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Levante UD

Una victoria sufrida ante el Andorra, que parecía innegociable, dos goles de Raúl Ferrer y un Levante que se movía a ritmo de récord (1995-1996)

Aquel enfrentamiento entre el Levante y el Andorra en el hoy Ciutat de Valencia pareció finiquitado hasta en dos ocasiones mucho antes de la conclusión del primer acto. La puesta en escena de los pupilos de Carlos Simón fue realmente avasalladora. “Somos el Levante y aquí estamos nosotros dispuestos a no negociar nada que no sea el triunfo”, parecían proponer los jugadores azulgranas a tenor de los hechos acontecidos en el nacimiento de la cita liguera correspondiente a la jornada trigésima de la competición liguera en Segunda División B. No era una sugerencia. Era una amenaza. Lucas Vilar y Fernández Cuesta habían conjugado con la suerte suprema del gol en las primeras aproximaciones de las huestes levantinistas sobre la portería defendida por Koldo. 

A veces, hay mensajes que no están encriptados. El aviso que lanzó la escuadra granota era diáfano. Apenas habían transcurrido doce minutos desde el arranque del enfrentamiento y el desafío, entre dos rivales de universos alejados, en función de sus objetivos, parecía allanado (2-0). Aquel Levante se movía por el Ciutat como una apisonadora. Quizás los aficionados más optimistas presagiaran una tarde repleta de efervescencia anotadora ante el cariz que adquiría el encuentro. El transcurso de la competición advertía que los pupilos de Carlos Simón se comportaban de manera despiadada ante sus oponentes en calidad de caseros. 

Quizás Raúl Ferrer sacara a los leales seguidores locales de mediados de los noventa de esa ensoñación tras recortar las distancias apenas sobrepasado el minuto 25 del relato liguero. Las emociones en el fútbol tienen tendencia a la hipérbole. Y viajan a la velocidad de la luz. No obstante, la respuesta del Levante fue irrebatible. César, aquel futbolista que recaló en Orriols cedido por el Atlético de Madrid, se amotinó ante los acontecimientos para acentuar las diferencias en el luminoso (3-1). Y de tal guisa finalizó el capítulo inicial del envite. La victoria parecía pulimentada. 

El choque ratificaba certezas en relación a la naturaleza de aquel grupo. Lucas confirmaba la estrecha alianza que mantenía con el gol. En su segunda comparecencia como titular festejaba su quinta diana. Sus números adquirían mayor relevancia si se realizaba una somera investigación. Cinco goles en poco más de 200 minutos justificaban su inesperada llegada al entorno del primer equipo. No había dudas sobre aquel novicio que se comportaba como si hubiera dejado su rúbrica en infinidad de porterías. Pedro Fernández Cuesta corroboraba que tenía un cañón en una de sus piernas, y que estaba ante uno de los mejores cursos deportivos de su carrera, mientras que César demostraba su condición de futbolista diferencial en aquel ecosistema. 

Quizás en ese espacio que marca el tránsito entre los dos periodos volvieran a encadenarse los pensamientos utópicos a la mente de los aficionados azulgranas. Nada parecía entrometerse entre la victoria y un Levante que dominaba a clasificación en el Grupo III de la Segunda División B con puño de hierro. Y sin embargo, todo mutó en la reanudación. Raúl Ferrer consiguió su primer doblete en la categoría de Bronce cuando restaban algo más de quince minutos para la conclusión de la cita (3-2). El gol advertía de una nueva realidad. El Levante se había desenganchado del partido tras el paso por los vestuarios y el Andorra había logrado desenmascararse. 

Aquel gol se convirtió en la metáfora del sufrimiento para un colectivo que sobrevivió atrincherado sobre la meta que resguardaba Rodri. El pensamiento de la grada cambió de forma drástica. Más que blindarse de manera voluntaria, los jugadores blaugranas se replegaron ante la ofensiva lanzada por el Andorra. El duelo peligraba. Rodri adquirió pujanza en la secuencia final del relato para acorazar un triunfo en entredicho cuando durante mucho tiempo había parecido innegociable. 

Aquel Levante de la temporada 1995-1996, que presidió Abel Guillén, se desplegaba con la fuerza de una manada de titanes. Nadie podía seguir su rastro en el marco de la clasificación general. El Levante se acostumbró a mirar a sus contrincantes por el retrovisor. De hecho, los tres puntos situaban el expediente granota en 64. El Nàstic de Tarragona le perseguía desde la distancia con 57. El margen de separación entre el Levante, líder intratable, y el Figueres, quinto, era de 12 puntos. La competición enfilaba su final. No era un hecho baladí en un momento en el que los cuatro primeros clasificados de cada grupo disputaban la promoción de ascenso a Segunda A. 

Conseguir el campeonato podía prestigiar el nombre de su poseedor, pero en aquellos tiempos no le proyectaba directamente hacia la categoría de Plata. El paso era terrible para un Levante que alcanzó el liderato con 82 puntos merced a 24 victorias y diez empates. La promoción podía convertirse en una experiencia tan traumática como horrible. Y viceversa. Por el Ciutat campaban a sus anchas los fantasmas de un duelo apocalíptico ante el Écija en un curso que había llegado a ser excelso para el grupo de Juande Ramos. En cualquier caso, la herida no tardaría en cauterizar tras el retorno al fútbol profesional a la conclusión del ejercicio 1995-1996. El enfrentamiento ante el Racing de Ferrol permitió franquear una dificultad que, en ocasiones, era desmedida. Ese partido significó la despedida del fútbol profesional de Quique Setién, una leyenda firmada en el atardecer de la Liga para refrendar el ansiado ascenso a Segunda A. 

En ese nuevo mundo convergerían el Levante y Raúl Ferrer. Quizás fuera llamativo que el goleador del Andorra resguardara el carril derecho de la retaguardia. No es común que un lateral condicione los partidos en materia anotadora. Esa naturaleza no impostada de defensor no le impedía arriesgar en busca de aventuras de más calado. Aquella tarde en el Ciutat demostró que había mucho recorrido en sus botas. Con el mes de marzo de 1996 acercándose a su ocaso quizás su nombre brillara en la agenda granota de posibles incorporaciones para el curso venidero. Era uno de los activos más reconocidos del Andorra. Quizás aquella actuación en Orriols fuera decisiva. Lo cierto es que Raúl cerraría en el período estival de 1996 una etapa de cuatro temporadas en Andorra para escalar en el ámbito de la competición junto a un Levante que ponía rumbo a la categoría de Plata tras cinco campañas de ausencia en ese universo.