El día, soleado y luminoso, pareció oscurecerse de repente cuando la confrontación emergía sobre el verde del Estadio Ramón Sánchez Pizjuán. El nacimiento del partido fue realmente demoledor. No se había cumplido el primer minuto del duelo cuando los jugadores del Levante regresaban al eje central del terreno para volver a poner el balón en movimiento. La peor de las pesadillas se había cumplido. Gameiro había mancillado las redes de Mariño. Todo había acontecido con una velocidad de vértigo. El Sevilla recuperó el esférico, abrió el juego hacia el costado izquierdo por donde apareció Tremoulinas para confirmar la trascendencia que adquieren los costados en el ecosistema propuesto por Unay Emery. El balón cayó en el interior del área granota y el rechace se convirtió en una bicoca para el atacante francés que golpeó desde la profundidad de su alma para proponer un encuentro radicalmente diferente al que acababa de nacer. El choque variaba y había dos proposiciones que se iban a cumplir fidedignamente desde ese momento y hasta que Álvarez Izquierdo, en calidad de colegiado, decretara su conclusión algo más de noventa minutos más tarde. Por partes: el Levante no parecía dispuesto a convertirse en un actor secundario, es decir no pensaba caer preso de la desidia provocada por el gol del galo y estaba dispuesto a adquirir protagonista y, por otra parte, la furia desatada mostrada por los atacantes de la escuadra de Nervion resultaría determinante para la evolución del encuentro.
El Levante chocó contra la artillería local. Y no parece una sentencia carente de sentido a la vista del desarrollo de una confrontación que la entidad de Orriols trató de domesticar con pasión. Las botas de los delanteros locales fueron aniquiladoras y su pegada punzante. Nunca se amilanó el colectivo azulgrana y en la siguiente maniobra inmediata a la diana de Gameiro, Morales se estrelló con la madera de la meta de Rico. El atacante madrileño se revolvió en el interior del área y su disparo rozó la igualada. Fue una especie de paradigma de todo lo que iba a ocurrir desde ese instante. El Levante pretendía enfrentarse a un destino que parecía condenarlo desde el arranque de la cita. Y lo demostró. No es sencillo saltar al coliseo sevillista y volar por los aires en la primera acción, máxime si te enfrentas a un equipo que se siente bendecido por los últimos resultados obtenidos y por la expresión tan convincente de su juego. Nada parece interponerse en el horizonte del Sevilla en el tiempo más presente. Ni siquiera las lesiones de jugadores trascedentes, ni tampoco la imagen aguerrida de un Levante que apeló a un espíritu de rebeldía digno de acentuar para poner en problemas a su oponente.
El bloque de Rubi lejos de amilanarse, decidió amotinarse y lanzarse en dirección hacia los dominios de la portería de Rico. Fue una constante a lo largo del partido. El bloque tocó con criterio, negó el esférico a su oponente, en distintas fases de la confrontación, y cercó las inmediaciones de Rico generando una sensación de inminente peligro. A ese discurso le faltó algo más de claridad en la resolución final. El partido entró en un período de turbulencias que el colectivo levantinista aceptó. El balón lo administraba el Levante mientras que el Sevilla se pertrechaba en sus dominios para lanzarse con velocidad sobre Mariño. El arquero gallego sostuvo a su equipo con dos apariciones geniales ante Gameiro. El cuadro de Emery se siente fortalecido apelando a la contra. Tiene futbolistas veloces y con una capacidad innnata para tirar desmarques letales buscando la espalda de los zagueros. El choque siguió en la reanudación los parámetros marcados en su epifanía. Iborra anotó quizás la diana más agria de su carrera tras recibir una sugerente invitación de Gameiro. Los fantasmas se repetían de nuevo. Parecía un calco de lo acontecido con anterioridad.
El golpe parecía de tremendas dimensiones, pero no sería definitivo, principalmente después del gol obtenido por Rossi. El futbolista italiano capitalizó la atención principalmente durante el segunda tramo del choque. La noticia es excelente para el Levante por todo el significado que encierra contar con un futbolista diferente. Rossi domina los tiempos y los espacios en esa franja donde parece harto difícil detectar los movimientos de los atacantes. Es una expresión libre que se mueve con soltura y con ligereza. Tiene capacidad para inventar y también para ejecutar. Cada balón aumentaba la sensación de peligro azulgrana sobre el área de Rico. Todo parecía posible con el italiano percutiendo y generando juego. El Ramón Sánchez Pizjuán murmuraba. Verza probó desde la media distancia y Rossi conectó con Morales para que volviera a aparecer Rico. El Levante se mostraba afilado para volver a creer en sí mismo y el Sevilla presentaba dudas, aunque los sueños granotas de reconquista acabaron de un plumazo con un disparo de Konoplyanko que evidenció la pólvora de la retaguardia local.Sevilla FC:
Levante UD:
Árbitro: Álvarez Izquierdo. Amonestó con amarilla a Cristóforo y a Toño.
Goles: 1-0. M. 1. Gameiro. 21. M. 46. Iborra. 2-1. M. 54. Rossi. 3-1. M. 75 Konoplyanka.