El fútbol quizás viva casi exclusivamente de certezas. Y es muy posible que no haya más certeza en la disciplina del balón redondo que el valor que emana de la consecución de la victoria, pero, a veces, en la incerteza también hay algo de persuasión y de convencimiento. Hay vida y fútbol. Sucedió en el duelo que brindaron el Levante y la Real Sociedad en el Estadio Ciutat de València. Los más pragmáticos pueden argumentar que el encuentro concluyó con una igualada en el luminoso que deja a las huestes azulgranas con una sensación de resquemor porque básicamente tuvieron el partido en sus botas en la segunda fase de la confrontación, coincidiendo con la aparición sobre el verde de un bullicioso Baba. Parece una verdad manifiesta. Es cierto que no hubo agitación en el marcador, pero hubo excitación y convulsión en el corazón granota. No hay que perder de vista un axioma que parece incontestable; el Levante ha mudado su piel en el presente verano. Es un bloque nuevo, capitaneado por un preparador que está buscando imponer un estilo y una filosofía diferente a la que caracterizó al equipo en los años anteriores. No obstante, hay valores que no varían. El Levante tiene alma y por lo que está demostrando en los primeros duelos del curso sigue desactivando a sus enemigos. La concentración que exhibe en la retaguardia es supina. Quizás le faltó algo instinto asesino para ajusticiar a su rival en el instante adecuado.
Pasó por el Ciutat una escudería vinculada a la Liga de Campeones. No es un rival baladí. No es un espejismo el rol que está asumiendo en tiempo presente la Real Sociedad. Es evidente que hay un poso y una sedimentación que singulariza al bloque donostiarra. Su nómina de jugadores es extensa y la calidad de sus atacantes del todo incuestionable. Hay veneno en la punta del ataque vasco. Como advirtió Arrasate, no iba a especular con el once por aquello del choque de Champions ante el Shakhtar del martes. La artillería pesada se posicionó sobre el verde de Orriols. El hecho quizás sirva para validar y certificar la garantía del trabajo defensivo del colectivo que prepara Joaquín Caparrós. El Levante se mantuvo erguido en los momentos más complejos de la cita. En ese sentido, con la excepción del partido en el Camp Nou, su solvencia, en esa parcela del juego, es irrebatible. La Real Sociedad únicamente contó con una solitaria ocasión en el cómputo general de los noventa minutos. El bagaje es alentador de la rocosa versión defensiva que encarna el Levante.
La Real Sociedad fue la propietaria del balón desde los orígenes de la cita, pero ese aspecto, en ocasiones, es irrelevante para los futbolistas azulgranas. La posesión no es un ingrediente decisivo en el desarrollo de la confrontación. El primer acto se consumió con una abrumadora presencia del equipo realista en aquellos espacios del campo que no son concluyentes. Al Levante les costó ensamblar y amalgamar la medular con la mediapunta. Barral sufrió sus efectos de esta falta de sintonía. Una cabalgada de Juanfran, uno de los viejos rockeros granotas, acabó con un centro al corazón del área que remató de cabeza el atacante gaditano algo desviado. Fue el punto más álgido del repertorio blaugrana en esa secuencia del partido. Caparrós es un técnico intervencionista. Su actuación así lo determina. Baba e Ivanschitz entraron en escena en la reanudación.
El preparador trataba de cambiar el guion del duelo. Y a fe que lo consiguió. Después de abrigarse durante el primer acto, el Levante mostró su versión más decidida y provocadora. Baba emergió desde el banquillo para liderar la rebelión. Parecía que podía repetirse la puesta en escena de Martins el curso pasado ante el mismo rival. Baba y Bravo cruzaron sus destinos. El atacante senegalés evidenció recursos y velocidad, si bien le faltó suerte en el acto definitivo del gol. El delantero llegó por todos los puntos cardinales del ataque a las cercanías de Bravo. Es evidente que es el camino a seguir después de vivir en el ostracismo en los últimos tiempos. El Levante ganó en ambición y en creatividad, si bien necesitó de la aparición estelar de Keylor. El arquero constató sus reflejos en una acción triple de la Real Sociedad. La última bala en la recámara granota estuvo en las botas de Pape Diop aunque su lanzamiento se estrelló en la cruceta de la portería donostiarra.