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Primer equipo
Una victoria de Primera (1-0)
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Es lo que tiene ser un buen futbolista; dispones de una capacidad periférica y panorámica para intuir el desarrollo de una acción puntual y determinante con anterioridad su materialización definitiva. Ejecutas y diseñas en la mente antes de formalizar y concluir la jugada. Para Víctor Casadesús la intuición precede a los hechos. Y sirva de base para atestiguar estas afirmaciones el relato del gol que definió un partido tenso y aristado contextualizado por la despiadada y cruenta lucha por la permanencia en la elite. Barral amansó el balón en las inmediaciones del área cordobesa. El atacante andaluz contempló la entrada de Casadesús por el perfil izquierdo del ataque granota y decidió contactar con él. El cuero cayó en los pies del jugador balear. Para un futbolista que vive el fútbol instalado en las cercanías de la meta contraria pisar ese espacio casi sacralizado significa enfrentarse al gol de manera directa, pero no es el caso de Casadesús. Víctor había descifrado la maniobra a desarrollar antes de contactar con el balón. Quizás nadie esperaba una resolución de tal calado. Casadesús tocó con la precisión de un cirujano para dejar a Barral desnudo ante Juan Carlos. El balón planeó entre los dos defensores para llegar al punto exacto en el momento justo. Casadesús domina el espacio y el tiempo.

El ariete andaluz únicamente tuvo que golpear el esférico para celebrar su décimo gol de la temporada. Entre Barral y Casadesús se coció un triunfo notable que proyecta al Levante hacia la permanencia en la Liga BBVA después de un ejercicio tenebroso. La sutileza de Casadesús y el coraje de Barral funden sobre el verde. Es cierto que son futbolistas antitéticos en función de sus caracteres y que personifican concepciones alejadas del balompié, pero, no es menos cierto que amalgaman y en las últimas semanas sostienen y capitalizan la reacción de un colectivo que se ha resistido a claudicar. Entre los dos atacantes suman dieciocho goles, la cifra adquiere magnitud. Es transcendente por todo lo que significa. Nadie dudaba del tipo de partido que se presentaba en el Ciutat. La victoria cotizaba al alza y se convertía en una aspiración compartida por las dos escuadras.

El triunfo del Levante reflejó el espíritu indómito del grupo que prepara Lucas Alcaraz. Su capacidad de resistencia es supina. Es indudable que sabe manejarse en situaciones complicadas. Y en el instante más oportuno del curso encadena su segunda victoria enlazada. En cierto modo se repitieron las constantes emitidas el pasado sábado en Getafe. La escuadra azulgrana se pertrechó en las cercanías de Mariño con la finalidad de buscar los espacios libres por los que proyectarse hacia el espacio contrario del verde. Alcaraz fijó una defensa con tres centrales y dos carrileros de largo recorrido. Estabilizar la retaguardia se ha convertido en una máxima en las postreras citas ligueras. El Levante ha ido creciendo a partir de una organización defensiva que le ha permitido alcanzar una sensación muy cercana a la impermeabilidad.

Aunque más hermético en defensa, el Levante no olvidaba que debía cruzar la medular para adentrarse en territorio enemigo. En ese sentido, Iván y Morales trataban de rasgar el entramado cordobés recorriendo el carril diestro y zurdo, pero la actividad más sísmica y volcánica llegó con una combinación letal y venenosa de Barral y Casadesús al filo del descanso. En ocasiones, confrontaciones intensas y oscuras se resuelven con maniobras que no marchan en consonancia con los parámetros que marcan sus características. Un destello en medio de la opacidad. Pudo ser el caso. La conexión entre los delanteros fue armónica. El gol cambió el sentido de la cita. El bloque de Alcaraz se recogió en la reanudación para aprisionar un triunfo tan notable como sobresaliente para pervivir en la elite.