tomassi pisó el área de la escuadra de Capello y Diarra fue a su caza y captura con la virulencia con la que ataca un búfalo desbocado.
El futbolista italiano acabó arrollado tendido sobre el verde del césped del Santiago Bernabéu como si reclamara clemencia. El árbitro, Alfonso Álvarez Izquierdo, se dirigió inmisericorde hacia el punto de los once metros. Y Salva se enfrentó a Casillas sin más argumentos que la solitaria gestión del balón desde los once metros. Ya se sabe de la lucha mental que acontece en esos instantes entre el arquero y el pateador. Parecía que tan magnífico escenario quedaba entre penumbras. Un silencio sepulcral acentuó el duelo que se presagiaba entre el delantero y el meta. Acostumbrado a retos de elevada envergadura, el ariete no se dejó impresionar ni por la escenografía, ni tampoco por la presión que suponía asaltar un territorio que parecía vedado a las aspiraciones granotas.
Salva hipnotizó a Casillas y cantó un gol histórico que alcanzó la eternidad en los anales de la centenaria entidad. De la batalla salió indemne Salva que quebraba un ciclo desolador. El panorama era desalentador. El Levante había caído golpeado por la virulencia de un tifón blanco en sus comparecencias anteriores en la decada de los sesenta y en los primeros años del tercer milenio. Era el primer triunfo en un escenario tan excelso en competición liguera con el Real Madrid como oponente. Y fue un triunfo revitalizador para un club que luchaba con ahínco por salir de las calderas de la clasificación general. Abel Resino dirigió al grupo en aquella tarde repleta de magia. El preparador toledano era un consumado especialista en poner patas abajo el Santiago Bernabéu. Allí festejó una Copa del Rey y triunfos memorables como jugador con el Atlético de Madrid y con el Rayo Vallecano. El círculo se cerraba con la victoria azulgrana.