Un 2011 de emociones fuertes y noches desgarradoras, sobre el interior del tapete verde, con las barras azulgranas como protagonistas, quedó ejemplificado en el partido de los dieciseisavos de Final de la Copa del Rey que enfrentó al Levante y al Deportivo de La Coruña en el Estadio Ciudad de Valencia que sirve de epílogo a un año repleto de fascinación. La confrontación presentó todos los estremecimientos que requiere el formato del K.O. Desde esa perspectiva, fue un encuentro tremendamente copero. Fue un partido extremadamente largo que necesitó de la disputa de una prórroga adicional para solucionar el conflicto de intereses entre las dos escuadras que habían dirimido el episodio inicial en Riazor. Los 120 minutos disputados estuvieron trufados de goles, penaltis, expulsiones y una amenaza de final de vértigo tras la pena máxima decretada por Paradas Romero que Pablo Álvarez estrelló en la madera. Hubo tensión, miradas cruzadas y sostenidas, heridas de guerra, intensidad, calambres en las piernas, signo inequívoco del sentido titánico que adquirió la batalla, y una acción terrorífica que empañó la totalidad del enfrentamiento como recordó Jim en conferencia de prensa; el peroné de Juanlu se quebró tras una dura entrada de Borja.
Fue, sin duda, el capítulo más trágico de una noche que volvió a demostrar el carácter y la invulnerabilidad de un grupo que tiene conciencia de clase y orgullo y que parece sentirse invencible cuando afronta un desafío mayúsculo. El prólogo del envite advertía de esa realidad, pero las huestes granotas ya han afrontado más de un partido de tales caracteres a lo largo de 2011. Y acostumbra a aceptar los retos con naturalidad y suelen salir indemnes cuando el guión parece confabularse en su contra. Por el horizonte nacía un partido de los que hay que controlar a través de la psique evitando la tentación de caer preso de la ansiedad en función de su dinámica. El Levante necesitaba dos goles para reconducir la situación tras los tres tantos conseguidos por las mesnadas de Oltra en Galicia y el gol redentor de Aranda. Sin embargo, el destino parecía ponerse en contra de la entidad blaugrana tras la diana de Pablo Álvarez desde los once metros. El gol del jugador gallego paliaba la ventaja conquistada minutos antes por Nabil El Zhar tras resolver con sentido y pragmatismo una colada de Barkero por el perfil izquierdo del ataque levantinista. El Zhar controló con solvencia y alojó el balón al fondo de la meta de Lux.
Mediado el primer acto de la cita, el partido volvía a su punto de origen con una diferencia sustancial; el Levante necesitaba conseguir tres goles adicionales para forzar, al menos, la prórroga y uno más para posarse en la eliminatoria de octavos. En esa fase de la confrontación, el Depor se hizo el harakiri con la expulsión de Saúl. Sin tiempo para que José Luis Oltra pudiera metabolizar ese contingente y activar un plan alternativo de emergencia, Sergio Ballesteros rebañó un balón perdido por las inmediaciones del área deportivista para encontrar un resquicio por el palo largo. La estirada del cancerbero fue insuficiente y la presencia de Ballesteros un arquetipo de lo que se avecinaba. El espíritu del gran capitán reactivó al colectivo. Ballesteros cubrió todas las superficies del terreno de juego. Su descomunal figura irradia magnetismo sobre el resto del bloque. Partió en la zaga junto a Cabral, pero apareció por la medular para estructurar el juego, se perfiló hacia el costado derecho del ataque e inclusive salió a presionar la salida de Lux en los minutos finales.
El zaguero lideró la remontada. El partido quedó desestructurado y totalmente roto tras la consecución del gol de Rubén que igualaba la eliminatoria. Lejos de proporcionar paz emocional y estabilidad sobre el bloque, el Levante perdió ese rigor y ese orden cartesiano que le viene caracterizando quizás cuando más comprimidos debían ser sus movimientos. Es una paradoja que consumió a Jim en el banquillo. Higón cerraba atrás como último hombre, Ballesteros y Cabral miraban hacia la portería contraria lanzándose contra el mundo. Rubén, con problemas físicos, cubría el lateral derecho. Aquello era el mundo al revés. El Levante atacaba con infinidad de efectivos y defendía en inferioridad cuando debía mantener uan línea sólida de cuatro defensores anclados y atornillados sobre Keylor.
El medio del campo se convirtió en un terreno en barbecho. Y el Deportivo estuvo muy cerca de sacar provecho de esta deficiencia con un rápido contragolpe que concluyó en el punto de penalti. Pablo Álvarez y Keylor volvían a cruzar sus destinos a falta de un minuto, pero el larguero del meta costaricense se alió con el Levante. Era un partido de emociones fuertes. El balón corría desde un extremo del terreno de juego hacia el lado más opuesto. En una de esas acciones, la conexión entre Higón y Koné permitió revolverse al atacante marfileño en las entrañas del área foránea. No conviene dejarle el más mínimo respiro al delantero en ese territorio. Rápido en sus movimientos y astuto en la solución alcanzada cruzó el esférico al lado contrario. La eliminatoria estaba sentenciada.