San Mamés tiene mística. El mítico San Mamés, alzado en 1913, no ha desaparecido de la faz de la tierra pese a que fue derribado durante el pasado verano y apenas si quedan vestigios de sus nobles muros. Sin embargo, el nuevo coliseo rojiblanco, quizás porque se encuentra estrechamente conectado, desde una perspectiva física y geográfica, con el anterior feudo, mantiene intacta su aura y su embrujo. Hay una fuerza telúrica en su interior capaz de guiar a las mesnadas vascas hacia la victoria. Y el Levante lo pudo comprobar en los minutos finales del choque que le enfrentó al Athletic Club. Durante mucho tiempo gobernó el duelo con cierta solvencia tras la diana conquistada por Barral tras una exquisita acción de Xumetra y al amparo de las manoplas salvadoras de Keylor. No obstante, tuvo que claudicar y doblar la rodilla en señal de vasallaje tras los goles prácticamente encadenados de Mikel Rico y Aduriz. Y el cielo de Bilbao parecía desplomarse en esos instantes de vertiginoso torbellino. La lluvia no es un componente inusual por estos lares, pero la lluvia que caía parecía una metáfora en el proceso redentor del grupo liderado por Valverde. El agua ejercía de elemento purificador sobre el colectivo vasco a modo de bautismo reeditando aquellas conversiones masivas al cristianismo de tiempos pretéritos.
La fe nunca se pierde en San Mamés. El Levante tampoco lo hizo, pese a la derrota mientras los aficionados locales se aprestaban a vivir el desarrollo de una confrontación que han visto en infinidad de ocasiones desde arrancara el curso. ¿Dèjá vu en San Mamés? El hecho empieza a no ser un misterio inescrutable ante las repeticiones. La escuadra que alecciona desde el banquillo Joaquín Caparrós extrajo el manual que le caracteriza para afrontar un partido subrayado en rojo para el técnico y su nómina de colaboradores más íntimos. El Levante es un bloque que afronta los partidos con las cartas claramente alzadas. Orden y método para guiar sus movimientos sobre el verde. Su estilo es, en ocasiones, previsible, sumamente previsible podrían recalcar algunos analistas, pero en la simpleza también hay espacio para la armonía y para el desarrollo de las emociones. Y el fútbol es ante todo emoción e improvisación. Xumetra condensó ambos componentes al filo de la media hora. Es muy posible que nadie pudiera prever una aventura en solitario de tales caracteres cuando entró con el contacto con el cuero. El atacante catalán se imantó el esférico, superó a De Marcos por la banda derecha, tumbó a varios elefantes en una baldosa y conectó con Barral. Geometría y pasión. El delantero resolvió en la segunda intentona ante Iraizoz. Barral rompía el maleficio ante el gol, aunque en la retina de los aficionados quedará el vals de Xumetra. Su cuerpo se aceleró aunque su mente mantuvo la calma necesaria para concluir una acción brillante.
San Mamés mantuvo la calma ante la diana granota. En cierto modo, la hoja de ruta de la temporada marca partidos con ese tipo de nacimientos. Quizás los efectos del gol fueron más palpables en la mirada desnortada de los futbolistas locales. Beñat no conseguía imponer el compás y el trazo en la línea de medios. En ese punto del verde el equipo de Ernesto Valverde parecía muy previsible. El ritmo cardiaco de del Athletic Club se aceleraba principalmente por la banda izquierda con Ibai. Y si los problemas aumentaban siempre estaba Keylor Navas para encontrar todo tipo de soluciones. La incidencia del arquero en el universo azulgrana es proporcional al excelente estado de forma del cancerbero internacional por Costa Rica. No obstante, el guion deparaba un triste epílogo para las huestes levantinistas. Apretó el Athletic en la reanudación mientras rugía San Mamés, mostrando un hambre voraz de victoria, en busca de esa fuerza telúrica capaz de rescatar al perdido. Y fue Mikel Rico quien guió el triunfo tras empalar un balón perdido en el interior del área granota. Casi sin solución de continuidad, un centro profundo desde el perfil derecho lo remató con la cabeza Aduriz para descabalgar a un Levante que trató de regresar cuando el partido ya marchitaba.