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​83 años de un partido de resonancias bíblicas; Levante y Sabadell compiten por la Final de Copa

Atención, la fecha de publicación de esta noticia es: 16/06/2018 11:10h.

Aquel domingo 16 de junio de 1935 el Levante F.C. saltó al feudo del Camino Hondo del Grao luciendo un jersey rojo que rompía radicalmente con la gama cromática que identificaba sus movimientos. Los recios muros del Campo de La Cruz crujieron. Un ruido ensordecedor marcó la aparición de los equipiers marinos sobre el pasto y su instalación definitiva sobre la orografía del terreno de juego. La arrojada respuesta de la grada quizás estaba plenamente justificada. Los héroes retornaban a casa después de aniquilar al F.C. Barcelona en el tercer partido de la eliminatoria de los cuartos de final de Copa que se disputó en Zaragoza (3-0). La memoria era muy reciente. Quizás demasiado reciente. La escuadra levantina siguió con fidelidad el protocolo establecido con la finalidad de no coincidir con los colores originarios del C. E. Sabadell F.C

En aquellos tiempos de convulsión política y social, en el contexto de La II República, la condición de local provocaba una variación en la equipación escogida siempre que hubiera coincidencia entre los adversarios. Y la entidad vallesana alternaba el blanco y el azul en su camiseta original. No eran rayas verticales como acontecía en la camisola que hacía reconocible al Levante. El bloque catalán apostaba por una elástica arlequinada que confería singularidad y distinción. Es una señal de identidad que mantienen, pese a que el relato sitúa la acción en la franja intermedia de la década de los años treinta. Se cumplen ochenta y tres años de una confrontación que nació desde la mística y desde el abolengo por todo aquello que acentuaba. No había que desmenuzar el envoltorio en exceso para escudriñar el atractivo de un duelo inmenso que germinó desde la ilusión y también desde la fantasía.

Así que era un enfrentamiento de resonancias bíblicas. Y el primer asalto tuvo como escenario el feudo de La Cruz, propiedad del Levante desde el amanecer de los años veinte. El ejercicio deportivo estuvo repleto de emociones para la entidad marina. La temporada brotó con un duelo de signo fratricida ante el Gimnástico por un hueco en el Campeonato Súper-Regional. Era septiembre de 1934. El enfrentamiento turbó a los medios de comunicación locales. La prensa especializada consideró una vil afrenta que Valencia únicamente tuviera un representante garantizado. Había que dilucidar quién acompañaría al Valencia como comisionado del fútbol valenciano en un choque a cara o cruz. Solo podía quedar uno. Fue el Levante.

Quizás rompiendo los pronósticos establecidos, el team marino se erigió en el egregio protagonista de la competición. Ascendió al pódium para alzarse campeón. Y ese estado de excitación patente se trasladó a la Copa en una primavera mágica. Como vencedor del Campeonato Súper-Regional no apareció por el formato copero hasta la ronda de los octavos de Final. El calendario propició un derbi apasionante ante el Valencia que resolvió el bloque blanquiazul con rotundidad. El finalista de la campaña anterior cayó ante el embrujo del equipo grauero. No tardó en asomar el F.C. Barcelona. La serie que marcó la evolución de los cuartos de Final estuvo caracterizada por la paridad en Les Corts (2-2) y en el Campo de La Cruz (1-1).

El Levante se exhibió en el round de desempate en Zaragoza (3-0). Fue una actuación portentosa y encolerizada ante un gigante que le sacaba cinco cabezas. Espíritu de rebelión y coraje. Fue una actuación “científica” como recuerdan las crónicas. No obstante, no hubo misericordia por parte de las huestes marinas. La victoria de Torrero fue sublime. El duelo ante el Sabadell medía estados anímicos que no eran antagónicos. “¿Dónde están los grandes?”, se preguntó unos días antes de la cita en los Poblados Marítimos El Mundo Deportivo tras la caída al abismo del F.C Barcelona. El Sabadell se presentó en las Semifinales tras ajusticiar al Betis. Y no era un oponente menor. El Campeón de Liga del ejercicio 1934-1935 purgó penas ante la institución catalana.

Osasuna y Sevilla dirimían sus diferencias por la otra parte del cuadro. Quizás fueran las Semifinales más democráticas de la historia. No había rastro de la nobleza del balompié español. El blasón y el pedigrí no fue un componente decisivo para proyectarse con firmeza por la competición. Únicamente el Sevilla lustraba su curriculum en el espacio de la Primera División. El resto de los presentes combatían en un escalón inferior. La eliminatoria ante el Barcelona propició un esfuerzo homérico por parte de los jugadores del Levante. El choque de desempate en tierras aragonesas se disputó en la tarde del martes 11 de junio. Al ardor en el verde había que agregar un viaje devastador por las tenebrosas carreteras españolas de los años treinta. Y las pruebas de gratitud por parte de la afición valenciana se multiplicaron tras erosionar al F.C. Barcelona.

Los homenajes se sucedieron entre el miércoles y jueves previo a la confrontación dominical ante el Sabadell. Hubo ofrendas espontáneas en el recorrido de vuelta de Zaragoza de la expedición del Grao. Los pueblos que bordeaban la calzada se echaron a la calle para agasajar al colectivo levantino. También hubo honras más organizadas y significativas. El Ayuntamiento de Valencia no dudó en abrir sus puertas a los titanes del Levante en señal de reconocimiento. Y los Poblados Marinos reconocieron su fe. Mientras, los jugadores vallesanos buscaban la paz espiritual en Valencia. Hubo tiempo para entrenar y para marchar a descubrir los parajes de Torrent en una excursión lúdica con el fin de liberar tensiones.

El esfuerzo de Torrero

La semifinal cruzó a dos oponentes de condiciones semejantes. El Sabadell era el reflejo de la imagen vertida por el Levante cuando irrumpía en los campos de fútbol. Eran dos bloques con cuajo y sobrados de raza; dos equipos volcánicos y apasionados en sus manifestaciones sobre el verde. Los teams se habían ganado el respeto y la consideración de sus contrincantes. Su espíritu insurrecto se había cincelado con confrontaciones asombrosas. La representación de los triunfos conquistados ante el Betis y Barcelona perduraba. Fue un ejercicio de valentía y de osadía. Cada partido era una conjura. El fútbol diferencial el Levante estaba imantado a las botas de Felipe y Artigas. En un equipo de espartanos representaban el verso libre.

No obstante, el partido emergió conllevando una seria duda. Quizás los jugadores levantinos no alcanzaron el choque en las condiciones físicas más óptimas. Las crónicas corroboran esta tesis. “Pronto se advirtió que el equipo grauero estaba agotado. Dan sensación de gran apagamiento”, relató el Mundo Deportivo. El esfuerzo de Torrero fue superlativo e incidió en el desarrollo de la semifinal. El Levante pareció arrestar al Sabadell. Calero cerró una jugada gremial lideraba por Artigas y Puig II. Fue un oasis. Parera y Gual recondujeron la situación (1-2) para rasgar los sueños levantinos. Restaba el choque de vuelta solventado con éxito por el Sabadell.

CE Sabadell Levante UD
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