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Primer equipo
Un Levante atrevido dispuesto a guerrear en Primera División
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A la victoria se puede llegar desde la excelencia, una cota reservada a unos cuantos privilegiados, o desde la consistencia, la constancia, el orden riguroso y metódico, el trabajo stajanovista y el esfuerzo colectivo en un intento supremo de convertir el terreno de juego en un campo minado para cada uno de sus adversarios. Puestos a elegir entre estas diferentes opciones y alternativas el Levante decidió a acogerse a este afluente último para darse un homenaje, un baño de autoestima y un subidón de adrenalina espectacular a la conclusión del choque disputado en el Estadio de Los Juegos del Mediterráneo.

Desde esa perspectiva, la escuadra granota fue honesta y honrada consigo misma. Y hasta puede advertirse que sumamente consecuente con sus ideales y singularidades. Su escenificación del partido conjuga con los postulados que debe defender en aras a perpetuar su estancia en Primera División. El grupo que dirige Luis García evidenció una cualidad suprema sobre el césped de la majestuosa instalación andaluza; nunca perdió el ascendente ni la visión del enfrentamiento que trató de proponer ante un oponente con el que guarda ciertas semejanzas en virtud de la localización en el entramado de la Primera División. El Levante fue llevando al Almería a su terreno hasta desconectarlo. El equipo no se alejó del guión establecido por el preparador madrileño. En ese sentido fue un bloque homogéneo y altamente democratizador en la lucha armada establecida.

Fue un equipo de tendencia gremial generoso y asociativo en el esfuerzo aunque esta severidad y rigor en el planteamiento no significó desterrar la posibilidad de armar el contragolpe y avanzar en dirección hacia la meta de Alves. La noticia quizás sea excelente porque sólo aquellos clubes que saben a ciencia cierta cuál es su ubicación y el espacio que ocupan y la jerarquía que detentan están capacitados para hacer frente y encontrar el tipo de respuestas convenientes para la resolución de los desafíos que van surgiendo en una competición devastadora. Luis García sorprendió, aunque es posible que sea necesario huir de ese término por la experiencia pasada, con la aparición de Manolo Reina en el marco azulgrana en lugar de Munúa. Por delante surgían dos líneas en paralelo pegadas y estrechamente conectadas entre sí que provocaron un auténtico cortocircuito en el juego rojiblanco.

El objetivo pasaba por estrechar al máximo los espacios y evitar fugas y grietas como las mostradas en los duelos anteriores traducidas en goles mortificadores. La retaguardia no se resquebrajó y su seguridad fue en aumento al paso de los minutos para acabar reinando en las acciones aéreas a la heroica que proponía el conjunto andaluz sobre el tiempo. El Almería estuvo falto de argumentos en la zona de creación. El equipo de Lillo nunca evidenció sentirse cómodo con esta proposición defendida con uñas y dientes, como hacían los bucaneros cuando repelían un abordaje enemigo, por los futbolistas levantinos. Xavi Torres y Sergio imponían sentido y respeto en la medular. El Levante tapaba las bandas y no pasaba por crestas de peligro muy evidentes.

La mayoría de los ataques locales nacían desde las botas de sus centrales. Es obvio señalar que la pericia de los defensores no es el hilo sedoso de los peloteros que se sitúan unos metros por delante con la mente funcionando a pleno rendimiento tratando de descifrar pases imposibles sobre los atacantes. El Almería se mostró como un equipo bastante tibio y algo deshilachado a lo largo del choque y únicamente se animó algo cuando Crusat conseguía encontrar puntos de arranque por la izquierda o ya en la trama definitiva del duelo cuando a las mesnadas de Luis García les faltaba el aliento y el fuelle derivados del desarrollo de una pretemporada atípica. Fue el único momento en el que el triunfo granota estuvo en entredicho más por el alma racial que puso sobre el campo el Almería que por los razonamientos expuestos por sus futbolistas. El gol del Levante tuvo un efecto desolador para el titular. Llegó en un instante determinante. Al filo del descanso cuando parecía que los contendientes se daban una tregua.

Sergio demostró lo que ha sido siempre durante su longeva carrera; un centrocampista con recorrido y llegada clarividente desde atrás. Acompañó la acción con pasión, sin perderla de vista, y rebañó un balón sin un dueño claro en las inmediaciones del área. Sergio sacó un latigazo que nubló a Alves. Los efectos del gol fueron mayores puesto que dinamizaron al conjunto de Luis García. El gol emancipó de complejos al colectivo y desatascó su maltrecha mente. Después de muchos impactos en el mentón y de digerir goleadas ansiaba el Levante un partido de tales características. No fue una victoria fácil, ni esponjosa, ni poética, pese a esa luna plateada que iluminó un cielo negro devastador, pero el perfil del encuentro era diáfano. Si algo tenía que mostrar la escuadra granota en Almería era convicción para afrontar un choque entre iguales. En Almería se evaluaba su supervivencia, su grado de cohesión y su personalidad. Y si algún aspecto hay que resaltar de la victoria es la liberación y el efecto placebo que produce.