
Acuciado por el valor de las matemáticas, en esa huida desesperada de la zona más pantanosa de la tabla, el Levante volvió a demostrar en Cornellà-El Prat que la esencia de su juego es sólida y muy superior al dictamen final que ofrece la ciencia de Pitágoras desde el aterrizaje de Rubi en el banquillo. Los números obtenidos en este ciclo es evidente que no conjugan con las emociones que muestran los integrantes del colectivo azulgrana cuando se atan las botas y se anclan al verde de la superficie del campo para competir ante sus adversarios. Hay una idea que defender desde una perspectiva colectiva y también unos valores que comienzan a hacer reconocible a un bloque que se muestra responsable y comprometido con los movimientos que ejecuta sobre el césped. Se trata de una tarea ardua que conjuga con el espinoso recorrido de la competición liguera. El Levante afronta una dura y complicada carrera de fondo. Debe mostrarse inasequible al desaliento y confiar en los atributos que están moldeando los rasgos de una nueva fisonomía que marcan una personalidad diferente. La profundidad de sus prestaciones es quizás el mejor aval con el que cuenta en estos momentos para proyectarse hacia el futuro. Su autoestima sigue aumentando. El Levante marchó del coliseo blanquiazul con un meritorio empate entre sus pertenencias, pero quizás con la percepción de que tuvo contra las cuerdas a su rival, principalmente durante el desarrollo del primer acto del duelo. En ese instante pudo noquear y tumbar a un adversario al que negó la sustancia del fútbol y el balón como principal divisa.
Fue el leitmotiv que marcó la evolución del arranque de la confrontación. Y no es sencillo plantear esas coordenadas en el Estadio de Cornellà-El Prat. La escuadra levantinista saltó al verde desprovista de complejos y lanzada a la captura del partido. Es uno de los mensajes lanzados por el cuerpo técnico desde su llegada. Rubi acentúa el sentido de un equipo que destierre los efectos del miedo de su mente y que sea capaz de establecer los tiempos siempre en estrecha asociación con el cuero. El destino había decidido emparentar a los dos adversarios durante este mes de diciembre. La Copa del Rey se solapa con la Liga BBVA, aunque las propuestas son totalmente alejadas como se encargaron de consignar los técnicos con el paisaje que dibujaron en cada encuentro. El guion varió radicalmente en apenas cuatro días. Tampoco parece una novedad. Hay jerarquías que son incontestables. Acontece que, en ocasiones, cada partido resulta del todo impredecible en sus manifestaciones. Le sucedió a Roco en los albores del mismo. El defensor controló defectuosamente el esférico y Lerma, con decisión, encaró la portería de Pau para batirle escogiendo el costado izquierdo.

El mediocampista colombiano está sorprendiendo básicamente por la celeridad con la que se está aclimatando a su nuevo entorno. Se mueve por la Liga española con la soltura de un veterano curtido en mil batallas cuando la realidad remarca que se trata de un neófito por su condición de recién llegado. No le tembló el pulso desnudo ante el arquero y el gol. Lerma celebró su primera diana como azulgrana en el partido cien de Rubén en Primera con la elástica azulgrana. El esfuerzo del atacante fue generoso y se materializó en toda su esencia durante los minutos finales de la cita cuando el valor de la igualada cotizaba al alza. La superioridad granota durante el capítulo inicial se hizo tangible desde muy diversos puntos de vista. Todos los indicativos sonreían al colectivo preparado por Rubi. Los rechaces en la medular caían en las botas de los jugadores del Levante y la posesión del balón tenía un claro color.
Se cruzaban dos equipos que pretenden basar su juego en función del carácter y la intensidad. En ese sentido, se preveía un duelo de colmillo afilado. El duelo condensaba las virtudes de un equipo que cree con firmeza en lo que está poniendo en práctica sobre el interior del verde. Era un equipo descarado con los laterales propulsándose por la banda con verticalidad. La presión, muy adelantada, inquietaba a los defensores locales. En ese pasaje apenas si hubo noticias del Espanyol y la mayoría de sus acciones discurrían a una distancia sideral de la meta de Rubén. El Espanyol se resquebrajaba en el medio del campo. No conseguía dotar de continuidad a su juego. Caicedo se convertía en un auténtico eremita sin apenas conexión con el resto del bloque aunque el atacante cabeceó un centro desde la derecha del ataque local que rozó el palo de Rubén. No obstante, la grada murmuraba ante las continuadas indecisiones locales.
Rubi contraprogramó el partido. Sus pupilos se asociaban gremialmente. Y cada acción parecía validar sus planteamientos. Desde la medular, el Levante visionaba el encuentro con relativa placidez, aunque quizás le faltara instinto asesino para alejar a su contrincante del duelo. No fue así y purgó penas en la reanudación. Se esperaba un Espanyol intenso y encorajinado en el nacimiento del segundo acto. Se trata de un equipo que es capaz de mostrar distintas imágenes en un mismo partido. Diop extrajo la guadañada para robar el esférico en la medular y Caicedo armó una contra que acabó con un centro de Víctor Sánchez que cerró Gerard. No se evaporó el Levante. Es otra de sus señas de identidad. El colectivo propone lucha en cualquier momento del partido. Rubi refrescó el eje del ataque con las apariciones de Xumetra, Casadesús y Roger. El técnico no se desvió de la ruta de victoria. Sus señales eran diáfanas desde ese prisma. Rubén, Xumetra y Casadesús rozaron el gol en los minutos finales acentuando la sensación de que el Levante mereció más en el Power8 Stadium.
RCD Espanyol:
Levante UD:
Árbitro: Carlos Velasco Carballo
Goles: 0-1. M. 5. Jefferson Lerma. 1-1. M. 56. Gerard Moreno.