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Primer equipo
Vale el gol madrugador de Edu Oriol
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Quizás sobre el Estadio de La Romareda se enfrentaban dos escuadras que han hecho de la fe un auténtico dogma en su transitar por la competición liguera. La duida era saber quién mostraría más fe para aferrarse a los objetivos contrapuestos cercados por cada equipo. El Levante saltaba al coliseo maño con la seria posibilidad de abastar la Champions League, un aspecto que acentúa la consistencia y la solidez del bloque azulgrana en el ejercicio que ya anuncia su ocaso, mientras que la escuadra local se debate en las últimas semanas en una auténtica cruzada por la permanencia cuando hace un par de meses parecía condenado al ostracismo de la Segunda División. Sin embargo, el grupo que conduce Jiménez sigue respirando. Al menos lo hará durante una semana más. Y el latido de su corazón comienza a palpitar con más fuerza y virulencia.

El gol de Edu Oriol en los primeros minutos de la confrontación fue suficiente para aprisionar tres puntos más que acercan al conjunto aragonés a la frontera que marca la supervivencia. El Real Zaragoza se está acostumbrando a vivir cada partido al filo de la cortante guadaña. En cierto modo está atrapado en bucle terrible que se repite. El Zaragoza se posiciona en el césped como el ajusticiado que marcha al cadalso y logra revertir su suerte en el último suspiro cuando todo parece perdido. Y cada encuentro que se anuncia supera en dificultad al anterior. Es una constante en las postreras semanas. Y el colectivo ofrece síntomas de saber convivir con las emociones inherentes a ese tipo de confrontaciones. El Zaragoza empieza a dominar esas percepciones.

 

Frente al Levante no había término medio: o marchaba definitivamente hacia el averno o mantenía las constantes vitales. Quizás entre la supervivencia y el brillo de la competición europea pudo más el hecho de sobrevivir en el ecosistema de la Primera División. Fue un partido metálico y de paladar áspero para los contendientes. Juan Ignacio Martínez trató de paliar las ausencias de Koné y Barkero; dos jugadores con una presencia capital en la presente temporada. El técnico apostó por incluir a Farinós en las cercanías de la mediapunta. El entrenador parecía permutar la velocidad por el control de las botas siempre orientadas del jugador de La Torre. El partido comenzó con un Real Zaragoza que se volcaba sobre la meta de su oponente.

 

En ese sentido, el duelo nació siguiendo con las coordenadas previstas. El Zaragoza trataba de mirar a la meta de Munúa y el Levante intentaba rebatir esa argumentación y esa idea partiendo del orden y de la seriedad que le caracteriza. Sin embargo, no era capaz de imprimir velocidad a su juego. Un rechace en la frontal del área granota acabó con Edu Oriol embocando el gol. Fue una diana madrugadora que marcó el devenir del envite. El Levante no encontraba los espacios necesarios para expresarse de manera vertiginosa a la contra. No era el espíritu libre de otras tardes, pero halló un filón que pudo explotar; las dificultades del Zaragoza para defenderse en el juego aéreo. Un lanzamiento de falta de Farinós lo cabeceó de forma impetuosa Iborra. Roberto surgió para deshacer la acción. Un córner botado desde el costado derecho del ataque blaugrana acabó con un disparo envenenado de Valdo.

 

Esa vía de acceso a los dominios de Roberto trató de explotarla en Levante en la reanudación asido a las botas mágicas de Rubén. El mediapunta asturiano se hartó de meter roscas diabólicas que hicieron temblar a los aficionados de La Romareda. Cabral remató por encima del larguero de Roberto. El Zaragoza se acogía a la figura de Apoño y a las escaramuzas de Lafita para mantener el tipo y tratar de sentenciar, pero Munúa aparecía con seriedad y solvencia. En los minutos finales la tensión fue aumentando de manera paulatina. El partido se enmarañó. El miedo a perder del Zaragoza atenazó a la escuadra local mientras que se lanzó por tierra, mar y aire con el fin de revertir un partido que se marchó mucho antes. El gol de Oriol fue suficiente.